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Martes 16 de septiembre de 2014

Un retoño vacío y monocorde

Un retoño vacío y monocorde

Suele decirse que hay tres cosas que no regresan jamás: el tiempo, las palabras y las oportunidades. Parecería que Máximo Kirchner no lo ha tenido en cuenta al “blanquear” su voz monocorde y su emoción pueril frente a una tribuna adicta.

En efecto, en su discurso en la cancha de Argentinos Juniors, repitió una y otra vez las mismas dos -o a lo sumo tres- ideas antediluvianas con las que sus padres nos han azotado durante once largos años.

A medida que ha avanzado el proceso de descomposición de un “cuerpo” político agotado, queda en evidencia que los problemas que hoy se le plantean son más complejos y más difíciles de resolver. Por lo tanto, cada vez es menor el número de personas cuya capacidad mental esté a una altura apropiada para la solución de los mismos. A todas luces, Máximo no es una de ellas, a pesar de los trémulos abrazos que le obsequiaron algunos asistentes al terminar el bullanguero y ululante evento mencionado.

Los historiadores sostienen que cuando se complican algunas situaciones políticas se deben perfeccionar los medios para resolverlas y es menester que las nuevas generaciones se hagan dueños de dichos medios. Se refieren a tener “mucho pasado sobre la espalda, mucha experiencia; en suma, la historia” (Ortega y Gasset). No es precisamente la Cámpora una organización que haya demostrado capacidad para lograrlo después de su nula experiencia política y los destrozos que, en su debut, ha provocado en la economía con la anuencia de Cristina.

Algunos detractores del gesticulante Kicillof suelen decir que carece de aptitudes hasta para manejar un quiosco de golosinas. Y puede ser cierto. Fundamentalmente, porque quizá le parezca una tarea subalterna. Lo mismo podría decirse de Álvarez, Recalde, De Pedro, Nahon, Larroque y muchos otros imberbes, que en el afán de poner sus “dotes” al servicio del movimiento K, han demostrado ser unos modestos equilibristas de barrio cumpliendo funciones “a cielo abierto”.

Ahora, como saliendo de alguna cueva del pleistoceno, aparece repentinamente el hijo de Cristina a desafiarnos, usando la misma dialéctica a la que nos acostumbraron sus padres: la confrontación por sí misma, como quintaesencia de la acción política.

En el caso de su madre, un tema enterrado definitivamente por voluntad mayoritaria.

Dice Ortega que “una revolución comienza por un partido mesurado, pasa en seguida a los extremistas y termina muy pronto retrocediendo hacia la restauración”. Esa restauración es la que pretende el fornido retoño K, por lo que continuamos con la advertencia del filósofo al revolucionario que pretende ser: “con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence PORQUE SE LO TRAGA. Como deje algo fuera de él, está perdido”.

Podríamos decir que el esfuerzo de Máximo no es solo inútil, sino que ha incurrido en el pecado cometido respecto de ciertas oportunidades que a veces se presentan en este mundo y no son aprovechadas: olvidar que las mismas NO REGRESAN.

Habría que decirle además que el pasado que nos ha traído a esta realidad que nos agobia, ha sido la obra de una ausencia de planes, eficiencia y dedicación responsable, ya que el afán del kirchnerismo consistió siempre en mantenerse en el poder indefinidamente, como hicieron en Santa Cruz.

Solo intentos saturados de un estilo primitivo pueden celebrar una aparente victoria cuya sustancia estuvo constituida por anacronismos e involuciones. Las mismas que hoy nos han llevado a importar petróleo y gas y haber perdido el sitio de privilegio que ostentábamos como exportadores de carne, trigo y maíz antes del advenimiento de Néstor y Cristina.

Esa es la realidad que nos duele a todos.

Como le añadiría Ortega al joven e inexperto descendiente de la “realeza K” de haberlo visto y oído en el estadio colmado de sudorosos “autoconvocados” (¿): “Necesitamos de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, NO RECAER EN ELLA”.

carlosberro24@gmail.com