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lunes 23 de marzo de 2009

El escenario donde se educa al soberano

¿Cuál es el ejemplo que líderes y políticos brindan a los jóvenes argentinos? ¿Cuál es la enseñanza democrática que reciben las nuevas generaciones?

Presentar un escenario político hoy en la Argentina es adentrarse en un juego donde no hay salidas ingenuas, y donde puede resultar ganador el más ignorante de los participantes. Y es que el país se ha convertido en una lotería.

Puede apostarse por una votación legislativa favorable o no al oficialismo pero pretender saber cuántos senadores aprobarán el adelanto de elecciones, y cuántos han de abstenerse o negarse, es manejar el azar más que tener acceso a fuentes calificadas de información off the record o a viva voz.

La inconsistencia de los temas a tratar y la seriedad de algunos dirigentes políticos ha llevado a que sus decisiones en una Cámara se diriman, la noche previa al debate, con una mera consulta con la almohada. De nada sirve la oleada de asesores que caminan los pasillos aledaños al recinto. Como alienados buscan afanosamente un dato, una señal o, al menos, una cifra que bendiga y justifique la votación positiva. Ni siquiera hay disimulo en la prebenda o el ‘negociado’ tras bambalinas.

De alguna manera, el anuncio presidencial de la coparticipación de retenciones les ofreció ese número pero, a juzgar por las caras y declaraciones en voz baja, no ha conformado demasiado. Nada está dicho hasta el momento en que se acallen los discursos, y las consecuentes agresiones en la Cámara de Senadores. Será menester volver a presenciar monólogos desaforados, mientras se confirma, tristemente, que el respeto por el prójimo es una utopía en la mayoría de la clase dirigente que debiera ser ejemplo para la ciudadanía.

¿Cómo cuestionar las trifulcas de vedettes en televisión abierta o la mediocridad de quienes no tienen más responsabilidad que entretener a las masas si muchos de los representantes de la misma dejan los modos y maneras a la hora de sentarse en sus bancas? Con certeras excepciones, puede decirse que el espectáculo que brindan es dantesco. Falta el pochoclo y el “dolby system” para que la película, al menos, pueda valorarse por sus efectos especiales o ser un poco más entretenida.

No puede negarse que, en ese mismo sitio donde hoy priman computadoras portátiles y teléfonos celulares capaces de convertir a los presentes en autistas viviendo realidades virtuales donde no habita la ciudadanía, se han labrado páginas memorables de la historia argentina con enseñanzas inexpugnables. ¿Qué dejan hoy los debates? ¿Cómo ha de enlazarlos un historiador en algún futuro probable, cuando quiera trazar los hechos que signaron este comienzo de siglo en un país que, alguna vez, se llamó el granero del mundo?

Poco legado va quedando para las generaciones futuras, aquellas que tanto preocupan de la boca para afuera. Mientras crecen – o siquiera suman centímetros a su estatura física-, la juventud va aprendiendo cómo se conquista el “éxito”: con gritos, denuncias, insultos y protestas, con toma de edificios, o cercenando el paso a terceros en pro de algún supuesto derecho al que, paradójicamente, puede accederse violando los ajenos.

Los jóvenes de hoy saben que la buena nota y la eximición de materias implica un simple escrache al maestro o una “sentada” a la entrada del colegio. En caso de fracasar con esos métodos, se apelará a los manoseados “centros de estudiantes” donde siempre hay “jóvenes viejos”. Aquellos que están siguiendo una carrera hace tanto tiempo que podría decirse, sin equívoco, que la carrera les ganó a ellos.

En este trastrocamiento de valores y principios, los padres acuden a los medios para que los ayuden a “dominar” a sus hijos. Estos temas, en apariencia fuera del escenario o del contexto político, se comprenden si se observan las enseñanzas y los modelos que están plasmándose con los ejemplos que emanan desde “arriba”.

Los adolescentes y jóvenes de la Argentina están creciendo en un marco donde se considera, por ejemplo, que la victoria de Néstor Kirchner (aunque sea tramposa o se limite al conurbano bonaerense) es posible, a pesar de la estructura proselitista que emplea; y donde las leyes que se necesitan por oportunismo y conveniencia salen en bandeja, mientras duermen en cajones aquellas otras demandadas con ahínco por la ciudadanía.

Crecen observando cómo “triunfa” el que más grita o quien más artilugios utiliza para redoblar apuestas, como si los problemas y conflictos se dirimiesen solamente en afrentas cargadas de violencia.

Crecen en un país donde la posibilidad de viajar está más cerca del barrabrava con apoyo institucional que del hombre honrado que hace del trabajo un culto con el cuál alimentar y sostener a los suyos. Crecen estudiando con manuales ideológicos en vez de con páginas consagradas cuya prueba de veracidad no la dio un gobierno de turno sino años de permanencia entre generaciones de culto.

Crecen sin saber porqué hay feriados, dado que los mismos se venden como “fin de semanas largos” bendiciendo al turismo más que a las epopeyas o gestas magnas que se conmemoran con ellos. Crecen escuchando que la oligarquía son los De Angeli, los Buzzi o los productores rurales que perdieron el fruto de su siembra, no sólo por la sequía que es una inclemencia de la naturaleza sino también por la desidia y el rencor injustificado de quienes, paradójicamente, son los actuales terratenientes.

Basta observar que, el ministro del Interior, Florencio Randazzo ataca en forma permanente al campo mientras se difunde –sin desmentida hasta la fecha- la compra en Vedia, provincia de Buenos Aires, de “Las Acacias”: 1.470 hectáreas mas la sociedad anónima dueña del bien llamada ADM.Pigue S.A.

Crecen entre ignominias e incoherencias que nadie explica: los piqueteros pueden tomar una comisaría o boicotear las bocas de expendió de combustibles en determinadas compañías y ser premiados con subsidios y despachos en Balcarce 50, pero la gente no puede manifestarse exigiendo seguridad porque se dirá que es un hecho político pergeñado por mentes ocultas que buscan instaurar un clima destituyente en la sociedad.

Crecen con preguntas sin respuesta. Crecen en un ambiente donde todo huele mal, y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que se quema ni de qué manera oxigenar.

En definitiva, crecen sin saber o sin poder discernir qué está bien y qué está mal. Pero eso sí, crecen sabiendo lo que nosotros, de adolescentes, no sabíamos. Ellos explican a sus progenitores qué es el “PACO” o cómo acceder a las drogas, saben de la efedrina y hasta del INDEC. ¿Cuántos de nosotros conocíamos esas siglas a edades tempranas? Gracias al kirchnerismo aprendieron que se es buen economista ahorrando en bolsas depositadas en placares de sanitarios, que los precios bajan apretando al empresario o que el dinero viaja en equipaje de mano.

No escapa a su intelecto que el “idealismo” se conquista con armamento clandestino y bombas que cercenan vidas. También pueden dar cátedra de retenciones, yuyos, granos y cartas de porte… En síntesis, crecen sabiendo mucho más de lo que los mayores sabíamos a su edad. Quizás sea ese el modo de ver el lado positivo o el vaso medio lleno, en vez del vaso medio vacío.

Estas líneas comenzaron exponiendo sobre el azaroso panorama político y derivaron, aparentemente, en un seudo análisis educativo. Sin embargo, si bien se mira, el tema es siempre el mismo. No hay falta de ilación en la trama ni un “irse por las ramas”.

Aquello que sólo adquiere una lectura coyuntural y queda relegado al olvido como un debate en el Poder Legislativo, deja tras de sí una marca infranqueable en la franja más importante de la sociedad: aquella que debe forjar los destinos de la Patria, si no resucitarla.

Al observar que hay de un lado y de otro, se asume que es titánica la tarea que les dejamos. Posiblemente ese legado sea el consuelo que absuelva al saber que, al menos, se mantendrán ocupados. Otra no les queda si nosotros seguimos como espectadores y no como protagonistas en este teatro. © www.economiaparatodos.com.ar

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