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EPT | April 5, 2020

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Jueves 8 de noviembre de 2007

Sistema y antisistema

El recurso de descalificar a quienes no están en la misma línea de pensamientos que una circunstancial mayoría no sólo atenta contra la democracia, sino que también es falaz porque desafía la más básica aritmética.

Entre las cuestiones que siguen remitiendo a las elecciones del 28 de octubre están las declaraciones que hizo el presidente Néstor Kirchner, a manera de análisis sobre el resultado de los comicios. Como de costumbre, no perdió la oportunidad de echar un poco de leña al fuego que más le interesa mantener encendido: el de la división. A su juicio, los votos que fueron a parar a Jorge Sobisch y a Alberto Rodríguez Saá son los del menemismo y, por tanto, son “antisistema”.

Se trata de una declaración peligrosa, en primer lugar, ya que implica arrogarse la facultad de discernir entre lo que es “sistema” (aquello compatible con él y con sus ideas) y lo que es “antisistema” (aquello incompatible con sus puntos de vista). El mundo luchó mil años para alcanzar un esquema de vida que es el opuesto a éste, es decir, aquel en el que las definiciones de lo que es “sistema” y de lo que es “antisistema” no dependan de la opinión de un solo hombre. En el camino de la evolución humana, esto es una involución.

En segundo lugar, una mera cuenta aritmética baja del pedestal no sólo a los que ganaron el domingo, sino a cualquier mayoría circunstancial. Desde que Carlos Menem dejó la presidencia, la Argentina no tuvo una explosión demográfica que justifique la idea de que el electorado que votó al matrimonio Kirchner es nuevo y distinto (producto de esa explosión), mientras que la vieja guardia (ahora minoritaria frente a los “nuevos”) sigue votando a candidatos con “ideas filomenemistas”. Se trata, obviamente, de una enorme falacia. Está claro que quienes votaban a Menem antes son los mismos que ahora votan a los Kirchner. ¿Acaso esa gente era antes “antisistema” y, ahora, es “sistema”?

Esta errónea idea tiene la misma base filosófica con la que Cristina Fernández le respondió a Patricia Janiot, de la CNN en español, cuando la periodista le preguntó por los decretos de necesidad y urgencia: la presidente electa respondió que los de su marido eran diferentes a los de Carlos Menem, Fernando De la Rúa y Eduardo Duhalde. En otras palabras, fue como si dijera: “Los decretos de ellos eran malos y los nuestros son buenos”.

Así, queda a la vista que algunos prefieren “hacerse la película” de que reciben los votos del electorado ideal que tienen en la cabeza. La presencia de Ségolène Royale en el hotel en donde el kirchnerismo festejó el triunfo quizás sea una imagen de lo que Kirchner y su esposa creen que es “su” electorado. Pero, en realidad, la nutriente de sus votos –igual que la de Menem– proviene de los mismos “barones” de la provincia de Buenos Aires por los cuales el “estereotipo Ségolène Royale” suele sentir asco.

El concepto mismo de que lo mío es “sistema” y lo de los demás es “antisistema” es antidemocrático. Además, quien decide qué es lo uno y qué es lo otro es quien participa directamente del partido. ¡Así no vale!, dirían los chicos. Cuando Kirchner era un gobernador opositor, si es que lo era realmente, y la moda del país pasaba por otras ideas, ¿aceptaba él ser llamado “antisistema”?

La oposición “sistema-antisistema” debe desterrarse porque atenta contra la democracia y porque la más simple aritmética prueba que los mismos que votaron a Menem en los 90 son los que lo hicieron por Cristina Fernández el domingo 28. Resulta francamente desalentador tener que dedicar tiempo y líneas escritas para destacar semejante obviedad. Que el presidente y su entorno (el Jefe de Gabinete no va en zaga) insistan en entender las expresiones libres de la gente (si es que pudieron ser libres del todo) como manifestaciones de anti-argentinos o de personas que desean el mal del país, vuelve a confirmar la característica autoritaria que sella su gestión.

¿Qué sugiere hacer Néstor Kirchner con los 2 millones de personas que votaron por Rodríguez Saá o Sobisch? ¿Un Gulag, quizás? ¿Habría aceptado estar él allí si Menem le hubiera dado a su presidencia el mismo sesgo maniqueo (aunque nadie ha probado que Kirchner estuviera en la vereda de enfrente del riojano en los 90)?

Cristina Fernández tendrá una oportunidad para demostrar que lo suyo no es tan sectario. Todo el mundo se pregunta si la utilizará. © www.economiaparatodos.com.ar


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