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jueves 13 de noviembre de 2008

El crimen de Bush

La gestión de George W. Bush no sólo destrozó los indicadores de la economía en Estados Unidos, sino que también le asestó un duro golpe a la filosofía y el espírtu de libertad norteamericanos.

Hace una semana, los Estados Unidos votaron para elegir el primer presidente negro de su historia. Barack Obama ganó el Colegio Electoral por un margen apreciable de votos y por uno mucho mas ajustado la elección popular, sobre su contendiente John Mc Cain. Pero esas verdades, ya antiguas, no constituyen las novedades más importantes del evento.

La administración de ocho años de George W. Bush deja un legado tremendo. No debe haber una sola variable de vida que esté mejor hoy que el 20 de enero de 2001 cuando asumió por primera vez. Los índices económicos atraviesan una de las mayores crisis de la historia, con una ola de contagio mundial cuyas últimas consecuencias aun se ignoran. El país está en guerra en varios frentes contra un enemigo difuso. Varias aristas de los atentados de septiembre de 2001 siguen en la oscuridad. Hay muchas cosas que no se han explicado aun acerca de esos hechos.La imagen del país frente a terceros se ha deteriorado.

Pero Bush le ha hecho un daño más profundo aún a la filosofía que distinguía a los EEUU de los demás países de la Tierra (con la posible excepción de la Australia de los últimos 20 años). ¿Cuál es esa filosofía? La que se apoya en la creencia de que las fuerzas individuales del hombre trabajador, esforzado, imaginativo y honrado siempre conducen al bienestar y a la felicidad, sea como sea que cada cual la defina. Esa idea de autodependencia, de autoestima, de autoconfianza y de autosatisfacción ha constituido la diferencia fundamental que los EEUU le han entregado al Universo como creación propia y diferente.

Tanto los demócratas como los republicanos han compartido una convicción básica acerca de que es la persona individual el motor del progreso, más allá de que las estructuras públicas (el Estado) sea más profunda o más superficial según el sesgo de cada uno, en la tarea de la administración común.

Esa idea esencialmente norteamericana ha sido inconcientemente emparentada hoy en día con Bush. En parte porque efectivamente el Partido Republicano es el que históricamente la encarnó con más fortaleza, pero en parte por ser, simplemente Bush, el presidente de los Estados Unidos. Y ese es el daño mayor que Bush le ha hecho al país y en gran medida al mundo que, guste o no, tiene a los EEUU como referencia.

La idea de que una superestructura pública reemplace el motor individual del progreso, es hoy una tentación mayor que en enero del 2001. Barack Obama representa esa tendencia. Y su influencia mundial puede ser negativa. La llegada a los sillones del Estado de alguien dispuesto a hacerse el Rey Mago con el dinero ajeno, puede endulzar los oídos de más de un demagogo. No digo que Obama lo sea (aunque días pasados leía en un documento privado que está demostrado que las contribuciones a la caridad voluntaria de Obama de los últimos años han totalizado menos del el 1% de sus ingresos y, en el caso de Biden, su compañero de fórmula, menos de un cuarto de punto porcentual de su ingreso) pero el daño que ha hecho Bush permitiendo el asiento de la duda ha sido inmenso.

Los EEUU están más protegidos aun en el peor de los casos, porque el remanente de aquella cultura de desafío individual aun es fuerte y las instituciones del país funcionan. Pero el efecto que podrían causar en países como el nuestro en donde ni la cultura ni las instituciones funcionan como contrapeso, tendría un solo nombre: la profundización de la corrupción y del robo.

A esa hora el argumento fácil de que "aun los EEUU, los creadores del individualismo schumpeteriano", han tenido que abandonarlo, será la explicación preferida de los ladrones, como ya lo venimos escuchando.

Por eso, el mayor crimen de Bush no ha consistido en su deficitaria presidencia, sino en la peligrosa herida que le ha causado a una convicción. © www.economiaparatodos.com.ar

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