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Jueves 31 de agosto de 2006

Tiempos violentos

El respeto por la vida, la libertad y los derechos de propiedad es condición fundamental para la creación de riqueza y, por ende, para que un país pueda salir de la pobreza. Debemos comprender que la violencia cotidiana atenta contra esos derechos.

Si realmente queremos ser un país que pueda brindar mejores condiciones de vida para todos sus habitantes, deberíamos comenzar por tratar de ser una sociedad un poco menos violenta. Obviamente, esto no se logra con una ridícula campaña que reza “las armas sirven para tirar… tírela”. No sé cuánto tiempo habrán estado pensando semejante disparate los publicistas de turno, ni me quiero imaginar cuánto dinero se gastó en ello. En todo caso, esta campaña no es otra cosa más que una muestra más del voluntarismo ingenuo que ya conocemos.

La violencia que vivimos va mucho más allá de los graves crímenes que suceden a diario. También son violencia los cortes de calles y rutas, la invasión a la propiedad privada (en todas sus formas) y las amenazas que profieren los funcionarios públicos, desde el primer mandatario, pasando por sus ministros y llegando a los integrantes del Congreso Nacional.

Pero ellos no son los únicos que ejercen la violencia. Quizás cabría preguntarse ¿por qué la ejercen con tanta impunidad? ¿Por qué deberían existir penas más duras para los delincuentes comunes si no las pedimos para los ciudadanos comunes o los funcionarios públicos? No es raro ver en la ciudad de Buenos Aires a automovilistas, peatones y ciclistas, entre otros, que violan sistemáticamente las leyes de tránsito ante policías que, a su vez, tampoco cumplen con su deber.

El problema va mucho más allá de ser rico o ser pobre. Suele confundirse pobreza con falta de educación y desprecio de las normas, pero se aprecia claramente en las clases más adineradas un desapego igual o superior por el cumplimiento de las normas más elementales de convivencia. Veamos un par de ejemplo: primero, el mal estacionamiento de vehículos de lujo a cualquier hora y lugar; segundo, basura sacada fuera de horario en barrios y casas que distan de ser pobres; y en tercer lugar, las deposiciones de los perros que pululan con sus amos o paseadores por toda la ciudad. Estos casos implican también una violencia que, por cotidiana y menos grave, no deja de ser un reflejo de una sociedad mal acostumbrada.

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de conocer países del llamado “primer mundo” habrá visto que estas pequeñas violaciones a las normas de tránsito o de convivencia urbana son severamente castigadas, no sólo por la autoridad sino también por los propios ciudadanos. Por el contrario, la desidia y el acostumbramiento con que hemos tomado tales faltas en la Argentina nos llevan a un estado de cosas en el que cualquier intento por hacer cumplir la más elemental norma de convivencia nos convierte automáticamente en represores.

Sin embargo, los países que han logrado progresar más y brindar mejores oportunidades para sus habitantes son los que tratan de evitar y castigar con mayor eficiencia todo tipo de violencia, por menor que sea la misma. Para ello, el monopolio del uso de la fuerza ha sido delegado en el Estado. Su objetivo primordial es el de proteger la propiedad de los individuos comenzando por la primera de todas, que es la vida, siguiendo con su libertad y continuando con todos los bienes que una persona pueda llegar a poseer como consecuencia de las dos primeras.

Hasta que esto no esté claro, tanto para los habitantes como para los gobernantes, será mucho más complicado llegar a vivir en un país que brinde mejores oportunidades para todos, ya que una condición fundamental para la creación de riqueza es el respeto al derecho de propiedad y a la libertad, algo que mientras sigamos viviendo en estos “tiempos violentos” será muy difícil de conseguir. © www.economiaparatodos.com.ar

Alejandro Gómez es profesor de Historia.


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