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martes 26 de septiembre de 2017

Teoría del valor, gasto público y gradualismo

Teoría del valor, gasto público y gradualismo

Conceptualmente hay un problema mucho mayor que es la ineficiencia con que se asignan los recursos productivos quitándole competitividad a la economía

El gobierno parece querer insistir con el gradualismo fiscal. Esto significa intentar congelar el gasto público en términos reales, es decir que el gasto nominal no suba más que la tasa de inflación. Paralelamente, por alguna razón que desconocemos, el PBI va a aumentar según el gobierno, y el peso del estado sobre el PBI será cada vez menor. La idea no es licuar el gasto en términos reales, es decir que suba menos que la inflación, sino licuarlo respecto a su peso sobre el PBI. A medida que la economía crezca se va a recaudar más y con el gasto congelado se va a ir cerrando la brecha fiscal hasta que en algún momento se convertirá en equilibrio fiscal o déficit fiscal cercano a cero.

Desde el punto de vista del análisis económico podemos ensayar todos los ejercicios matemáticos que queramos para ver si la economía converge hacia el equilibrio fiscal con este nivel de gasto público, pero conceptualmente hay un problema mucho mayor que es la ineficiencia con que se asignan los recursos productivos quitándole competitividad a la economía.

Todos sabemos que los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas. Ahora bien, el principio general sobre el que se basa una economía eficiente es la correcta asignación de los escasos recursos para satisfacer esas necesidades ilimitadas.

Sabemos que a determinado bien diferentes personas le otorgan distinto valor. Al que le gusta la ópera, pagará gustoso por una entrada al teatro. Al que no le gusta, no le otorga valor y no estará dispuesto a entregar dinero a cambio de una entrada para ver ópera.

Pero también sabemos que al que le gusta la ópera podrá ver una, dos tres o cuatro óperas diferentes pero en algún punto preferirá hacer otra cosa en vez de ver ópera. Veamos el típico ejemplo de la pizza. Alguien con hambre tendrá placer al comer la primera porción de pizza. La segunda porción le causará algo menos de placer y cuando llegue a la quinta porción la utilidad marginal de comer otra porción más será negativa. Le producirá rechazo seguir comiendo pizza.

Dos datos sabemos: 1) no todas los bienes y servicios tienen el mismo valor para diferentes personas y 2) para una misma persona el mismo bien va cambiando de valor a medida que lo consume y prefiere consumir otro bien.

La pregunta que se hace la economía es: ¿cómo asignar los escasos recursos productivos para satisfacer los subjetivos valores de millones de personas que valoran en forma diferente los bienes y servicios y a su vez cada persona va cambiando de prioridades? Los gustos de la gente no son algo estático, son algo dinámico.

La respuesta es dejar que la gente exprese con libertad sus subjetivos valores sobre qué quiere que se produzca y qué no quiere que se produzca. La función empresarial es encontrar, justamente, qué quiere la gente y asignar mano de obra y capital para producir esos bienes.

Por este continuo cambio en las valoraciones subjetivas de las personas que se reflejan en el sistema de precios (compro o dejo de comprar) es que no es viable ni el socialismo ni la planificación centralizada de la producción. Ninguna mente humana ni computadora alguna puede conocer cuáles son las preferencias subjetivas y cómo van cambiando para cada una de los millones de personas que son consumidores. Por eso Hayek tiene un trabajo sobre el mercado que tituló: El mercado como proceso de descubrimiento.

Ahora bien, ¿cómo relacionamos esto con el gasto público? Como cada peso que gasta el estado es un peso que le quita al contribuyente, ese menor peso que tiene el contribuyente es un peso menos que puede expresarse como valoración de los bienes en el mercado. En vez de expresar qué hay que producir vía la demanda del consumidor, ahora es el burócrata el que decide en qué hay que gastar. Pone sus valoraciones subjetivas por sobre las valoraciones de millones de personas.

Por eso el problema no es solo el déficit fiscal, sino que cuanto mayor es el gasto público, mayor es la intervención del burócrata en la asignación de recursos contrariando las necesidades de los consumidores. Solo tiene sentido que el burócrata le quite más recursos al sector privado si es para asignarlo de otra manera que lo hubiese asignado el consumidor. Es decir, los asigna de una manera que no satisface las necesidades de la gente, bajando la productividad de la economía porque los recursos se destinan ineficientemente.

Por eso cuando preguntan dónde bajar el gasto público, el principio que hay que seguir es el siguiente: el estado fue creado para defender los derechos a la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Para eso necesita recursos para solventar los gastos de la policía, defensa y justicia. Cuánto hay que gastar en cada una de estas funciones es complicado porque es difícil hacer el cálculo económico de cuanto hay que gastar en justicia o seguridad, pero sí sabemos que todo recurso que se gasta por encima de las funciones fundamentales del estado responden a caprichos del burócrata cambiando la asignación de recursos. La respuesta a la pregunta de dónde bajar el gasto es: empiece por reducir todo gasto que no tengan que ver con las funciones específicas del estado mencionadas anteriormente.

Muchos argumentan que es imposible bajar los subsidios llamados sociales. Por empezar, en este portal encontrarán una propuesta mía sobre cómo transformar los planes sociales en puestos de trabajo, pero, además, cada peso que se le quita al contribuyente para financiar un plan social es un peso menos de poder de demanda que tiene el contribuyente. Esto quiere decir menos puestos de trabajo que se crean porque el contribuyente tiene menor poder de compra. ¿Cuál es el resultado global? Que en vez que el contribuyente gaste su dinero y cree puestos de trabajo, con lo cual el piquetero tendría trabajo para poder pagar su consumo, y el contribuyente el dinero para comprar los bienes que quiere, hoy tenemos al contribuyente que no puede comprar los bienes que necesita y al piquetero que no trabaja y consume a costa del contribuyente. Altísimo nivel de ineficiencia en la asignación de los recursos.

Podría seguir con los ejemplos en el sobredimensionamiento del sector público con ñoquis y demás estructuras innecesarias, pero el mensaje fundamental es que, más allá que no queda claro si el gradualismo fiscal llevará a una disminución del déficit, lo cierto es que el nivel de gasto público es más importante que el déficit fiscal porque, si el nivel de gasto es alto, la presión impositiva y el endeudamiento son altos, pero también hacen que la economía tenga una ineficiente asignación de recursos que nos aleja de poder ser competitivos a nivel mundial y de poder incrementar las exportaciones como salida rápida para el crecimiento. Y, finalmente, con semejante ineficiencia en la asignación de recursos, dudo sobre los 20 años de crecimiento que nos promete algún funcionario del gobierno.