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jueves 7 de noviembre de 2013

Dos hechos de distinto peso

Dos hechos de distinto peso

El análisis político y económico del doctor Vicente Massot

No esta mal, en términos analíticos, haber hecho referencia al reciente fallo de la Corte Suprema como si hubiera sido equivalente en importancia a las elecciones de carácter legislativo substanciadas el domingo anterior. Vistas las cosas desde un determinado ángulo, es cierto que la decisión de los ministros de aquel tribunal —sobre todo por el momento en que fue anunciada— obró como una suerte de bálsamo para un gobierno que acababa de ser vapuleado de mala manera apenas cuarenta y ocho horas antes. Claramente el kirchnerismo se subió a la ola generada por Ricardo Lorenzetti, Elena Highton, Raúl Zaffaroni y Enrique Petracchi y se presentó en sociedad con más euforia de la que había mostrado el 27 a la noche. Sólo que esta vez tenía motivos para festejar. Antes lo suyo fue un simulacro que no alcanzó a tapar la desazón que generó en los K la estruendosa victoria de Sergio Massa.

Ahora bien, por importante que haya sido el revés de Clarín —y no hay razones valederas para menospreciarlo— no puede compararse con la catástrofe electoral del Frente para la Victoria. Por de pronto, en atención a lo que representan los tiempos judiciales en la República Argentina. El principal grupo de medios del país tendrá, tarde o temprano, que modificar su actual estructura y adecuarse a una ley de Medios cuya constitucionalidad, por si quedaban dudas, ha sido  ratificada. Pero en ese “tarde o temprano” estriba la diferencia del asunto. Nadie sabe cuándo sucederá cuanto Cristina Fernández y Martín Sabbatella quieren que sea mañana. Está dicha la ultima palabra en lo general. Ahora faltan ultimar los detalles. Fue el mismísimo Ricardo Lorenzetti quien, en una de las tantas y desafortunadas oportunidades en que abrió la boca en los últimos días, dijo que esto “recién comienza”. 

Clarín ya presento su plan de adecuación y el titular del AFSCA enseguida anunció que el organismo que preside lo iba a analizar con detenimiento. No se necesitan dotes de oráculo para adelantar que sólo un milagro podría hacer que Sabbatella, siguiendo las instrucciones de la Casa Rosada, considerase ahora que la empresa a la que por espacio de años el kirchnerismo ha satanizado, acusándola de cuanto mal ocurría en la Argentina, ha cumplido y se ha adecuado, en tiempo y forma, a lo que considera legal el gobierno.

Lo más probable es que el plan adelantado por Clarín no satisfaga al AFSCA y entonces, de la noche a la mañana, los poderes contendientes comenzarán una nueva disputa judicial. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta que Lorenzetti puntaba precisamente a tal eventualidad porque intuía lo que, a esta altura, sabemos todos: que las posibilidades de que las
dos altas partes de esta guerra —que lleva años— se pongan de acuerdo, son mínimas por no decir nulas. Siendo así, el pleito está muy lejos de haber concluido. Si el disenso respecto del plan de adecuación aflora en los próximos días, cuando el kirchnerismo rechace el proyecto de Clarín, todo volverá a empezar y una cuestión específicamente política, donde el poder es la parte más importante de lo que se halla en juego, volverá al lugar del cual todavía no salió del todo: los estrados judiciales. Con esta particular coincidencia, que ha sido, desde el principio de la disputa, un factor decisivo: el tiempo, que puede beneficiar a uno o a otro según cómo se desenvuelvan los acontecimientos y cuánto tarden en pronunciarse los jueces.

Si para definir lo que hemos denominado “los detalles” se abriese una nueva instancia judicial, todo día que pase será favorable a la empresa de la señora Ernestina Herrera de Noble y de Héctor Magnetto. La razón es sencilla y tiene que ver con lo acontecido hace diez días. El gobierno quedó sepultado bajo una montaña de votos en la provincia de Buenos Aires y sabe que ya comenzó una cuenta regresiva que terminará —en el mejor de los casos— en diciembre del año 2015.

La gran diferencia, pues, entre los dos hechos mencionados al comienzo de esta nota es que, mientras el resultado de los comicios resulta definitivo y nada puede torcerlo —como tampoco modificar las consecuencias de índole política que trajo aparejadas—, el fallo de la Corte, en cambio, si bien es definitivo en el fondo del litigio no entra en consideraciones en cuanto a la instrumentación de los artículos que fueron materia de análisis. Podría suceder que, al cabo de varios meses más de idas y venidas, el asunto llegase nuevamente al tribunal supremo. O no, pero eso hoy no está en condiciones de saberlo, a ciencia cierta, nadie.

Si Clarín consigue —conforme a la estrategia que viene desarrollando hasta ahora— ganar tiempo, quizá deba desmantelar una parte de su vasto conglomerado de empresas, pero podría llegar a hacerlo en unas condiciones distintas a las actuales. Para la administración kirchnerista el tiempo es vital porque su gestión tiene fecha de vencimiento y, además, de aquí en adelante deberá ceder parte de un poder que por espacio de una década monopolizó a su antojo.

No han resultado casuales, ni mucho menos, las declaraciones publicas que se han  permitido hacer —sin pedirle permiso a nadie, claro está— Jorge Capitanich y el senador Miguel Ángel Pichetto respecto de que ha comenzado una transición que requiere nuevos liderazgos. Es que en el peronismo, en mayor o menor medida, son legión los que se consideran con derecho a llevar el bastón de mariscales. Scioli, Urtubey, Capitanich y Urribarri, cuanto menos, se sienten presidenciables y sería difícil convencer a alguno de ellos que tiene menos derechos que los demás pares. Es lógico que todavía todos, sin excepción, declamen obediencia infinita a Cristina Fernández, a condición de saber que desde el 27 de octubre pasado un verdadero estado deliberativo se ha adueñado del justicialismo que aun jura lealtad a la señora. Nadie se considera menos que nadie y en su conjunto simulan estar unidos cuando, en realidad, a la primera de cambios, no dudarían en sacarse los ojos.

Si la viuda de Kirchner regresase a Balcarce 50 el próximo fin de semana —como ha sido anunciado— el proceso anárquico que vive su gobierno a la hora de la toma de decisiones habrá terminado. Quedó en claro, en su ausencia, que el vicepresidente, Amado Boudou, en caso de faltar su jefa por más tiempo o en el supuesto de tener que asumir él, de manera definitiva, el cargo que hoy le prestaron, no duraría un segundo. También fue evidente algo que es propio de
todas las administraciones —no importa cuál sea su coloratura ideológica— atadas a la voluntad de una figura providencial a la cual se reverencia y se obedece sin disentir. Con la señora convaleciente, cada uno de sus seguidores hizo lo que se lea antojó, claro que dentro de unos límites fijados por el hecho de que todos ellos sabían que iba a volver a corto plazo. Si no hubiera sido así, el ejercicio de administrar la cosa pública se habría transformado en un verdadero aquelarre.
Sabemos que la presidente está enferma y que su estado de salud podría resentirse si —producto del stress que es anejo a su investidura— debiese hacer frente a problemas mayores, de no fácil resolución. Tanto su marido como ella no resultaron pacientes dóciles debido a su fuerte carácter y al hecho de haberse acostumbrado a hacer lo que les venia en gana. Néstor
Kirchner —a esta altura no es una novedad— se dejó morir. No escuchó a los médicos ni se sometió al tratamiento que le indicaron. Su mujer, inversamente, parece haber aprendido la lección o piensa de manera diferente. En un momento crítico no dudó en aceptar la opinión de los facultativos que la trataron y le recomendaron reposo.

Nada será dramático pero nada será fácil para la presidente. Hasta la próxima semana.

Fuente: por gentileza de Massot/Monteverde & Asoc.