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Jueves 3 de abril de 2014

Salarios, subsidios, tarifas. Nadie se chupa el dedo

Salarios, subsidios, tarifas. Nadie se chupa el dedo

“Luego de cerrar las paritarias, encararemos la reducción de los subsidios a los hogares”.

Cito entre comillas, pero de memoria. Pero no traiciono el espíritu del “pensamiento” que hoy se les adjudica a algunos funcionarios.

¡Pero así fue el Rodrigazo! En el entendimiento de que las paritarias estaban cerradas, con aumentos de 38% de los salarios nominales, a mediados de 1975 Celestino Rodrigo inició su gestión duplicando algunas tarifas públicas y algunos tipos de cambio. Inmediatamente Casildo Herreras sugirió que “las paritarias podrían no estar cerradas”, generándose un “minué” que duró alrededor de un mes, y que terminó cuando María Estela Martínez de Perón homologó las paritarias que se habían celebrado superando las pautas oficiales.

Todo esto, en detalle, aparece en el capítulo respectivo de La economía argentina durante la segunda mitad del siglo XX (La ley, 2005).

La actualidad de este episodio es fenomenal.

Funcionarios (y representantes de los empleadores), poniendo cara de inteligentes, presionan para que las paritarias tengan frecuencia anual, y además acuerden aumentos salariales bien por debajo de la actual tasa de inflación, que nadie espera que baje a lo largo del 2014.

¿Alguien puede creer que en un país donde nadie sabe lo que va a ocurrir dentro de pocas semanas, se puede cerrar una paritaria anual, y las partes no se volverán a reunir hasta comienzos de 2015, pase lo que pase con los precios?

Estamos, entonces, delante de una puesta en escena, que puede resultar cara en términos reales (ejemplo: que en no sé cuántas provincias las clases no comiencen, porque no haya acuerdo sobre un aumento salarial que se espera dure un año).

El gobierno está irremediablemente debilitado, porque está en su etapa final; el estilo K paraliza la acción de los funcionarios; al gobierno nadie le cree nada y da toda la impresión de que al equipo económico las balas le pasan muy por encima de su cabeza. No necesitamos más problemas, con los que existen tenemos suficientes.

En el sector privado, lo que ocurra con los salarios nominales dependerá de la tasa de inflación, pero también del nivel de actividad económica y su correlato en materia de empleo.

Perdón por el neoliberalismo implícito en lo que voy a decir: la demanda de trabajo depende de la demanda de bienes, y el valor del salario depende de a cuánto se puede vender el producto al que se incorporan los servicios laborales, y de la productividad de los trabajadores.

Hoy, en Argentina, el productor que recibe un e mail de Dios, diciéndole que durante el año en curso no aumentará el volumen de sus ventas, pero tampoco disminuirá, pregunta: ¿dónde hay que firmar? Lo que termine ocurriendo es una incógnita: digo que con ojos de hoy se están esperando reducciones, no aumentos, en el volumen de ventas y por consiguiente en el de la producción.

Esto, obviamente, impactará en las negociaciones salariales (“el pánico disciplina”, al decir de un ex ministro de economía).

Por ahora mi punto se refiere al horizonte decisorio, y a la ingenua pretensión de que –secuencialmente- se alterará el valor real de las diferentes variables económicas. Por favor, lean historia: claro que las variables se reacomodan, pero no por una secuencia imaginada en un papel, sino vía una costosa crisis, tanto más costosa cuanto menos creíbles sean las autoridades que no tienen más remedio que afrontarla (recuérdese que las crisis, como la devaluación o la inflación, no son herramientas políticas, sino consecuencias de las faltas de políticas).

(*) Director de Contexto (juancarlosdepablo.com.ar) y miembro del Consejo Asesor de Carta Política.

Fuente: www.cartapolitica.org