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Miércoles 8 de enero de 2014

El peronismo es incapaz de explicarse a sí mismo

El peronismo es incapaz de explicarse a sí mismo

“Los engaños y charlatanerías de unos cuantos no deberían bastar para explicar la persistencia de ciertos credos, ni su influencia en la forma de pensar o comportarse de muchas personas perfectamente sinceras” (Fernando Savater)

Creer no significa someterse cándidamente a rituales que lindan con el fanatismo y empujan a

suponer que la verdad se ajusta, en forma excluyente, a una forma parcial de concebirla.

El peronismo sostuvo siempre postulados ecuménicos sobre “el bien común a todo evento” y llevó a inferir a sus adeptos que era una verdad absoluta, prescindiendo de evidencias que indicaban a ojos vista que se trataba en realidad de una doctrina INCAPAZ DE RESPETAR LA NATURALEZA DE LAS COSAS, tratando de igualar a todos sin tener en cuenta las diferencias esenciales que traemos al nacer.

Confundió merecimientos, con aptitud; derechos, con obligaciones y desarrolló un gigantesco “pot pourri” dialéctico que fortaleció las empresas públicas con el desgano y desinterés de los mejores por progresar de acuerdo con sus merecimientos, ante la certeza que no serían recompensados jamás por ello. “A igual función, igual salario”, rezó siempre el apotegma “magistral”.

Productividad e innovación fueron a parar pues a la basura.

Según William James, el interés en sostener una creencia permite entender mejor nuestra vida en ese contexto y convencernos que es la única manera de trascender hacia metas que nos procuren un bienestar permanente y duradero “a pesar de todo”. Pero advierte severamente : “si esa regla de pensamiento nos impidiera radicalmente reconocer cierto tipo de verdades SI LAS MISMAS SE ENCONTRASEN REALMENTE

PRESENTES, sería una regla irracional”

Puede asegurarse que el peronismo forjó su origen en las vísceras de un dogma que probó ser absolutamente ineficaz para procurar a la sociedad el bienestar PERMANENTE Y DURADERO mencionado, resultando un fiasco al final de cada “renovación” de sus cuadros políticos.

La síntesis de sus ideas para gobernar, podría resumirse muy bien con una frase humorística de Ronald Reagan: “si se mueve, impuestos; si se sigue moviendo, regulación; si deja de moverse, subvención”.

Durante 17 años además, su numen, Juan Domingo Perón, vivió en el exilio por voluntad propia, y agigantó una leyenda alimentada por “mensajes de extranjería” totalmente retóricos y ausentes de realismo.

En la excelente investigación de Nelson Castro en “Los Secretos de los Últimos Días de Perón”, puede advertirse entrelíneas, que dicho regreso tuvo más que ver con los “aprietes” de algunos adeptos cercanos a su intimidad, que con sus propias convicciones. Y a una riña casi callejera sostenida durante meses con la Junta Militar de entonces sobre si le daba o no “el cuero” para volver.

Su proclamada intención de pacificar a la Argentina, terminó abruptamente muy pronto, cuando debió darse por enterado -a la fuerza-, que toda ausencia prolongada de un lugar quita siempre perspectiva “de presente” aún al hombre más instruido.

Al poco tiempo, una Plaza de Mayo copada violentamente por algunos fogosos integrantes de la JP (revoltosos de entonces cuyo burdo remedo intenta ser hoy La Cámpora), lo pusieron frente a una realidad totalmente inesperada para él: querían usarlo como mascarón de proa de una revolución que no tenía nada que ver con la que imaginaba el “león herbívoro” (Perón dixit); y los echó de la plaza.

Esto dio por tierra con sus declaraciones previas al regreso definitivo, cuando decía que era razonable “DESBOCARSE con el máximo de eficacia, porque los espíritus populares están mejor preparados” (sic).

¿En qué quedamos?

Su fracaso y el de sus “pastores”, se produjeron por los desvíos contradictorios ocurridos a través del tiempo y porque la esencia de su filosofía está inundada por un inocultable voluntarismo. Esto ha quedado expuesto con la mayor crudeza al acercamos a los 60 años de su inexplicable vigencia.

Para decirlo de otra manera, si alguien creyese que puede dar un salto de cincuenta metros sin ayuda de una garrocha, no conseguirá hacerlo por mucha fe que se tenga. En efecto, “cuando la diferencia entre lo posible y lo imposible depende de nuestra decisión, la fe puede ser muy útil; pero no transformará en posible lo que resulta imposible para nosotros, queramos o no” (Savater)

En sesenta años de predominio político, el peronismo nos ha dejado como secuela de sus gestiones nacional-socialistas una gigantesca fábrica de pobres en medio de una cruel agonía perpetua.

De nada ha servido la fe reverencial de sus crédulos simpatizantes para conjurar la muerte de apotegmas que “caen bien”, pero fueron contradictorios y pendulares, impidiéndole plasmar un programa de gobierno DURADERO que llevara soluciones definitivas a la gente del común.

Perón sostenía, parafraseando a los griegos, que “la única verdad es la realidad”. Omitió decir que “su” realidad dejaría con el correr del tiempo en verdaderos “paños menores” toda la doctrina de buenaventura sin límites que pregonó con voz tronante.

Al vivir hoy una nueva crisis de sus seguidores, éstos solo atinan a destrozarse entre sí para seguir lucrando con una mística perversa y deletérea. Y cuando se ven obligados a definirse a sí mismos, dicen con altivez que son parte de un movimiento político “muy amplio”.

¿Alguno de ellos podrá darnos alguna vez detalles específicos del concepto que encierra dicha “amplitud”?

carlosberro24@gmail.com