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EPT | June 19, 2019

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Jueves 19 de julio de 2007

Viñetas rusas

La violencia juvenil –empujada e impulsada desde el poder– se adueña de las calles en Rusia, donde por estos días festejan el aniversario de su arma más famosa: el fusil AK-47.

Los “nashis” de la Rusia de Vladimir Putin

La edición dominical del The New York Times es siempre esperada por los lectores que siguen la evolución del escenario internacional, porque suele ser especialmente sabrosa en materia de primicias. La del 8 de julio, ciertamente, lo fue.

Particularmente porque incluyó una nota excelente que llevaba la firma de Steve Lee Myers quien, desde Moscú, revelaba un aspecto poco conocido, y preocupante, de la forma en que se está haciendo política en la Federación Rusa, de la mano de Vladimir Putin. Me refiero al manejo puntilloso de los jóvenes en procura de dominar tanto sus corazones, como sus mentes.

Bajo la tutela especial –y directa– de Putin, funcionan algunos grupos de jóvenes con ideas afines a las del partido de gobierno. Estas agrupaciones se crearon a partir de las masivas protestas callejeras que –en 2004– derrumbaron al gobierno de Ucrania. Son, entonces, consecuencia de la preocupación política por dominar todo lo que sucede en las calles, luego de que éstas de pronto se transformaran en uno de los espacios más influyentes en materia política en varias de las repúblicas que emergieron luego del colapso de la Unión Soviética, a fines de 1989. Algo parecido a lo que nosotros percibimos con algunos grupos de los llamados “piqueteros”, cuyos desplazamientos son acompañados por las fuerzas del orden, que hasta protegen los lugares –en la propia Avenida 9 de Julio– en los que se estacionan descaradamente los ómnibus por ellos utilizados, lo que multiplica exponencialmente el daño al tránsito que procuran hacer, de modo de que sus protestas no pasen desapercibidas por la población y sin que el respeto por los demás obre como impedimento o barrera de ningún tipo.

El grupo de jóvenes más importante en la Rusia de hoy es, nos dice Myers, el que responde a la denominación de “Nashis” (que se traduce como “nuestros”). Tiene unos 10.000 miembros activos y puede reunir –con una logística perfectamente aceitada desde el poder– a unos 200.000 jóvenes en los eventos y manifestaciones callejeros en los que se los requiera. Su capacidad de movilización es realmente enorme, demoledora.

Esto es lo que los progresistas (según algunos, el de “progresista” es un eufemismo sinónimo de “resentidos”) llaman “movimiento social”. Leal, por supuesto.

Hay algunos otros, como la “Guardia Joven”, que pertenece al partido de Putin, esto es a Rusia Unida. O como “Grigorevstky”, que pertenece a las estructuras de la influyente Iglesia Ortodoxa Rusa, en la que la influencia de Putin ha crecido mucho, particularmente desde que logró superar el largo cisma que la separaba con los ortodoxos que están fuera de Rusia, unificándola.

Los “Nashis” son, por sobre todas las cosas, activistas que están siempre a la espera de órdenes o sugerencias desde el poder, como cabía esperar de una organización joven. Tienen campamentos de instrucción y adoctrinamiento, a la manera y con los métodos en su momento empleados en la era soviética por los recordados “Kosmosol” del Partido Comunista. Con idénticos colores y utilizando hasta la vieja liturgia.

El evangelio de los “Nashis” fue estructurado por el ideólogo de Putin, Vladislav Surkov. Predica una lealtad incondicional a Putin y un odio encendido a todos sus opositores, especialmente a Garry Kasparov, líder de la oposición, y a Eduard Limonov, el padre de un activo movimiento nacionalista.

En lo social, se oponen a las drogas, al cigarrillo y a las bebidas alcohólicas. Predican el respeto a las Fuerzas Armadas y, especialmente, a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Están en contra, también, del aborto y el control de la natalidad. Por ello, no sorprende que hagan campaña para que los extranjeros no puedan adoptar criaturas nacidas en Rusia. Su retórica es fuertemente antinorteamericana y claramente antieuropea.

Con el financiamiento y ayuda (opaca) que les llega desde el poder o desde las empresas que controlan los amigos del poder, organizan demostraciones callejeras y escraches “a la carta”, sembrando así la intolerancia, lo que contradice sus propios discursos en los que esa virtud dice ocupar un lugar central.

Hace apenas algunas semanas hicieron pasar un momento muy desagradable a Marina Kaljuran, la embajadora de Estonia en Moscú, al protestar por la relocalización del monumento al soldado ruso desconocido en la capital de ese país, después de haber pintarrajeado con insultos y agravios alusivos los muros de su embajada en Moscú.

La descripción de los “Nashis” –y sus actividades– es sólo una confirmación de cuán profunda parece ser la orientación de corte autoritario que está emergiendo sistemáticamente en la Federación Rusa, por todas partes y para preocupación de muchos que contemplan lo que sucede con una inocultable desconfianza que se nutre de la experiencia rusa en un pasado no muy lejano.

Rusia homenajea a Mijail Kalashnikov

Debo confesar, lector, que siento una muy extraña fascinación por un arma que fue creada en Rusia, que se ha distribuido por todo el mundo y que, por su eficiencia, se ha vuelto realmente paradigmática. Me refiero al famoso fusil de asalto denominado “AK-47” (por Avtomat Kalashnikova; el segundo y último nombre sugiere que su creador fue Mijail Kalashnikov, pero, además, que tanto en ruso como en castellano las ametralladoras son, curiosamente, femeninas).

Celebrando su invención, ocurrida hace ya 60 años, Valdimir Putin, orgulloso, dijo que el arma es un símbolo del talento y del genio creativo de su país. Lo cierto es que, seis décadas después de su nacimiento, con varias modificaciones, el fusil sigue siendo utilizado en todo el mundo por fuerzas armadas regulares y por los más diversos movimientos, incluyendo los que agrupan a guerrilleros, terroristas, narcotraficantes o criminales.

Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda, y su segundo, Ayman al Zawahiri, no conciben posar para las cámaras sin tener a su lado una “AK-47”, que asumió carácter de símbolo de su peligrosa causa. En el caótico Irak, hay quienes sostienen que hoy en ese país existen más fusiles “AK-47” que casas. En Afganistán, por su parte, hay millares –que llegaron enviadas por la propia CIA para enfrentar a las fuerzas rusas de ocupación– en las manos de los legendarios “muyajedines”.

El propio homenajeado, Kalashnikov, agradeciendo los honores que se le tributaban, recordó que es necesario luchar contra la falsificación de esa arma y precisó que, según la agencia estatal rusa de exportación de armas (Rosoboronexport), Rusia pierde unos 2.000 millones de dólares por año como consecuencia de la venta de armas no originales, es decir, de versiones falsificadas. Esto es así porque, prácticamente, el 90% de las “AK-47” que se comercializan no son auténticas, lo que da una idea de la magnitud del negocio de falsificación del arma en el mundo entero.

Por esto último es que en diversas partes del Continente Negro se puede comprar esta arma y pagar apenas unos 30 dólares por un ejemplar. Según los rusos, las falsificaciones, que son múltiples, se originan en por lo menos once distintos países, incluyendo a los Estados Unidos.

El fusil ha sido, por lo demás, reproducido en los más diversos objetos. Así, su silueta aparece tanto en las banderas de guerra de varios movimientos afiliados al fundamentalismo musulmán, como en primitivas alfombras afganas o, insólitamente, en una línea de ropa “exclusiva” de Prada, denominada “Prada-Meinhof”, que pretende recordar, sin demasiada vergüenza, las andanzas de la banda terrorista alemana “Baader-Meinhoff”.

El “juguete” al que nos referimos tiene un calibre de 7,62 milímetros; con su culata plegada mide apenas unos 70 centímetros, por lo que es fácilmente disimulable; se puede desarmar en sólo siete partes; sirve para disparar un único tiro por vez o, indistintamente, una terrible andanada de 600 disparos por minuto. Cada cargador curvo contiene 30 balas y el alcance del arma es de unos 300 metros, más allá de los cuales pierde rápidamente toda precisión. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


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