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Lunes 16 de julio de 2007

Responsabilidad social de los padres

La tarea de educar a las generaciones venideras no es sólo una responsabilidad que se circunscribe al interior de la propia familia, sino que tiene implicancias para toda la sociedad.

Sin hacer un estudio un poco más profundo, uno tendería a pensar que los padres tienen exclusivamente una responsabilidad familiar: educar a sus propios hijos.

Sin embargo, suceden dos cosas:
A. La formación de la propia prole de acuerdo a determinados principios es impensable si el contexto social no es medianamente favorable.
B. Por la naturaleza social del hombre, la responsabilidad de educar a las generaciones venideras no se circunscribe a los propios hijos, sino que debe ser más ambiciosa.

Con ánimo de contar con el entorno social apropiado mencionado en el primer punto, tenemos que tomarnos la “molestia” de consensuar con los otros padres determinado tipo de comportamientos aceptados para diferentes edades.

Aun recuerdo la cara de estupor de alguna de mis hijas cuando ante el habitual argumento de “a todas las dejan”, tomé el teléfono y comencé a llamar a las madres de sus compañeras: las primeras tres me contestaron que ellas no querían que fueran, pero habían cedido ante el “a todas las dejan”, que siempre hace que uno se sienta de otro planeta.

Así, lo primero que deberíamos hacer para crear ese “entorno social favorable” es ponernos de acuerdo con otros padres y no ceder ante argumentos que, además de ser falaces desde la perspectiva de la lógica, son falsos. Y por esa innegable condición humana del respeto al qué dirán, a todos nos sería más sencillo contraargumentar con un “a ninguno/a le dan permiso”, tan falaz y probablemente tan falso como su contrario, aunque no por ello menos eficiente.

Un segundo tema para lograr un clima social adecuado es pensar en las consecuencias futuras de nuestros actos de “comodidad” presentes. Recuerdo que, hace años, a raíz de la muerte de un adolescente a la salida de un boliche, muchos padres comenzaron a reunirse para ver si lograban “volver a traer a las fiestas a las casas”, como se hacía hace antes. Este loable objetivo era un poco dificultoso de realizar, porque desde la más tierna infancia les enseñamos a los chicos (sí, enseñamos) que el hogar no es el sitio indicado para divertirse, y menos con amigos.

Los cumpleaños de los 2 a los 5 años los festejamos en las instalaciones del jardín de infantes; de los 6 a los 10, en diversos “peloteros” de moda; de los 11 a los 13, en restaurantes de comidas rápidas y, claro, a los 14 pretendemos que hagan una fiesta en casa con sus amigos.

Aunque parezca que no tiene nada que ver, otro aspecto fundamental para mantener un ambiente social conforme a lo que predicamos es mantener el concepto de autoridad: estoy de acuerdo en que afortunadamente cada vez tenemos más diálogo con nuestros hijos, el tema es sobre qué es esa conversación.

Hagamos la prueba de tomar los tiempos de charla en que nuestros hijos escuchan críticas (muchas veces infundadas por falta de información) hacia otros adultos. De lo que no nos damos cuenta es que, al criticar a otros, minamos nuestra propia autoridad.

Propongo algo sencillo: no hablar mal de nadie delante de los chicos, lo que no implica dejar de criticar comportamientos. Es muy distinto decir “parece que esta vez, de acuerdo a lo que me contás, tu maestra se equivocó en este tema, así que voy a hablar con ella para escuchar su versión” que decir “voy a ir a quejarme a la escuela pues tu maestra no sabe nada”.

Mencionaba antes (el punto B) la responsabilidad con respecto a los hijos de los demás. Esto nos cuesta mucho. He sufrido personalmente todo tipo de agresiones verbales (creo que “zafé” de las físicas por mi tamaño y no por ninguna razón filosófica) por intentar poner al tanto a algunos padres de situaciones de sus hijos que estoy seguro que ignoraban. Me ha pasado también que no me han creído, hasta que la realidad se impuso por su propia fuerza cuando ya era más difícil arreglar la situación.

Muchas veces les exigimos a nuestros hijos que “se planten” con sus amigos, pero nosotros no somos capaces de hacerlo con los padres de los amigos de nuestros hijos. ¿Qué podemos perder? Pensemos en lo que podemos ganar: que el chico reciba la ayuda que necesita (que en muchas circunstancias puede sacarlo de situaciones incluso con riesgo de vida) y que generemos más confianza entre los padres, entre otras.

Si nos enteramos que algún amigo de nuestros hijos hace cosas que sus padres no aprobarían, tenemos la “responsabilidad social paternal” de informarles.

Así como las empresas tienen una “Responsabilidad Social Empresaria”, los padres tenemos también una responsabilidad social como progenitores. Y cuanto más la asumamos, más beneficios obtendremos para nuestros propios hijos. © www.economiaparatodos.com.ar

El licenciado Federico Johansen es miembro del equipo de profesionales de la Fundación Proyecto Padres.


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