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Domingo 2 de mayo de 2004

Vuelven el estatismo y la soberbia de los iluminados

Vuelven el estatismo y la soberbia de los iluminados

El anuncio de la creación de una petrolera estatal que actúe como “testigo” en el mercado, vuelve a poner sobre la mesa un debate que parecía ya definitivamente cerrado: la probada ineficiencia de las empresas públicas y el grave error de los estatistas de creerse más capacitados que los contribuyentes para asignar los recursos.

El presidente Kirchner acaba de anunciar que quiere crear una empresa estatal de energía. Tengo que confesar que unos tres años atrás me resultaba inimaginable que en Argentina pudiera volver la discusión sobre la conveniencia de las empresas estatales. Francamente, creía que esa etapa estaba completamente superada por las nefastas experiencias que tuvimos en el pasado. Lamentablemente, mi equivocación al respecto demuestra el grado de retraso que estamos teniendo los argentinos. Volver a discutir cosas de las que está científicamente comprobada su ineficiencia, genera un cierto grado de desilusión sobre el futuro inmediato del país. Pero dado el grado de retraso al que el Sr. Kirchner quiere someter al país, no queda otra alternativa que volver a discutir este bendito tema.

En primer lugar, antes de crear una nueva empresa estatal, el Sr. Kirchner debería formularse la siguiente pregunta: ¿de dónde va a sacar el Estado los recursos para constituir el capital de la misma? La respuesta que va a encontrar es la siguiente: del bolsillo de los contribuyentes.

Ahora bien, si el Sr. Kirchner gobierna con la cabeza y no por simples estímulos, debería formularse otra pregunta más: ¿por qué yo, un simple mortal, voy a tener la visión divina de asignar los recursos de los contribuyentes de mejor forma de lo que ellos los asignarían? Siendo que yo no soy Dios, ¿por qué yo voy a tener mejor información que los contribuyentes para definir dónde tiene que ir a parar el fruto del trabajo de la gente? ¿Cuál es el fundamento por el cual yo puedo generarle más satisfacción a la gente quitándole compulsivamente sus recursos para gastarlos en un proyecto de estas características?

Pero si Kirchner tiene conocimientos básicos de economía, también debería preguntarse: ¿si es tan buen negocio producir energía, por qué no aparecen capitales privados que, en forma voluntaria, inviertan en el sector?

Si se formulara esta pregunta y la meditara profundamente, se encontraría con una respuesta que poco le agradaría, porque la razón de la ausencia de inversiones suficientes en energía o en cualquier otro sector tiene que ver con la falta de reglas de juego claras, estables y eficientes que atraigan a los inversores. Kirchner descubriría que el problema de la crisis energética está en las características de su gobierno, que no termina de creer en la capacidad de innovación de la gente, en la iniciativa privada y en la ganancia empresarial. Descubriría que sus políticas populistas crean tal grado de desestímulos a la inversión que, finalmente, terminan produciendo, por ejemplo, la crisis energética.

Si Kirchner supone que el grupo de burócratas que manejará la empresa estatal podrá ser más eficiente que el sector privado en producir energía, simplemente está cometiendo un error gravísimo. Porque ese grupo de burócratas no se moverá con criterios económicos, sino que las decisiones políticas tendrán preeminencia en sus actos. ¿Qué implica que las decisiones políticas tengan preeminencia? Que conceptos básicos como costos de producción, productividad, competitividad, entre otros, quedarán relegados ante las necesidades políticas del momento. El simple hecho de conseguir compulsivamente del bolsillo del contribuyente los recursos para crear la empresa estatal, está marcando un error económico insalvable, porque, insisto, si esa empresa es buen negocio no hace falta ningún acto compulsivo: el sector privado, en forma voluntaria, invertirá.

El Sr. Kirchner simplemente pretende sustituir la ausencia de instituciones por un acto compulsivo. La historia muestra que la mayoría de los dictadores crearon empresas estatales de todo tipo porque, en su locura de superioridad, creyeron que ellos eran seres iluminados que sabían mejor que la gente lo que les convenía. Todos estos dictadores terminaron en el fracaso más absoluto, sumergiendo a la población en la miseria.

Es curioso como muchos políticos suelen agradar a la población diciendo que el voto de los ciudadanos siempre es sabio. Pero cuando están en el poder, creen que la sabiduría de la gente se agotó y que ya no está capacitada para decidir algo tan sencillo como dónde asignar más eficientemente sus recursos. Esta actitud es la hipocresía llevada a su máxima expresión.

Sería bueno que el Sr. Kirchner recordara la fuente inagotable de corrupción que fueron las empresas estatales, la crisis energética de 1989 bajo la Segba estatal, el estado de los puertos que administraba el gobierno, la imposibilidad de conseguir un simple teléfono cuando este servicio estaba en manos del Estado o las deplorables condiciones en que se encontraban los caminos.

Claro, más de un estatista, tanto bajo gobiernos militares como civiles, consideraba que el estatismo fallaba no por su misma esencia, sino porque los que estaban en el poder en ese momento eran malos. Y como ellos eran buenos y honestos, si les tocaba el turno de administrar el estatismo, las cosas irían mejor. Para quienes se creen superiores al resto de sus conciudadanos y hacen un culto del estatismo, el problema no es de sistema sino de personas. Pongamos a los buenos y el estatismo funcionará. El problema es que los buenos, por más buenos que sean, están destinados al fracaso porque sus administraciones no responden a los deseos de los consumidores, sino que responden a su pretensión de ser seres iluminados. Y como los iluminados no existen, el fracaso es un hecho inevitable.

El Sr. Kirchner podrá darse el gusto de llevar a cabo este acto de autoritarismo económico. Podrá crear su empresa estatal de energía. Podrá llevar a todos los diarios, radios y canales de televisión a la inauguración de su empresa. Podrá dar el discurso más nacionalista que desee. Pero lo que no podrá tener con autoritarismo económico es energía barata y en forma eficiente.  © www.economiaparatodos.com.ar

 

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