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lunes 20 de enero de 2014

El silencio de los culpables

El silencio de los culpables

De incapacidades y múltiples desnudeces

Mucho se habla, en la Argentina y en el mundo, acerca del silencio de Cristina Kirchner. Pero lo que le pasa a la presidente no es tan difícil de desentrañar. Se trata de dos cuestiones mancomunadas, que la tienen en estado de semi ejercicio de la función; con el poder en una mano, y una bolsa llena de dudas, en la otra.

La segunda de estas cuestiones, (y la menos importante), es que desde la muerte de su marido, en Octubre de 2010, se quedó con un cargo y un liderazgo que le quedaban infinitamente grandes, como para ejercerlos per se. Ella nunca pudo (ni le interesó) entender que, el tan declamado -modelo- de Néstor Kirchner, también podía tener problemas, podía navegar con rumbo incierto, e incluso, como sucede actualmente, llegar a tener un destino casi inexorable, de colisión.

Pero la primera de las cuestiones es un poco más compleja. Y parte de la comprobación de que Cristina Kirchner no es experta en absolutamente nada. Es una mujer que nunca se ha destacado particularmente en algo, y que ni siquiera puede exhibirse aunque sea a si misma, algún quilate, respecto de lo que, supuestamente, estudió.

Ella ha sido legisladora, y desde allí provienen sus supuestos méritos, pero en la Argentina, para «destacarse» en la labor parlamentaria, sólo hace falta ser muy bicho, poseer una adecuada verborragia, astucia para llevar agua al molino que más conviene, y tener un buen entorno de asesores, que son los que realmente conocen acerca de los diferentes temas.

Cristina es una política de las de antes, producto de la rosca y el arrastre, pero intelectualmente no muy distinta al tradicional filósofo de café que todos conocemos, que arregla el mundo con tres frases mientras le entra a un especial de salame y queso. Al ser prácticamente una ignorante técnica en toda materia, siempre estuvo obligada a depender de las ideas ajenas. Y declamarlas como las grandes verdades de la vida, aunque fueran erróneas.

Cristina admira al ideario de esa izquierda anacrónica que propala certidumbres asombrosas desde los textos y desde los claustros, pero que nunca se tomó la molestia de interpretar si sus postulados verdaderamente aplicaban a la vida cotidiana de la gente, y a su bienestar.

Por eso escucha a Axel Kicillof, (un teórico ególatra que tiene todo su tiempo invertido en libros pero nada invertido en la calle y en la gente…una suerte de nerd político, si usted quiere), y, extasiada, le tira por la cabeza nada menos que el manejo de la economía de la Argentina. Y así como a CFK le queda demasiado grande una presidencia, a Kicillof le queda enorme el ministerio.

Este país tiene a una presidente que no da la cara, en las malas,  porque sólo está preparada para la declamación victoriosa, y para la crítica. En momentos como el actual, donde lo que está colisionando es lo que ella misma y su marido han hecho con la Argentina, ya no le queda ningún adversario a quien echarle la culpa de sus males. Y entonces calla, y desaparece.

Aquí no hay ni graves problemas de salud, ni stress, ni nada que se le parezca: Aquí lo que hay es una absoluta impericia política, y la verificación de que todo aquello que a ella le parecía fabuloso, era, en realidad, ficticio y de corto plazo. La realidad argentina de enero del 14 es una patética fotografía de la incapacidad de Cristina Kirchner.

Pero recién cuando los argentinos se lo explicaron, desde las urnas de octubre, ella empezó a caer en la cuenta de que carece de las soluciones que la Argentina reclama a gritos. Y no sólo eso, sino que es la responsable de los padecimientos de 14 millones de pobres, de millones de clase media baja que, gracias a su inflación, van rumbo a la pauperización, y de otros millones de clase media que, al regreso de sus vacaciones, comenzarán a desesperarse porque no pueden pagar sus tarjetas de crédito, o las cuotas de sus automóviles, o la medicina para su familia, porque el costo de la vida, en la Argentina de Cristina, se ha disparado exponencialmente.

Y como si todo este panorama no fuera suficiente, también sabe que ella y todo su entorno, están en el primer cajón del juez, que espera pacientemente a que esto se termine, para mandarlos presos.

En medio de sus múltiples desnudeces, el silencio de Cristina Kirchner es, más que otra cosa, el silencio de los culpables.

Fuente: El Opinador Porteño