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jueves 13 de noviembre de 2008

Soliloquio de un argentino

Por más que el Gobierno se empeñe en hablar de una "sensación", resulta difícil aceptar que el saqueo de la Argentina es sólo algo que "sentimos": es real y concreto.

Soy un argentino, de los tantos que habitamos este territorio donde nacimos a la vida. Pero donde hace mucho tiempo y allá lejos hemos convertido “este país” en “nuestra Patria”.

La Patria es la tierra donde reposan los restos de nuestros Padres y donde algún día, también nosotros descansaremos en paz.

Para los bien nacidos, Patria y Padres significan lo mismo: una estirpe y un linaje; una familia y un refugio; una tradición y un compromiso; una nostalgia y un destino.

Concebimos la Patria como nuestra casa solariega. Noble y digna como la diseñaron los padres de la patria. Austera y confortable como la edificaron nuestros abuelos, los inmigrantes. La misma casa paterna donde uno puede recuperar las fuerzas espirituales buscando el sosiego después de la extenuante lucha cotidiana.

En estos infaustos días que estamos viviendo, sentimos que alguien está depredando nuestra casa. Como si un enemigo advenedizo y sin escrúpulos, nos estuviera asediando y disparando obuses de artillería sobre todo lo que se mueve, está de pie o funciona.

Como dicen los corifeos del gobierno, ¡quizás tengamos una sensación!

Pero la sensación actual no es ficticia. Es la misma que tuvieron nuestros antepasados griegos en el desfiladero de las Termópilas, como la que padecieron nuestros hermanos judíos en la fortaleza de Masada, como la que soportaron nuestros ancestros romanos en el saqueo de Constantinopla, como la de nuestros héroes hispánicos en el sitio de Sagunto y el alcázar deToledo, como la epopeya de nuestros granaderos en Cancha Rayada.

Por todos lados nos sentimos cercados para impedir que salgamos de la fortaleza o para recibir socorro desde afuera.

Esto se parece a una batalla de cerco, que forma parte de una guerra total y que concluye con el asalto final a la ciudadela de Argentina.

Y seguimos con las sensaciones… Ahora no sólo tenemos la sensación de que pretenden quedarse con nuestros ahorros, sino también con la destrucción de nuestro espíritu, aquella heredad sagrada que recibimos de nuestros padres y ellos a su vez, de nuestros abuelos. Están amenazando la herencia que hace que “seamos lo que debemos ser porque sino no seremos nada” como nos advirtiera el Libertador General Don José de San Martín.

El respeto o la rapiña

En pocos días más, presuntuosos senadores que dicen representar a nuestras provincias federales, tendrán la oportunidad histórica de votar: a) por el respeto a la vida y el honor de los argentinos o b) por el pillaje de sus ahorros para la vejez.

Hace poco, en una denigrante sesión, los diputados se expidieron con celeridad, frotándose las manos por los bienes ajenos que podían arrebatar. Actuaron impulsivamente como el torero que liquida al toro bravo clavándole la puntilla en su testuz. El toro bravo, en este caso, es el pueblo de la República.

Con este acto de pillaje, el gobierno se nos presenta como una pandilla de amigotes, unidos por la misma pasión de poder, pero sin saber hacer otra cosa más que vivir de la política.

A diario nos demuestran que no tienen ningún talento para administrar los asuntos del gobierno. Muchos menos para comprender que sus improvisadas medidas influyen negativamente en las expectativas, las ilusiones y las esperanzas de la gente.

Sólo tienen cerebro para ubicarse en una lista electoral, llegar a un cargo y permanecer en él con uñas y dientes. La desesperación por acumular fortunas pareciera ser la consecuencia de un instinto ancestral o del temor a un destierro inclemente si abandonan su cargo político.

El principal recurso para llegar y permanecer consiste en embaucar a la gente, prometiéndoles lo que todos desean pero nunca podrán tener. Luego, encontrarán una explicación conspirativa de porqué no pudieron cumplir las promesas… y seguirán adelante.

Así nos anuncian obras que no se hacen, inauguran aeropuertos inconclusos, habilitan autopistas que no existen, y prometen darnos el paraíso en la tierra, alquilando por pocos pesos a un conjunto de aplaudidores de discursos que no entienden.

Cuando cumplen algo de lo que prometieron, lo hacen esquilmando a unos para satisfacer a otros, pero se guardan una importante tajada que justifican con la convicción profunda de ser merecedores a ella, porque constituyen la vanguardia revolucionaria de la distribución del ingreso. Tienen la habilidad de despertar la envidia contra quienes tienen algo -aunque lo hayan ganado con mucho esfuerzo- exigiendo que esa fortuna sea utilizada solidariamente. Pero excluyen cuidadosamente del reparto la suya propia como si sólo la fortuna ajena fuese objeto del derecho a la rapiña y causa del reparto entre secuaces y seguidores.

Del resentimiento a la incautación

También saben utilizar el odio y el resentimiento, como figuras retóricas de una reivindicación por presuntas injusticias ancestrales que nunca pueden ser demostradas, pero que justifican la venganza.

Así llegamos a este verdadero acto de despojo, donde las víctimas han quedado anonadadas como si sus ahorros en lugar de constituir un patrimonio privado legítimo, fuese sólo un anticipo de impuestos a imputar.

Después del terrible e inesperado anuncio de la presidente, ha quedado abatido el derecho de propiedad privada de los argentinos.

Los que sentimos a nuestra patria como algo entrañable, seguimos teniendo una sensación difusa. Para este gobierno, todo lo que poseemos: bienes materiales, derechos y garantías son una graciosa concesión de los gobernantes que nos permiten usarlo y disponerlo mientras no tengan problema de caja.

Pero tan pronto el dinero se les acaba, se abalanzan sobre nuestras fortunas y con todo desparpajo anuncian que lo hacen para protegernos, incautándose de nuestro dinero y jurando que dentro de un cuarto de siglo otros personajes nos brindarán la bienaventuranza del paraíso terrenal.

El dilema de los jueces

Después de esta aleccionadora experiencia confiscatoria, que continúa la línea argumental del corralito, del corralón, de la pesificación asimétrica y de la indisponibilidad de los depósitos en dólares ¿Qué juez de la república, que magistrado de segunda instancia, qué miembro del tribunal de casación o qué integrante de la Corte Suprema de Justicia no sentirá un fuerte reproche en el fondo de su recta conciencia?

¿Cómo no se perturbarán sus reservas de dignidad cuando tengan que sentenciar a algún argentino que para cuidar de su vejez y dejar algo a sus hijos, disponga de una pequeña o mediana suma de dólares y trate de sacarlos del país evitando que caigan en manos codiciosas de los gobernantes?

¿Qué jueces de la república no sentirán el reproche de su propia intimidad, porque ellos también ponen a resguardo sus ahorros para que no se los arrebaten impunemente?

¿Quién tendrá autoridad moral suficiente para sancionar alguna fuga de capitales para proteger ahorros honestamente ganados, distinguiendo esa protección de los delitos por enriquecimiento ilícito de funcionarios corruptos o de la transferencia de dinero obtenido por los mercaderes de la muerte con la repugnante venta de estupefacientes a nuestros jóvenes?

¿Qué magistrado honesto e independiente estaría dispuesto a convalidar una sentencia que repugnaría su propia conciencia moral?

Este es el nivel de las opciones morales a que nos somete el asedio al pueblo de la república. Estamos a merced del ataque final, ingresando en una fase de democracia falsificada, donde la concentración del poder en un individuo que sólo es cónyuge de la presidente, atenta contra nuestras libertades y terminará destruyéndonos a todos.

La respuesta en los próximos días quedará en manos de los senadores.

Que Argentina sea lo que deba ser y recupere su ser original. Que los senadores tengan el buen gusto de sepultar el odio y el resentimiento. Que repudien las maniobras de revolver el pasado para quitarnos el dinero en el presente. Que piensen en el bien común y no en las monedas de una traición.

Sólo nos queda un retazo de esperanza antes del asalto final. Pero los milagros son posibles. Esperemos porque Dios es justo. © www.economiaparatodos.com.ar


Antonio I. Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad.

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