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Jueves 27 de abril de 2006

Una nueva burguesía nacional

La firma del contrato de concesión del ferrocarril Belgrano Cargas resultó ser una oportunidad para que se presente en sociedad la nueva vanguardia de la burguesía nacional.

Cuando en la desaparecida Unión Soviética imperaba el socialismo real, los distintos partidos comunistas del mundo debían tener organizada una sección denominada “Agitprop” que se ocupaba de la agitación política, la propaganda ideológica y la difusión de consignas que interesaban al régimen stalinista.

Hoy, nuestro gobierno pareciera tener su propio “Agitprop”, claro está que de carácter más suave y modesto que el soviético, basado en unas pocas frases de impacto sugestivo y que se utilizan como lemas políticos. Se refieren al “proyecto del presidente”, a la “nueva política”, a un “país en serio” y a la “burguesía nacional”. Son como mensajes encriptados que nadie se ha tomado el trabajo de aclarar pero que, sin embargo, aparecen profusamente en la propaganda oficial.

Con el beneplácito y la bendición del gobierno, una de esas consignas hizo irrupción la semana pasada con la presentación en sociedad de una especie de vanguardia de la burguesía nacional.

Se trata del anuncio y la fotografía oficial que mostraban al primer mandatario reunido con conocidos personajes en el despacho presidencial: dos empresarios y dos sindicalistas, listos para firmar el contrato de concesión del ferrocarril Belgrano Cargas.

Lo curioso del caso consiste en que esos mismos empresarios, no hace mucho tiempo, fueron denostados como capitalistas prebendarios y favoritos del demonizado gobierno de la década de los noventa. A uno de ellos, incluso, le anularon la explotación del Correo Argentino porque no pagaba el canon prometido. En cuanto a los sindicalistas que ahora acceden a la burguesía nacional, el más veterano ha sido denunciado y procesado por un fraude de 34 millones de pesos-dólares contra los propios trabajadores de su gremio fraguando coberturas de sepelios que no se hacían. El otro es un notorio artífice del método preventivo para conseguir éxito en las negociaciones, basado en el asedio y la obstrucción de locales comerciales, pero a la vez es líder de un sindicato competidor de los ferrocarriles que ahora gestionará personalmente.

Los términos de la concesión no son menos deslumbrantes que sus propietarios. El gobierno nacional se compromete a transferirles de inmediato un subsidio “a fondos perdidos” por 250 millones de dólares y a otorgarles avales oficiales para garantizar un crédito blando de la República China por 300 millones de dólares. Por su parte esta nueva vanguardia de la burguesía se obliga a suscribir e integrar un capital de 800 millones de pesos, para lo cual cuenta con el razonable plazo de 28 años.

Una verdadera ganga que permitirá a esos cuatro personajes recorrer en forma acelerada los escalones del proceso de movilidad o ascenso social que todavía no ha sido habilitado para el resto de los argentinos.

Ninguna mente inadvertida puede comprender el significado de este insólito episodio y desentrañar sus efectos más sobresalientes. Para ello se requieren las reflexiones de un experimentado observador imparcial.

1º. La palabra burguesía tiene un innegable tufillo marxista porque sirve para designar a la clase social dominante en el régimen capitalista, propietaria de los medios de producción. Se refiere a aquellas personas relativamente acomodadas que no ejercen ningún oficio de tipo manual pero, como decía María Elena Walsh, “tienen la sartén por el mango y … el mango también”. Por eso es inocultable el recelo y desprecio que esta palabra tiene en los cuadros del progresismo político.

Sin embargo, no todos son malos. Dentro de la burguesía nacional hay que hacer una distinción entre empresarios cortesanos, ejecutivos codiciosos, administradores blandengues y capitanes de empresa.

Los primeros son esos personajes del mundo de los negocios que buscan la ventaja a través de influencias con el gobierno, descreen de las pautas morales y en general actúan movidos por la perspectiva de grandes contratos compartidos con ciertos funcionarios.

Los segundos piensan que la única fuerza impulsora de las empresas está en el espíritu de lucro y se convierten en buscadores de rentas aplastando a quien se les cruce por el camino.

Los terceros, más o menos frívolos, reconocen sus deberes pero como tienen un carácter débil y son proclives a quedar bien con todo el mundo, no se alteran ni muestran emoción por nada ni por nadie.

Los últimos constituyen un puñado de personas con fuerte vocación creadora, admiten que hacer negocios es una cuestión moralmente muy seria y saben que no pueden eludir, ni tratan de hacerlo, el juicio moral que muchas veces dicta por su propia conciencia, otras por la desaprobación pública o privada y, finalmente, por el juez supremo de todos los hombres.

2º. La prueba ácida para distinguir entre los distintos arquetipos de empresarios es su actitud frente a las remuneraciones estratosféricas que pretendan cobrar.

Salvo en términos de igualdad ante la ley, la tentación del igualitarismo nunca es un ideal socialmente aceptable porque es el fruto del resentimiento, que se convierte en pasión inicua y autodestructiva. La exaltación de la envidia constituye un peligro para las sociedades libres ya que cuestiona todo premio al mérito y al esfuerzo, pero se alimenta con la ostentación imprudente de los afortunados. Esa actitud egoísta y presuntuosa perjudica tanto a la propia empresa como a la democracia y el capitalismo.

La costumbre del exhibicionismo obsceno no se limita a la práctica de una vida rumbosa. También es descalificante la codicia por apropiarse de un exagerado nivel de remuneraciones cuando supera los límites del sentido común y se extiende a la práctica de pagar favores con favores, prescindiendo de los méritos y sacrificios que sus colaboradores hacen en la empresa.

No sólo del éxito fácil se vive en el mundo de los negocios, se requiere también de una reputación moral. Por su propio bien, la vida austera y el ajuste de cinturón resultan ser desesperadamente necesarios para los hombres de empresa sobre todo cuando en el país se pasa miseria y pobreza. Para tener una dosis de autoridad y ser moralmente creíbles, los líderes empresarios deberían tener una vida particular sobria y moderada.

3º. Contraste de la ejemplaridad: Cuando Luigi Einaudi, eximio profesor de Finanzas Públicas y excepcional presidente italiano (1948/56), recibió un emocionante homenaje popular en Torino tuvo presente dos cuestiones: la ejemplaridad y el recato. Sabía que sus paisanos piamonteses tenían las neuronas impregnadas de una innata capacidad para la industria metalmecánica y que los vecinos de Lombardía contaban con una increíble habilidad para el diseño, desde el arte y la moda hasta las manifestaciones más sutiles de la producción industrial. Pero ambas capacidades, que no se repiten en otras partes del mundo, no eran suficientes para explicar el milagro italiano. Entonces Einaudi definió lo que consideraba una de las claves del éxito: el empresario innovador que respeta un perfil de austeridad y conciencia moral.

Dijo lo siguiente:

“Centenares de miles de compatriotas trabajan, producen, ahorran e invierten a pesar de todos los impuestos que los gobiernos inventan para sacarles dinero, de las regulaciones que dificultan su accionar y de las trabas y obstáculos que desalientan su iniciativa creadora.
Los políticos ignoran que a estos hombres no los estimula la ambición por ganar dinero, sino la vocación por fabricar buenos productos, el gusto por crear cosas bellas, el orgullo de ver prosperar su empresa, las ansias de inspirar confianza a los clientes, las ganas de formar un equipo de excelencia con sus colaboradores y modernizar la industria sede de sus negocios. Los mueve la pasión por crear.
Todo esto constituye un estímulo de progreso muchísimo más poderoso que el propósito de lucro. Si las cosas no fueran así, nadie entendería por qué hay tantos emprendedores italianos que prodigan su energía y reinvierten sus ganancias para mejorar sus empresas, retirando una utilidad muchísimo más modesta que aquella renta que podrían obtener confortablemente colocando su dinero en títulos públicos que los propios políticos les ofrecen con rendimientos casi obscenos, exentos de impuestos.”

Evidentemente estaba describiendo a los capitanes de industria, empresarios de garra que hicieron posible el resurgimiento y la prosperidad de Italia desde la segunda guerra mundial hasta nuestros días.

En cuanto a nosotros, debiéramos reflexionar profundamente como observadores imparciales, porque éste no es precisamente el perfil de “la nueva burguesía industrial” que se sacó fotos en el despacho presidencial presentándose como modelo a imitar y paradigma de “la nueva política”, parte integrante de un “proyecto” con el cual se nos anuncia que están construyendo “un país en serio”. © www.economiaparatodos.com.ar



Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.




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