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EPT | December 9, 2021

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Jueves 19 de octubre de 2006

Cinco para el peso

La falta de respecto por la ley y el olvido de la preeminencia del individuo por sobre lo colectivo son las razones por las cuales la Argentina no consigue incorporar un modelo cultural que le permita sumarse al conjunto de las naciones que progresan.

El cine y la televisión nos han mostrado hasta el cansancio historias de países indómitos en donde personajes hoscos, rayanos en la crueldad, se enfrentan a los obstáculos de la Naturaleza en una pelea diaria en donde la propia supervivencia está en juego.

Esas imágenes han reivindicado ese estereotipo: el hombre imponiendo su voluntad por sobre la desventura. La historia de la “Conquista del Oeste” norteamericano o las adversidades de la civilización inglesa en la indócil Australia son sólo dos ejemplos de los que, por mi conocimiento directo, puedo dar testimonio personal.

Allí el carácter se formó en el trabajo duro, desafiando el viento bravo, las sequías profundas, las distancias enormes, la soledad infinita, el territorio adverso y, en muchos casos, hasta las bestias mortales.

La suavidad de gran parte del territorio argentino nos ha eximido de esas hosquedades. La benignidad del clima, la generosidad de la tierra, la angostura del país que en apenas mil kilómetros llega de los Andes al mar, nos facilitaron las cosas. La guerra contra la Naturaleza sólo alcanzó en la Argentina las intensidades de una escaramuza.

Con una excepción: la Patagonia.

Allí se han reproducido las características de lo que en otros lugares ha sido la regla. Lo inhóspito de la geografía, la aridez del terreno, las brusquedades del clima y la extensión interminable de la nada han obligado a los pioneros que se instalaron allí a forjar un carácter adecuado a las circunstancias. Era la geografía o ellos.

Me contaron que, en la Patagonia, el látigo es una extensión del brazo del colono. Con el látigo se alambran los campos, porque su adiestrado uso permite traer los postes para hacer tensión con el alambre. Quien me cuenta la historia es tuerto. Una de esas veces el látigo se zafó y le hizo perder un ojo.

El aislamiento los ha convencido de que con lo que tienen, deben vivir. Su entorno debe serles suficiente para construir su vida. La desconfianza hacia lo exterior es la defensa que levantaron contra los que no entienden sus modalidades y el trato seco y, muchas veces, severo es el caparazón que los protege frente a tanta reciedumbre.

La Argentina siempre fue gobernada por personajes nacidos de la blandura pampeana. La indolencia a la que invita la facilidad de la vida trasladó, sin esfuerzo, esa cosmovisión a las ejecutividades del gobierno. Se construyó un perfil mental de holgazanería del que Alberdi y Sarmiento hablaron hasta el límite de lo tolerable.

A la Argentina le faltaron dosis saludables de privaciones. Le faltaron también gobernantes forjados en la rudeza de la escasez.

El presidente Kirchner pertenece a aquella cultura, en gran medida, minoritaria de la Argentina. De ascendencia suiza (las raíces de su apellido son alemanas, aunque su rama materna desciende de croatas), su familia llegó a la Patagonia para ver reproducidos en su entorno físico las privaciones de un origen duro, marcados por la severidad de los climas y la dificultad de la supervivencia. Las suavidades de la Europa del sur, bañada por las templadas aguas del Mediterráneo y entibiada por el sol italiano o español, son ajenas a sus orígenes. Ellos se emparientan más con la grisura del cielo, con el viento cruzado y con la bravura del carácter necesario para enfrentarlos.

Esta novedad debería ser un aporte extraordinario a lo que ha sido normal en la Argentina. Que alguien que sabe lo que es el trabajo en condiciones desfavorables, que está acostumbrado a lidiar con las privaciones y que sabe que el esfuerzo individual es la línea que separa la continuidad de la muerte debería ser una nota de enorme sentido positivo para el país.

¿Por qué no termina siéndolo? A mi juicio, son dos las fallas que, vis a vis con lo que ha ocurrido en otras latitudes, han sucedido aquí como para que semejantes condiciones favorables no hayan producido, hasta ahora, los efectos benéficos de esta bomba cultural instalada en el sillón de los presidentes. Es como si a la Argentina siempre le faltaran cinco para el peso.

La primera es el papel de la ley. En todos esos ejemplos exitosos de países severos, plagados de privaciones, en donde un carácter fuerte finalmente doblega la escasez, se ha dado un respeto absoluto por el imperio de la ley en las relaciones entre los hombres. Si bien hasta la crueldad era tolerada para imponer la voluntad humana a la Naturaleza, la ley, la razón y el sentido común presidía las relaciones entre las personas. En la Argentina, el presidente Kirchner –el primero con la posibilidad de esparcir un perfume cultural diferente al que la sociedad ha conocido de otros gobernantes– no ha sabido distinguir el límite del ejercicio de la fuerza y del respeto. Ha tratado a algunos argentinos del mismo modo que el látigo patagónico trata los postes del alambrado. El efecto de esta conducta ha sido una enorme discordia social y una carga de agresividad cada vez más agravada entre los argentinos.

La segunda es el olvido de la preeminencia del individuo por sobre lo colectivo. La reivindicación de la persona individual es el distintivo madre de aquellas culturas que encarnan en el “pionero” las características del emprendedor nato: el hombre contra el mundo, el perfil preferido de las novelas de Ayn Rand.

Viniendo de donde viene, no sé dónde ha sacado el presidente su inclinación por el colectivismo. El es hijo de una cultura que aprende con la leche materna que cada uno vale por sí en este mundo y que la Naturaleza extrema las pruebas para que esa fibra última de firmeza y coraje despunte la rebeldía positiva del triunfo individual.

Constituye una verdadera picardía que el país haya colocado en el más alto escalón de su administración y de la influencia social a una persona con los antecedentes culturales adecuados para cambiar tanta indolencia pero que, al mismo tiempo, esa persona no haya internalizado dos aspectos claves que han hecho que ese modelo cultural sea el que ha regado de prosperidad a media humanidad. © www.economiaparatodos.com.ar


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