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jueves 7 de septiembre de 2006

El miedo de muchos empezó a quedar atrás

La exitosa convocatoria de Juan Carlos Blumberg a la Plaza de Mayo demostró que es una amplia mayoría la que se opone al autoritarismo kirchnerista y clama por una solución al problema de la inseguridad.

El jueves pasado, estuve -feliz- con Juan Carlos Blumberg en Plaza de Mayo, el mágico lugar-símbolo en el que nuestro pueblo pegó su primer grito de libertad. El escenario de tantas alegrías y tristezas comunes, que ahora hemos empezado a recuperar para todos los argentinos, a los que una minoría extremista pretendió excluir.

La plaza estaba absolutamente repleta por una multitud respetuosa y silenciosa. Expectante. No cabía una persona más. Hasta las calles laterales estaban inundadas de gente.

Muchos seguramente habíamos llegado con alguna preocupación por nuestra seguridad. Pero también por el grave estado de cosas de una República a la que estamos al borde mismo de extraviar, con un Poder Judicial sometido y un Poder Legislativo que es una suerte de sello de goma de los Kirchner que –en su ambición desmedida– no paran de “concentrar poder”, eufemismo con el que disimulamos nuestros temores de estar, poco a poco, cayendo en manos de un autoritarismo que disimula hábilmente su corazón de extremista.

Llegamos, entonces, venciendo, de alguna manera, al miedo. O, más bien, sobreponiéndonos a las intimidaciones –e insultos– de los funcionarios públicos que trabajan y asustan para los Kirchner.

Llegamos por las nuestras, caminando solos, sin protección. Nadie nos trajo en colectivos pagados –directa o indirectamente– con fondos del erario público. Los que llevan gente a las manifestaciones organizadas por el poder –cual escuadrillas– con desplazamientos minuciosamente planificados y con amplia “protección policial”, estacionando en la avenida más ancha del mundo, donde los demás no podemos detenernos bajo ningún concepto, nunca.

Nadie nos pagó por concurrir a la plaza. Nadie nos dio un vaso de vino. Nadie nos repartió un choripán y una Coca-Cola por estar allí.

Como recordó el propio ingeniero Blumberg, fuimos “por las nuestras”, desafiando las amenazas, ignorando el alud de agravios e improperios que se acumuló sobre nosotros a lo largo de los días previos a la convocatoria, al mejor estilo castrista, ahora utilizado por unos pocos de los nuestros.

Estábamos de pié, con sensación de libertad. No había punteros, ni líderes. Ni conductores. Ni, menos aún, patoteros. Tampoco nos cuidaban milicianos armados con palos. Nadie tenía la cara tapada. Había gente de todas las edades, con predominancia de adultos, por aquello –quizás– de que nuestros jóvenes no vivieron ni la era peronista, ni los embates marxistas, ni tampoco el terrorismo. Para ellos, ésa no es una pesadilla, es sólo historia, leída o contada. Para muchos de nosotros, es experiencia. Estuvimos al borde mismo de perder la libertad. Y eso no se olvida.

Cuando el ingeniero Blumberg estaba ya por llegar al estrado, escuchamos –sobrecogidos por la emoción– la canción que se ha transformado en el símbolo de la “resistencia republicana”. La que alguna vez su intérprete, Diego Torres, entonó personalmente frente a Juan Pablo II: me refiero a “Color Esperanza”. La que habla de “quitarse los miedos, sacarlos afuera”. La que recuerda que “cambiar el aire depende de ti”. La que propone que nos “pintemos la cara, color esperanza”. La que sugiere que es necesario tanto “saber que se puede”, como “querer que se pueda”. Y es así.

La plaza estaba vallada. Como siempre. Para proteger al Presidente de su propia gente. No de nosotros. Esta vez nadie martillaba sobre el antipático cerco de metal que divide la plaza. Nadie intentaba voltearlo. No había pedradas, ni botellazos. Ni blandir de cadenas. Ni se pintaban insultos en las paredes de nuestra vieja Catedral. Tampoco había gritos desaforados. Ni mucho menos, amenazas o insultos. La policía misma estaba distendida, como haciendo saber que ella también advertía “de qué se trataba esta vez en la Plaza de Mayo”.

Luego se cantaron las estrofas del Himno Nacional. A voz en cuello. Con emoción y ganas. Con fuerza, entonces. Con la luz de las velas cual pequeñas estrellas que temblaban entre nosotros, conformando un raro firmamento de serenidad. Quizás porque sabíamos que estábamos defendiendo, civilizada y pacíficamente, la dignidad que nos quieren quitar.

Todos éramos argentinos y estábamos, ciertamente, en nuestra plaza. La de todos. Pese a los disparates de Luis D’Elía, el hombre que insulta para el poder, el que –por encargo– pretendió negarnos el acceso. Sabíamos que ese funcionario impresentable estaba insultándonos a pocas cuadras de nosotros, con una audiencia cautiva, pagada quizás con los impuestos de otros, entre ellos de los que estábamos en Plaza de Mayo.

Pero lo nuestro era auténtico. Lo de D’Elía –en el frío Obelisco– absolutamente falso; tan sólo una mentira, elaborada profesionalmente desde el poder. Una ficción que se vende al mejor postor. Por eso, el propio e inefable Adolfo Pérez Esquivel, haciendo honor a su segundo apellido, decidió no “quemarse” y esquivó a D’Elía, arruinando el mal intento de show que –con la venia y apoyo del poder– habían organizado.

Después vinieron las palabras de los mesurados oradores. Escuchamos de su boca la verdad, sin rodeos. Todos nos conmovieron. Pero el rabino, más que ninguno. Sus palabras repicaron en nuestras conciencias, cual alerta sobre un despotismo que está a la vuelta de la esquina. El mismo que, de la mano del fundamentalismo musulmán, se ha transformado en racista. Aquel que, al decir de Joaquín Morales Solá, llena de militancia contra el pueblo judío a demasiadas gargantas en torno a los Kirchner. Aquel que, sin embargo, pretendiendo separar y alejar a los judíos de todos, sólo ha logrado que miles de argentinos nos acercáramos a ellos, como nunca hasta ahora, sintiéndolos como lo que son: parte de nosotros. Porque lo cierto es que, más allá de las intimidaciones, hoy muchos somos Israel. Los que creemos en la libertad, ciertamente. Los que aspiramos al pluralismo, también. Los que no pensamos que todos debemos tener un solo discurso, una sola fe y hasta una sola identidad, más aún. Los que sabemos respetar el disenso y repudiamos la violencia y las amenazas, desde luego.

El acto de Blumberg, por la presencia de la multitud, por la conducta de la gente, y por los mensajes enviados, resultó un éxito rotundo. Cuando intuía que estábamos cerca del final, no pude evitar pensar en aquello que muchos coreábamos en aquellos días de “Corpus Christi”, cuando vivíamos en la tiranía peronista, cuando la Alianza era la fuerza de choque de entonces y cuando los medios estaban o controlados, o en cama con el poder, con pocas excepciones. Me refiero a aquello de: “mañana, mañana, los diarios qué dirán”. Ya lo sabíamos: mentiras.

Con Blumberg pudimos recuperar la verdad y superar la manipulación que nace de la inmoral alianza de los Kirchner y algunos medios de comunicación masiva. Lo mismo sintieron aquellos muchos que –esta vez– siguieron el acto por las pantallas de la televisión. Mientras una señal inequívoca nos recordaba no sólo hacia dónde vamos, sino dónde estamos: el “canal de todos”, el 7, por supuesto, estaba de espaldas a la verdad, pegadito a D’Elía, pretendiendo –con tomas bajas y sin profundidad– insinuar que en el Obelisco había una multitud, cuando eran apenas la exhibición vergonzosa de un feo puñado de profesionales de la concurrencia, especialistas en falsear las cosas, con el aval de los Kirchner. Apenas tres mil.

Volvamos al acto de Blumberg. Cuando comenzaba a retirarme, con la sensación de haber presenciado un momento histórico, de pronto, la melodía de una canción muy nuestra, muy íntima, la de las viejas y nuevas escuelas, “Aurora”, resonó para todos en nuestra plaza. Seguí tranquilo, despacio, cantando sus estrofas. Con el mismo sentimiento con que seguramente muchos habíamos comenzado la caminata hacia la plaza, a pesar de las amenazas. Estaba cantando con alegría y recogimiento a la vez, pero reconfortado por lo que había vivido.

Lo cierto es que, más allá de Blumberg, los Kirchner siguen siendo los dueños absolutos del poder. Cada vez de más, y más, y más poder. Sin saciarse nunca. Peor, como si quisieran arrasar a cualquiera que se oponga a ello. Quizás por esto es que la reacción que parece insinuarse y la “resistencia” de la que habla Mariano Grondona empiezan ahora a aparecer. Quizás por esto también es que pronto las urnas podrían decirles: basta.

Para todo esto, hay que “saber que se puede” y “querer que se pueda”. Y desde el jueves pasado cada vez somos más los que sabemos que eso es así. © www.economiaparatodos.com.ar

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