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Jueves 18 de septiembre de 2014

Algo más que la playstation

Algo más que la playstation

Hace un año, el discurso con el cual Máximo Kirchner debutó como orador político en el viejo estadio de Argentinos Juniors hubiese causado una verdadera conmoción. Ahora, en cambio, debe contentarse con no pasar desapercibido; y ocurre así en razón de que siempre resultará una novedad que el único hijo varón de una presidente enferma, presa de delirios conspirativos y de fobias que no puede controlar, desafíe al arco opositor a competir electoralmente con ella. Más, en atención a que Cristina Fernández —muerto su marido— se ha recostado, como nunca antes, sobre el único hombre que le queda en la familia. Pero todos vieron en aquella alocución más una boutade que un discurso serio. Conclusión: si provocó una tempestad, nadie se enteró.

No es cuestión de hacer entrar de rondón, en un análisis como el presente, a la teoría psicologista de la historia. Sin embargo, a esta altura del derrotero kirchnerista, ignorar la componente esquizofrénica de la presidente, por temor al qué dirán, carece de sentido.

Parece poco creíble que Máximo haya dicho lo que dijo sin consultar a su madre. Por supuesto, es lógico que el vástago haya afirmado lo contrario e inclusive que se haya permitido la gracia de confesar que —después de su desafío— la madre probablemente no lo dejaría entrar a su casa. Todo muy lindo. A condición de saber que nada de ello es cierto. Antes de subirse a la tribuna de ese estadio de futbol, con toda segurida pasó revista con su progenitora a lo que habría de vocear horas más tarde. Cristina Fernández —como cualquier persona mínimamente informada sabe bien— no se enteró, como todos nosotros, que su adorado Máximo la lanzaba al ruedo, para una disputa imposible, sin haberle pedido permiso. No sólo lo sabía. También le dio el vistobueno.

La pregunta que resulta conveniente hacerse es si el orador estaba hablando en serio o si el reto efectuado a la oposición representaba, pura y exclusivamente, una excusa para mantener a la tropa en forma y para recobrar la iniciativa que el gobierno ha perdido largo hace. En realidad podría ser lo uno o lo otro. No sería extraño que algunos de los incondicionales de la Señora imaginaran que retar a sus opugnadores pondría a éstos entre la espada y la pared, obligándolos a decidirse públicamente en un tema hasta ayer impensado. Esto —claro— en el supuesto remoto de que Massa, Macri, Cobos, Carrió y Binner mordiesen el anzuelo. De lo contrario, carecería de sentido.

Sucedió algo imaginable. A quienes estaba dirigida la compadrada de Kirchner no se dieron por enterados respecto de la eventual disputa electoral y, en cambio, criticaron la idea y a la persona impulsora de la misma, haciendo blanco más en la madre que en el hijo. Es que ninguno de todos ellos se llamó a engaño. Concluyeron, con razón, que semejante proyecto o estrategia —como se prefiera— no podría haber sido gestado, en la cancha donde Diego Maradona hizo sus primeras genialidades, por el desordenado orador —en eso similar a su padre— sino por la dueña del circo.

Con todo, los peor parados fueron —una vez más— los únicos dos candidatos de alguna envergadura con que cuenta el Frente para la Victoria: Daniel Scioli y Florencio Randazzo. Es que la encendida alocución del delfín fallido, ignorada como fue por el arco opositor en aquello que constituía su esencia —reabrir la posibilidad de la re–re— dejó descolocados al gobernador de la provincia de Buenos Aires y al ministro del Interior. ¿Pensaron Máximo y Cristina en las consecuencias que traería aparejadas para los nombrados el citado discurso? Si lo tuvieron en cuenta, pareció no importarles demasiado. No pudo haberles pasado desapercibida la capitis diminutio que les inflingían, pero eso a los Kirchner nunca les ha preocupado en lo más mínimo. Acostumbrados a usar y tirar a sus colaboradores, la prioridad no pasa por ganar unos comicios que ellos saben —mejor que nadie— que están irremediablemente perdidos. Si ésta hubiera sido la intención de la familia gobernante, Máximo se habría cuidado.

Las parrafadas del hijo mayor fueron, en realidad, una provocación enderezada a fijar agenda, distraer a la gente de sus problemas cotidianos, gestar de la nada un debate lo más largo y encendido posible con los dirigentes de los otros partidos y, por último, estaba dirigida al kirchnerismo de puertas para adentro. Casi podría sostenerse, sin pizca de exageración, que junto con el arco opositor los principales destinatarios resultaron Scioli y Randazzo. Si pensaban desarrollar un plan de campaña y hasta de gobierno con prescindencia de la Casa Rosada, vino la jefa de todos ellos a recordarles su presencia y su poder. En una palabra, que no pueden soñar siquiera con ser candidatos sin el nihil obstat de la señora.

Scioli —como es costumbre inveterada en él— salió a elogiar a Máximo sin entrar en la letra fina de su discurso. Tanto como para hacerle ver a la Fernández que tomó nota del mensaje y que está dispuesto a hacer los deberes. Si, finalmente, se convierte en el representante del FPV en octubre de 2015, lo será apadrinado y vestido por la presidente. En cuanto a Randazzo, su estilo no es la obsecuencia. Optó por llamarse a silencio, mordiéndose la lengua. En el fondo a uno y otro no les escapa que están metidos en un berenjenal endemoniado: deben asumirse como soldados de una causa en la cual ya no creen y obedecer a una mujer cuyo desequilibrio emocional es notorio. Para colmo de males, quedan así abrazados a una causa perdida.

Casi en el mismo momento en que Máximo dejaba atrás el mito de la playstation, su madre calentaba la cancha trayendo a comento el tema —siempre tan sensible para el universo K— del complot destituyente que podría estallar en el curso de esta semana o, eventualmente, a fin de año. No parece haber reparado la presidente en la peligrosidad que lleva en ancas una afirmación por el estilo. Porque más allá de si era pertinente pedirle explicaciones a Luis Barrionuevo, a Hugo Moyano o a cualquiera otra de las cabezas de turco escogidas por el gobierno para cargar en su cuenta todos los males habidos y por haber, claramente resultó una irresponsabilidad de Cristina Fernández sacar a relucir una amenaza que sólo existe en su imaginación.

Entre nosotros no hay complot alguno en marcha. Nadie conspira y pocos —si acaso alguno— de los principales opugnadores del kirchnerismo acaricia teorías destituyentes. El problema es distinto al imaginado por la Fernández. Estamos ante un gobierno que se niega a ver la realidad y que, para compensar su falta de soluciones, inventa monstruos y supuestos golpes de estado de fantasía. Eso no quita que si la administración que ella preside no acierta a producir un cambio que obre efectos similares a los de enero —luego de la suba de las tasas y la devaluación de Fábrega— efectivamente deberá, por propia voluntad o por la fuerza de las circunstancias, terminar su mandato antes de diciembre de 2015. Hasta la próxima semana.

Fuente: Massot / Monteverde & Asoc.