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jueves 24 de marzo de 2005

¿Y nosotros cómo somos?

Kirchner se ha convertido en uno de los jefes de Estado más representativos de la historia del país: sus actitudes no sólo son bien vistas por la mayoría de la sociedad, sino que son un muestrario de lo peor de nuestras costumbres y rasgos distintivos.

Nuevamente las maneras del Presidente son el eje de esta columna. Otra vez Kirchner, haciendo gala de su natural propensión al escándalo, utilizó las formas del destrato para encarar la controversia suscitada por los dichos del obispo castrense monseñor Baseotto. Todo el mundo, adversarios y amigos del Gobierno, coincidían esta vez en que el representante del Vaticano ante las Fuerzas Armadas se había extralimitado. Todos estaban de acuerdo en que un planteo sutil y por las vías adecuadas hubiera puesto al obispo fuera de puesto en un plazo razonable. Pero el Presidente, con la delicadeza de un elefante en un bazar, arrasó con las formas e hizo sonar un calculado estrépito para seguir obteniendo rédito político.

Y es aquí en donde los que creemos que estas formas son equivocadas, que la iracundia y el resentimiento no conducen sino a tempestades futuras, deberíamos ajustar nuestro foco a la visión de un frío personaje de la política que tamiza todas sus conductas a la luz de las encuestas.

El Presidente ha hecho una radiografía del perfil argentino. O su perfil natural coincide con el promedio del perfil nacional. Sea porque lo calcula y actúa en consecuencia o porque es naturalmente así y esa naturaleza coincide con el promedio nacional, el Presidente es uno de los más representativos jefes de Estado de la historia del país, si por representativo entendemos reunir la mayor cantidad de caracteres sintomáticos de la personalidad argentina.

Los números escuálidos con los que llegó a la presidencia después de perder las elecciones, contrastados con los altos índices de popularidad de los que goza hoy, demuestran que sus actitudes son mayoritariamente bien vistas por la sociedad. Los desplantes, las impuntualidades, las guaranguerías varias, los retos al aire, la verborragia camorrera, la actitud de guapo de barricada, han concitado el mayoritario apoyo de la población.

En el reciente caso que lo enfrentó al Vaticano, los especialistas en cuestiones diplomáticas coincidían en que las particulares características que tiene la relación con la Santa Sede hacen también particulares los procederes que resultan eficientes a la hora de obtener resultados de esa relación. Pero, una vez más, sea porque asume que a la media de la población le gusta el grito, la cara de malo y la pinta de guapo y entonces actúa ese personaje, o porque es así realmente y eso coincide con los gustos medios de la mayoría, el Presidente ha obtenido rédito político de su accionar.

En una encuesta producida por el estudio D’alessio en Buenos Aires, se demuestra que casi el 70% de los encuestados coincide en que el Presidente actuó correctamente.

De modo que los que entendemos que estas maneras presidenciales no son las adecuadas para manejar los asuntos públicos del país deberíamos replantear nuestros puntos de vista, ponernos en los pantalones de un político de cálculo permanente como el presidente y comenzar a preguntarnos: decimos que el Presidente es un maleducado, ¿y nosotros cómo somos?; decimos que el Presidente es un impuntual, ¿y nosotros cómo somos?; decimos que el Presidente es un guarango, ¿y nosotros cómo somos?, ¿acaso no es precisamente asÍ como nos definió Ortega y Gasset cuando nos visitó en septiembre de 1929?; decimos que el Presidente es un grosero, ¿y nosotros cómo somos?; decimos que el Presidente no guarda las formas ¿y nosotros las guardamos?; decimos que el Presidente tiene maneras desagradables, ¿y nosotros qué maneras tenemos?; decimos que el Presidente es un descomedido, ¿y nosotros cómo somos?; decimos que el Presidente se maneja a los gritos y retando a todo el mundo, ¿y nosotros cómo nos manejamos?; decimos que el Presidente tiene rasgos autoritarios, ¿y nosotros qué rasgos tenemos?

Cada vez que surjan ejemplos como éstos, antes de dar por descontado el hecho de que el presidente es una oveja negra y descarriada en el medio de un conjunto de gente civilizada, correcta y apegada a las formas amables de la convivencia, deberíamos preguntarnos cómo somos nosotros mismos, cómo nos manejamos en nuestra vida de relación, cómo conducimos nuestros autos, cómo presenciamos un partido de fútbol, cómo nos tratamos por la calle, cuál es nuestra terminología, cuáles son nuestras costumbres, cuál es la foto o cuáles los personajes que mejor dibujan la fisonomía nacional. Después de hacer ese ejercicio, los que criticamos al presidente quizás deberíamos dirigir nuestra critica hacia otro lado. © www.economiaparatodos.com.ar




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