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lunes 5 de julio de 2004

Volvamos a la razón y a la edad madura

El despegue de la Argentina como país, con la llegada de oleadas inmigratorias y el ingreso de capitales extranjeros, fue posible gracias a la existencia de instituciones sólidas. Pero el populismo nos devolvió a un estado de oscuridad e inmadurez, similar al que padecíamos antes de la sanción de la Constitución.

Antes de 1853 en Argentina existían la misma pampa húmeda, los mismos ríos y el mismo clima que después de ese año. ¿Por qué antes de 1853 no éramos nada en el mundo y por qué luego de sancionada la Constitución empezamos a crecer? ¿Por qué a partir de 1880 la cantidad de inmigrantes que llegaban a la Argentina se multiplicó por tres y las exportaciones también se multiplicaron tres veces y en 30 años llegaron a aumentar cinco veces? ¿Acaso los inmigrantes venían a morirse de hambre a la Argentina? ¿Eran todos masoquistas? Los dueños de capitales ingleses, franceses y norteamericanos que invertían en Argentina, ¿lo hicieron porque les gustaba perder su capital?

El gran despegue de Argentina con sus olas de inmigrantes e ingreso de capitales se produce porque:
a) la gente que venía a la Argentina ya sabía que se respetaba la propiedad privada, es decir, el fruto del trabajo de cada uno,
b) ya no existía la amenaza de los malones que saqueaban a los colonos, y
c) se habían terminado los conflictos potenciales con los países vecinos. El que venía al país sabía que el ejército no lo obligaría a incorporarse a sus filas para combatir en guerras absurdas internas y externas. Lo que hubo fue paz y administración.

Pero un dato relevante, que a mi juicio no es menor, es que la tan criticada generación del ’80 había logrado generar confianza porque ninguno de los presidentes de aquella época intentaba modificar la Constitución para perpetuarse en el poder. Los presidentes fueron cambiando, las luchas políticas fueron feroces, pero todos los dirigentes políticos respetaban las reglas de juego establecidas en la Carta Magna. El país tenía instituciones. Quienes venían aquí sabían que llegaban a una tierra donde ni el Estado ni los malones se iban a apropiar de sus bienes.

A causa del populismo Argentina dejó de ser esa potencia que asomaba a principios del siglo XX. Es como si hubiéramos entrado en el túnel del tiempo cayendo nuevamente en las condiciones institucionales anteriores a 1853.

El que hoy viene a invertir a nuestro país corre el riesgo de que los malones del siglo XXI (piqueteros) tomen su empresa y lo extorsionen con más actos de violencia si no hacen lo que ellos quieren.

El Estado ya no respeta el derecho de propiedad, confiscando directamente o bien utilizando el sistema impositivo para apropiarse del fruto del trabajo de la gente.

Las milicias provinciales que mantenían al país en la anarquía y que fueron disueltas una vez que el Estado nacional tuvo la fuerza para lograrlo, volvieron a resurgir bajo otro formato. Ahora, esas milicias provinciales responden a los caudillos provinciales y municipales y están siempre listas para alzarse contra el orden constitucional, saqueando supermercados y comercios, en simulados ataques de hambre que empiezan un 20 de diciembre y desaparecen por arte de magia a los 20 días, a pesar de la brutal caída del salario real producida por la devaluación.

El país volvió a cerrarse al comercio mundial bajo el lema de “vivir con lo nuestro” y la protección de la industria nacional. Volvimos a aislarnos del mundo para que unos pocos vivos puedan tener ganancias que jamás lograrían compitiendo. Un saqueo de guante blanco.

La Argentina de hoy en día sigue teniendo los mismos ríos, la misma pampa y el mismo clima que antes de 1853 y que en 1880. Lo que le falta a nuestro país para volver a crecer es establecer paz y administración. Y para eso es necesario reemplazar las actuales estructuras mafiosas que dominan la política por estadistas que reestablezcan la paz y sepan administrar, para que -algún día- un presidente pueda repetir las mismas palabras que Roca pronunció en mayo de 1883 ante el Congreso Nacional: “La paz más profunda, el orden y la libertad más completa, reinan en toda la República y nuestro crédito político y económico penetra en todos los pueblos y mercados europeos, que empiezan a creer, por fin, que hemos entrado en la época de la razón y de la edad madura”.
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