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sábado 23 de febrero de 2013

Cómplices

El soez sometimiento de los funcionarios a la figura presidencial y la sistematización de la mentira como forma de vida, vienen caracterizando a esta administración desde sus comienzos.

 

 

El soez sometimiento de los funcionarios a la figura presidencial y la sistematización de la mentira como forma de vida, vienen caracterizando a esta administración desde sus comienzos.

Podría decirse que el tiempo pasa y los vicios se agigantan. Por ello, la sumisión y la rifa de dignidad, que hoy se producen sin disimulo, y sin que los protagonistas muestren un mínimo de vergüenza frente a la sociedad, no es un dato que sorprenda.

Viven en un estado de impavidez brutal, son bufones del poder y consecuentemente, cómplices de todo cuánto sucede en él.

Es verdad que estas conductas se vienen repitiendo desde tiempos inmemoriales. Cierta vez, entrevistando al ex mandatario Carlos Menem, me señalaba que muchos de quienes hoy cortejan a la dama, estaban echados a sus pies mientras él mandaba. Idéntica confesión, seguramente, podría también hacerla cualquiera de los otros ex presidentes.

No se trata pues de férreas convicciones ni de adhesiones a un modelo que, en rigor de verdad, es un pleonasmo más. Toda devoción atañe exclusivamente a los atributos y derivados del poder. Son conductas abiertamente reprochables en ciertos círculos sociales, e indiferentes en otros donde no pueden darse el lujo de distraerse analizando a los demás, porque urge ocuparse del pan que no hay.

También es cierto que hay una costumbre generalizada a vivir bajo el sino de gobiernos corruptos y sin moral. El cansancio ha llevado a que, mientras en el Congreso se debate el ingreso de la Argentina al “eje del mal” y se garantice impunidad, sólo haya ciudadanía movilizada a fin de obtener entradas para el clásico de Avellaneda.

Este es apenas un ejemplo para evitar el engaño a quienes creen que, a la sociedad, le interesa lo que está pasando. Hay más argentinos desconociendo de qué trata el caso Ciccone que ilustrados sobre el mismo. El “son todos iguales“ tristemente se ha hecho carne, y distraído la atención: ¿para qué oír y ver más de lo mismo?

Podría justificarse esta actitud si se comprende que lo que esta faltando en la escena política son conductas éticas y morales. La mentira y la falsedad se han adueñado del discurso y del quehacer nacional. No hay atisbo de condena para la rapiña y sagacidad de estos personajes, capaces de vender a la madre con tal de acceder a un despacho y camuflarse con impunidad.

Si bien estos acontecimientos no solo se dan en la Argentina, aquí y ahora gravitan con un desparpajo que adquiere ribetes impensados.

Hay pocos pueblos como los maoríes tan considerados como para prohibir estas astucias. Hay todavía menos, como los cuáqueros o los wahhabíes, que sean tan religiosos que no impelen la mentira.

Estas prácticas deleznables en Argentina además no están condenadas, de lo contrario no regresarían los mismos actores, una y otra vez, cuando el voto habilita realizar cambios y lograr alternancia en el poder.

Como si este desorden de principios no bastase, Cristina Kirchner encima ha convertido al teatro político en un campo de batalla donde la agresión y la grosería están a la orden del día. Esta concepción belicista de la política torna vigente el viejo refrán: “en la guerra y en el amor todo vale“. Lo habilita y legítima.

En ese marco, la crispación y la confrontación se han convertido en la característica intrínseca de la gestión kirchnerista. Han pasado de darse en casos excepcionales a un estado perpetuo y cotidiano. Así es como convivimos a diario con el descaro y la mentira.

Después de diez años – y lo acumulado antaño – es entendible que buena parte de la ciudadanía esté anestesiada en lo que respecta a códigos y normas básicas de respeto. Otra franja apenas atiende la satisfacción de su propia y personal demanda.

Ahora bien, en esta realidad resulta novedosa la declaración que hiciera recientemente el ministro del Interior, Florencio Randazzo. Y es que ha aceptado públicamente un fracaso. Hasta ahora, todo funcionario – con la Presidente a la cabeza -, negaba evidencias aún cuando estas fueran determinantes y fácilmente comprobables.

¿Cuántas veces escuchamos a la jefe de Estado negar la prohibición de comprar dólares “a piaccere” por parte de los ciudadanos? La Argentina que vende Cristina en cada alocución no es la misma que habitamos. Hay una Suiza imaginaria en la oratoria oficialista.

Por eso, un comportamiento inusual en este marco fue el del citado ministro que reconoció abiertamente el estado calamitoso de los trenes. Sin titubeos y sin siquiera sonrojarse. ¿Qué pasó? ¿Acaso a horas del aniversario de la tragedia causada por omisión del gobierno, la Presidente lo mandó a inmolarse para despojarse ella de responsabilidades?

A esta altura está claro que la cabeza de todo cuanto acontece o deja de acontecer es quien acaba de cumplir 60 años. Inútil es entregar funcionarios aun cuando sean responsables por complicidad. Estos están formando parte de una administración que viene demostrando, sin sutilezas, un desdén avasallador por las necesidades perentorias de la sociedad.

A su vez, hay una incapacidad manifiesta para ejercer dentro de áreas que no son de su competencia. No entienden que hay más humanidad en la renuncia que en la permanencia. Y es que hacerse cargo de lo que se desconoce, y consecuentemente no ejecutarlo como se debiera, no es un acto de imbecilidad suprema apenas. Es aceptar, en este caso, convertirse en responsable o cómplice del asesinato de 52 ciudadanos.

A esta altura, muchos funcionarios están cargando cadáveres sobre sus espaldas como si se tratara de naderías. No hace falta empuñar un arma y disparar para quitar vida. Por omisión están entregando a diario a cientos de argentinos a muertes anunciadas. De evitarlas ni se habla.

La falta de una Justicia que otorgue a cada uno lo suyo, no coopera a frenar la impunidad de la ignorancia. En consecuencia, el repudio de la calle ocupa ese espacio. Hay que tener sangre helada, ni siquiera fría, para mantenerse inmune frente a uno de estos “señores” gozando, por ejemplo, de una comida en algún restó porteño, mientras hay hambre afuera y a sabiendas de lo que están provocando.

Desde el momento en que ellos se reservan el derecho de admisión, no al gobierno sino a la vida, habilitan a la sociedad para ejercer el repudio popular. Son pues, artífices de lo que luego denuncian como “repudiable conducta ciudadana“

¡Qué se hagan cargo! Desde que existe la civilización, el ejemplo viene de arriba hacia abajo. Ahora es tarde. El hartazgo está, y promete ser el protagonista decisivo en este año que acaba de comenzar.

Es más, las próximas elecciones probablemente no las gane un candidato de la oposición sino ese cansancio, por ahora contenido, que se evidencia con más fuerza quizás, en ciertos círculos específicos. De las redes sociales a la calle, la distancia es más breve de lo que se cree.

La Presidente y sus huestes pueden insultar a periodistas, opositores, e incluso a la sociedad en su conjunto, pero a esta altura no pueden insultar a quiénes ya han perdido todo: padres, hermanos, hijos. No en accidentes, ni en atentados, ni en sensaciones de inseguridad. No.

Sin eufemismos, los han perdido por asesinatos gestados en despachos cuando, en lugar de hacer lo que se debe hacer, se está negociando coimas, armando fraudes y repartiendo dinero público como si fuesen honorarios que han ganado a fuerza de trabajo.

El descaro tiene costo aunque en diez años parezca no haber llegado el momento de saldarlo. Hasta ahora se ha esperado, hasta ahora. Juzgar la actitud de la gente harta de una espera vana, es no querer ver que la reacción cuando llegue, no será sino algo gestado por ellos a través de palabras, obras u omisión dentro de la actual administración.

En definitiva y por todo lo dicho, quienes se ocuparán de que el kirchnerismo no vuelva a ser gobierno en otro periodo serán básicamente ellos mismos. De no suceder así, el pueblo deberá asumir entonces, su complicidad.