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jueves 15 de junio de 2006

Chávez le declara la guerra a una película

Los avances autoritarios del presidente venezolano continúan en aumento. Ahora, Hugo Chávez cuestiona una película que desnuda la realidad de Caracas y del resto del país.

El desparpajo autoritario y populista de Hugo Chávez no reconoce límite alguno. Ni en su casa, ni fuera de ella.

Escribo estas líneas cuando ya se conocen los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú, en la que el pueblo hermano derrotó al candidato “bolivariano”. No puedo dejar de transcribir algunos párrafos de la editorial del prestigioso El Comercio, de Lima, del 31 de mayo pasado, que denunciaba que los últimos días de campaña electoral se convirtieron “en un peligroso campo minado de denuncias, insultos, y desesperadas maniobras psico-sociales de demolición de imagen, que amenazan con perturbar una transferencia democrática trascendental para el país”. A lo que agregaba: “Hugo Chávez se permite insultar no sólo al candidato Alan García, sino también al presidente Alejandro Toledo, lo cual demuestra una inaceptable falta de respeto a los peruanos, que rechazamos con energía y justificada indignación. Ningún presidente extranjero puede inmiscuirse en nuestras elecciones”. Y “el Perú tiene que rechazar las bravatas impertinentes de Chávez y tratarlo como lo que es: un autócrata intolerante que pretende ampliar su nefasta influencia hacia otras naciones del área, bajo el influjo ideológico de Castro y el poder de los petro-dólares”. Más claro, el agua.

Lo cierto es que la política de Chávez consiste no sólo en entrometerse constantemente en los asuntos internos de otros países, sino en llenarlos de odios y resentimientos (esto es, predicar la “lucha de clases”) que van más allá de los procesos electorales y lastiman profundamente los plexos sociales, lo que genera toda suerte de tensiones, sin aportar soluciones. Como lo evidencia lo que ocurre en la propia Venezuela, donde la pobreza crece, quizás porque personajes como Chávez necesitan que ella perdure para así eternizarse en el poder. Por esto, alimentan el odio sin cesar, pero no resuelven las urgencias de los pobres. Hay otros que hace lo mismo, como si un nuevo “estilo” -patotero- se hubiera apropiado de algunos de los políticos de la región.

Es posible que a la salida del proceso electoral la sociedad peruana quede enervada e inestable, políticamente polarizada como nunca hasta ahora. Llena de angustia y enojo. Lo que generaría un clima poco apropiado para crecer en el consenso.

Algo parecido puede llegar a ocurrirle a México después de que Hugo Chávez se transformara también allí en agresivo “catalizador” de opiniones. El próximo gobierno azteca puede verse obligado a tener que gobernar en medio de protestas organizadas prolijamente por quienes pretenden llegar al poder. Lo contrario de una sociedad unida que trabaja por un futuro común.

No obstante, el proceso mejicano nos deja dos ejemplos regulatorios interesantes, a imitar. Primero, prohibir a las autoridades inaugurar o anunciar proyectos de infraestructura durante el proceso electoral. Segundo, contar con un mecanismo que analice y prohíba los avisos y carteles políticos, de modo de evitar que (como ya ha sucedido entre nosotros) se desborde el marco indispensable de respeto y cortesía mínimos, el de la civilidad.

Una película incómoda

Los desplantes de Chávez y sus secuaces aparecen en la propia Venezuela. El último tiene que ver con el estreno de la película “Secuestro Express”, dirigida por un joven director venezolano, de 28 años, Jonathan Jakubowicz, que ha causado un tremendo furor en Caracas.

Pese a su éxito, el vicepresidente “bolivariano”, J. V. Rangel, la describió como “una película miserable, una falsificación de la verdad, sin valor artístico”. Sencillamente porque no coincide con el “discurso único” que -en los autoritarismos- es siempre indispensable.

Por esto, Jakubowicz, enfrentado ahora con un procedimiento intimidatorio y vengativo, típico de los autoritarios, ha sido procesado y enfrenta una posible sentencia condenatoria de hasta diez años en prisión. Algunos medios locales -cercanos al gobierno, lo que es hoy otro rasgo del autoritarismo latinoamericano- han hecho además, respecto de él, toda suerte de comentarios racistas, atento a que Jakubowicz es de origen judío.

La película referida cuenta las terribles peripecias de una joven pareja que fuera secuestrada por gángsters que la hicieron pasear por toda Caracas, en procura de cobrar un rescate.

Lo que -dicen- molesta a Chávez es que en la película aparece un soldado “bolivariano” ingresando a un prostíbulo homosexual, lo que para un “macho” es una afrenta. Golpear a las esposas, en cambio, no es problema. Lo del prostíbulo sí. Y, mucho peor, que el film contiene una escena que muestra a un conocido chavista “bolivariano”, Rafael Cabrices, cuando baleaba impunemente a los civiles que protestaban en forma pacífica, en 2002.

No sorprende, entonces, que el joven director, alguna vez partidario encendido de Chávez y que durante la filmación de su película hasta gozó de protección policial, diga ahora: “Lo que me ha acontecido me convence acerca de que esta revolución está basada en el odio social. “Secuestro Express” promueve la evolución social, basada en el diálogo y en la comprensión entre las clases sociales. Chávez sabe bien que en el momento en que el rico y el pobre se junten para trabajar por una mejor Venezuela, ese día su revolución estará muerta”.

Impactante definición de quien alguna vez tuvo simpatía por el dictador venezolano y ha sido ahora capaz de advertir, en toda su dimensión, su gigantesca peligrosidad para la libertad de todos. © www.economiaparatodos.com.ar



Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).




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