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lunes 26 de septiembre de 2005

Miedo

Una parte creciente de la sociedad que se interesa por el futuro del país y por los temas políticos comienza a manifestar que siente temor de expresarse o actuar libremente. Bajo un régimen de gobierno democrático estos miedos no deberían existir. Sin embargo, en la actualidad hay múltiples razones que explican su surgimiento.

Con cierto grado de tristeza vengo comprobando desde hace rato una creciente dosis de miedo en la gente, tanto de hablar como de hacer algo que pueda molestar al Gobierno. Dicho más directamente, observo que cada vez son más los que le tienen miedo al Gobierno. Por supuesto que este miedo no abarca a todo el espectro de la sociedad, dado que aquel que no tiene ningún grado de exposición pública o bien no se interesa demasiado por la marcha del país, vive al día y sin temores porque sus temas de interés pasan por otro lado. Como alguna vez me dijo mi amigo Armando Ribas: “si tu vives en Cuba y no hablas de política y te dedicas a lo tuyo, no tienes por qué tener miedo porque nadie se va a meter contigo”. En la Argentina hoy está pasando algo así. Aquellos que se dedican a su trabajo y no les interesa el tema político no tienen temor. Pero mucha gente que se interesa por los temas políticos tiene miedo de hablar. Se sienten perseguidos.

Es obvio que lo que estoy afirmando es muy difícil de demostrar porque no tengo el “miedómetro” para calcular el grado de temor de la gente, por lo tanto ese creciente miedo que estoy denunciando en esta nota podría ser fácilmente desmentido por el Gobierno. Sin embargo, el sólo hecho de haber escuchado a varias personas a manifestar su temor por lo que pueda hacerle el Gobierno si actúa de tal o cual forma o dice tal o cual cosa, es un síntoma preocupante, ya que nadie debería sentir temor en una democracia a decir lo que piensa o a hacer lo que le plazca.

¿Tiene fundamentos este temor? En realidad, los tiene. Y los tiene en una serie de actos y dichos que son de dominio público. Los permanentes ataques del señor Kirchner a todo aquél que no es de su agrado y la arbitrariedad con que se ha actuado en más de una oportunidad crean la sensación de estar viviendo en un país en el cual el presidente ha dejado de ser un funcionario pagado por la sociedad para que administre la cosa pública, para transformarse en una especie de temible hombre que detenta el poder. El monopolio de la fuerza que le delegamos para que defienda nuestra libertad se ha vuelto un arma peligrosa, porque la gente cree que ese monopolio puede ser utilizado, en cualquier momento, en contra suya si produce algún acto que no sea del agrado del señor Kirchner.

Es que Kirchner no solamente ha desplegado una retórica agresiva contra el tan conocido tema del Fondo Monetario Internacional (FMI), los acreedores y las privatizadas, entre otros, sino que también ha volcado su furia verbal contra declaraciones de empresarios, les ha hecho perder su carrera a militares, policías, gendarmes, etcétera. Tampoco ha vacilado en maltratar a su vicepresidente o en acusar de mafioso a Duhalde, cuando no ha mirado para el costado cuando Shell fue, previa víctima de su furia verbal, acosada por piqueteros adictos al Gobierno o frente al caso del oficial del Ejército que fue sancionado porque su esposa expresó libremente sus ideas.

Al comienzo de su gestión, los exabruptos de Kirchner solían tolerarse o explicarse porque, se decía, tenía que sobreactuar para demostrar que tenía poder dado el magro 22% de votos con que llegó a la presidencia. Pero ya pasaron dos años y medio, y la agresividad en el discurso no disminuye sino que, por el contrario, crece.

Otra razón para generar miedo en la sociedad es su visión parcializada sobre el tema del terrorismo. La aberración jurídica de anular leyes para perseguir a los militares deja la sensación de que no existe un ánimo de justicia, sino de venganza y revancha. Venganza y revancha que parece estar dispuesto a llevar delante de cualquier manera. Si respecto a este tema la gente cree ver un alto grado de resentimiento en alguien que tiene el monopolio de la fuerza, el temor a ser víctima de ese resentimiento es un elemento adicional para generar miedo.

Ahora bien, supongamos que la gente que manifiesta su temor al Gobierno lo haga en forma equivocada o infundada. Que finalmente Kirchner grita, pero no lastima. El punto a resaltar es lo que siente la gente. Si la gente tiene temor de hablar libremente o de hacer algo que moleste al presidente y a su entorno, entonces estamos en un problema, porque ningún funcionario público tiene el derecho de usar al Estado para infundir temor o generar la sensación de temor en la población, por más que ese temor luego no se traduzca en hechos concretos. Ninguna mayoría circunstancial de votos justifica que alguien se sienta con el derecho de utilizar los cargos públicos para amedrentar a los que piensan diferente o a actuar de manera tal que la gente tenga miedo.

Por supuesto que no todos se someten a la agresividad verbal de Kirchner. Todavía hay algunos empresarios, periodistas, economistas y analistas políticos que dicen públicamente lo que piensan, por citar algunos ejemplos. Pero no debería ser un acto casi de heroísmo manifestar pensamientos diferentes dentro de un país que dice tener una democracia.

La realidad es que el señor Kirchner se ha pasado de la raya con su discurso agresivo y descalificador. Y se ha pasado de la raya porque siendo que se le ha otorgado el monopolio de la fuerza para garantizar la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos, su discurso y su forma de actuar tienen que ser medidos y mostrar a un hombre equilibrado. De la misma manera que a un policía le cae todo el peso de la ley cuando hace un uso inadecuado del arma reglamentaria que le provee la sociedad, un presidente hace un uso indebido de su posición hablando como una persona fuera de control y con una agresividad propia de los debates de barricada. Porque al gritar en forma descontrolada está demostrando que no está en condiciones de llevar la investidura presidencial, dado que esa investidura le otorga poderes que, utilizados indebidamente o dejándose llevar por emociones descontroladas, pueden provocar perjuicios a los ciudadanos.

Y que no se venga a argumentar que por tener votos alguien tiene el derecho a comportarse en forma desmedida, porque si alguien -por tener una mayoría circunstancial a su favor- hace un uso indebido del monopolio de la fuerza es tan dictador como el dictador que llega por medio de la fuerza. Las dictaduras y el terrorismo de Estado pueden surgir por cualquiera de los dos caminos. Y una dictadura es una dictadura independientemente de la forma en que se logre llegar al poder, salvo que alguien se atreva a justificar la persecución ideológica del nazismo basada en que Hitler llegó al poder por medio de los votos.

En síntesis, quien tiene la alta responsabilidad de manejar el monopolio de la fuerza delegado por los ciudadanos, no sólo tiene que respetar los derechos individuales, sino que, además, tiene que dar acabadas muestras, en su comportamiento, sus gestos y sus palabras, de que tales derechos son sagrados. © www.economiaparatodos.com.ar




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