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jueves 19 de febrero de 2015

Economía, «neoliberalismo» y capitalismo

Economía, «neoliberalismo» y capitalismo
Es habitual escuchar en muchas partes que, una cosa es «lo económico» y otra diferente es «lo social», y que «lo social» es consecuencia de «lo humano». Quienes así «razonan» parecen creer que «lo económico» habría sido impuesto por una cuadrilla de platos voladores portando maléficos seres extraterrestres que vinieron a infectar el planeta Tierra con «el virus» de «lo económico». Y también demuestran ignorar que la economía es una ciencia social, por lo que mal podría existir el divorcio alegado entre «lo económico» y «lo social».
«Lo económico» es resultado de lo humano y cultural. Y no al revés. Ni tampoco cosas diferentes. La economía no viene de las hortalizas. Deriva del factor humano. Por eso, los que afirman que se necesita una «economía humana» ni siquiera saben que es de lo que están hablando. Y lamentablemente cada vez es más frecuente observar los casos de personas (incluso profesionales destacados) que se lanzan imprudentemente a hablar de economía sin tener la menor idea del ABC de esta ciencia, incurriendo en dislates de los más variados, como el que venimos comentando. Pero este no es el único disparate que arrojan los ignorantes en economía, hay otros más «divertidos» (hay que encontrarle el lado humorístico al tema después de todo) aunque no menos ridículos. Veamos seguidamente los más absurdos.
A los partidarios del mercado libre nos acusan con asiduidad de defender al «neoliberalismo«. Vaya uno a saber «qué cosa» podría ser para nuestros detractores el famoso «neoliberalismo», que -en rigor- no pasa de ser un término peyorativo que usan todos los que no saben nada del verdadero liberalismo, excepto que esta última palabra no les gusta.
Cuando se piden «ejemplos» de «neoliberalismo» se suelen citar países con altos impuestos; monopolios de diverso calibre pero, habitualmente, en manos privadas por decreto o por ley nacional; desempleo; estímulos a las exportaciones; endeudamiento público (en rigor, estatal) y privado y, muy en general, a las políticas económicas seguidas -con desemejantes variantes y grados- en EEUU y Gran Bretaña, y en otras naciones latinoamericanas, durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, según los casos. Pues bien, si es a esto lo que se considera «neoliberalismo» ha de saberse que -en lo personal- no soy defensor del «neoliberalismo».
En realidad, las políticas económicas mencionadas anteriormente y que se atribuyen al «neoliberalismo» no son otra cosa que lo que Ludwig von Mises (y con él la Escuela Austriaca de Economía normalmente) designó con el nombre de intervencionismo, también llamado otras veces sistema «mixto», «hibrido», «dual», «intermedio», etc. que -en definitiva- poco o nada tienen que ver ni con el verdadero liberalismo ni con el capitalismo que, como hemos señalado en otras oportunidades, constituye este último «el anverso» económico de «la moneda» del liberalismo. No han faltado tampoco quienes han rotulado aquellas políticas con el nombre de mercantilismo, que -en resumidas cuentas- no viene a ser, a nuestro modo de ver, más que una especie del intervencionismo.
Tal ya se ha explicado, como corriente filosófica, moral, política o económica el «neo-liberalismo» no existe. Y el empleo de dicho término a nada conduce, si lo que se pretende con el mismo es atacar al liberalismo, habida cuenta que este último nada tiene en común con aquel. En el mejor de los casos, el «neoliberalismo» podría entenderse como un periodo de transición de una economía socialista a otra economía de tipo liberal/capitalista. Pero en la medida que la transición se detenga y no se opere, el «neoliberalismo» no obtendrá resultados diferentes a los que consigue el intervencionismo. El llamado «neoliberalismo» sólo tendría razón de ser si su meta es llegar al liberalismo y no en ningún otro caso.
En la línea de las barrabasadas más hilarantes que se pueden leer o escuchar seguido, figura la que dice que el capitalismo es «una visión radical».
 El capitalismo no es una «visión radical». Ni siquiera se trata de una «visión». Sino que no es más que un sistema de producción que, como L. v. Mises lo caracterizara más de una vez, su principal rasgo es que «produce en masa para las masas». Decir que es «radical, extremo, etc.» sería tanto como quejarse de que el capitalismo produce «demasiado», o sea que alimenta, viste, da empleo, vivienda, cura y también recrea a excesiva gente. Es cierto que el capitalismo hace todo esto y lo hace bien, pero quien se lamente de que todo esto es «radical» implica que esta implícitamente patrocinando el sistema opuesto, es decir otro que hambreé, desnude, desemplee, deshabite, enferme y también aburra a la mayor cantidad de gente posible, es decir, lo que hacen el socialismo y el intervencionismo. Si ser «radical» implica tanto como elegir entre la riqueza y la pobreza para un pueblo, yo, sin duda, optaré siempre por la riqueza capitalista y rechazaré la miseria socialista
Ahora bien, si analizamos el capitalismo, pero desde el punto de vista del régimen atinente a la propiedad, hay que decir que es un justo medio entre un sistema en el cual la propiedad es estatal de jure (socialismo/comunismo) y otro donde lo es de facto (fascismo/nazismo). En este caso, el capitalismo es un sistema intermedio entre ambos, en el cual la propiedad siempre es privada, tanto de jure como de facto. A este respecto -y como prueba de lo dicho- es importante poner de relieve el colapso tanto el socialismo/comunismo como del fascismo/nazismo.
Cuando los anticapitalistas me reprochan repetitivamente que defiendo «a ultranza» el capitalismo, siempre les respondo que lo que defiendo «a ultranza» es la verdad. Que no soy un dogmático. Soy muy flexible. Que estoy abierto a ser convencido de lo contrario…pero con razones, datos, cifras y sobre todo…argumentos sólidos y firmes que me demuestren de manera contundente que el capitalismo es algo diferente o distinto a lo que creo. Y que si me demuestran que estoy equivocado les daré la razón. Pero los anticapitalistas no me han dado ni me dan ni razonamientos ni pruebas que me convenzan. Cuando me los den, si eso algún día ocurre…con mucho gusto se los aceptaré. Como hasta el momento no lo han hecho, sigo pues pensando que estoy en lo cierto.


Fuente: Accion Humana