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Domingo 5 de junio de 2011

El stock y el flujo parecen demandar populismo

Cuando la mayor parte de la población comparte ese estilo de gobierno, no hay materia prima para construir un país en serio.

Ya en plena campaña electoral los candidatos hacen sus recorridas por los canales de televisión, declaraciones, discursos, etc. y todos apuntan al problema de la pobreza. La mayoría insiste en los llamados planes sociales, en la inclusión y demás frases por el estilo. Francamente creo que la fórmula para eliminar la pobreza no es tan complicada, ni misteriosa. La fórmula es muy sencilla: la pobreza se combate con muchos puestos de trabajo. Los puestos de trabajo se crean a partir de inversiones competitivas, es decir, inversiones basadas en la competencia y no en los privilegios, el proteccionismo y demás prebendas. Las inversiones competitivas se generan a partir de cuatro políticas públicas básicas: a) disciplina fiscal, b) disciplina monetaria, c) previsibilidad en la reglas de juego con respeto por los derechos de propiedad y d) incorporarse al mundo. Con estos cuatro elementos no hace falta estar hablando todo el tiempo de planes sociales, inclusión social y demás frases que suenan muy sentimentales pero no solucionan el problema de la pobreza, en todo caso lo agravan.
Ahora bien, como he sostenido muchas veces, para poder aplicar esas cuatro políticas públicas básicas, que son las que efectivamente combaten la pobreza y le dan dignidad a la gente, es indispensable que la mayoría de la población tenga ciertos valores que le otorguen sustento. Me refiero al espíritu emprendedor, a la cultura del trabajo, el respeto por los derechos de propiedad de terceros, a no pretender vivir a costa del trabajo ajeno, etc. Lo que los economistas denominamos instituciones son, justamente, esas reglas de juego, códigos, leyes, normas, costumbres, que regulan las relaciones entre los particulares y entre los particulares y el Estado.
Pero de nada sirve imponer esas reglas de juego si en la sociedad no impera el ánimo de respetarlas. En todo caso, si la gente prefiere vivir de la cultura de la dádiva, de la protección, los subsidios, del trabajo ajeno, esa será la demanda política y siempre habrá alguna o varias parcialidades políticas que harán su oferta electoral basadas en el populismo.
¿Puede cambiarse esta demanda de populismo? Pienso que es posible, pero francamente al ver el stock y el flujo de la población argentina tengo mis dudas de que esto ocurra en el corto plazo.
¿Qué quiero decir con el stock y los flujos de la población? Por stock me refiero a los que tenemos cierta edad y hemos visto el fracaso del estatismo, el intervencionismo estatal, las políticas monetarias inflacionarias y las regulaciones. En principio parece ser que buena parte de ese stock de población que ha vivido la inflación, el desabastecimiento por efecto de los controles de precios y regulaciones y la desgracia de ENTEL, SEGBA, y demás empresas estatales, se ha olvidado de lo que produjeron. Es como si a buena parte del stock de la población argentina se le hubiese borrado el pasado del disco rígido y no recuerda lo que costaba conseguir un teléfono, de los cortes de luz, de ver subir los precios a la mañana y a la tarde y otras desgracias económicas.
Si parte del stock de la población insiste con el populismo, la esperanza estaría en los flujos de población. Me refiero a las nuevas generaciones que comienzan a votar. ¿Qué podemos esperar del flujo de jóvenes que en octubre también van a votar y no vivieron la hiperinflación, la desgracia de las empresas estatales y el populismo en general? ¿Podrá ese flujo de argentinos contrabalancear el stock de argentinos que insiste con el populismo? Sinceramente me parece que el flujo viene peor que el stock.
Cuando uno ve como en los colegios los alumnos toman los edificios y hacen piquetes exigiendo que se cambie la forma de elegir profesores o por cualquier otra cuestión, advierte que no existe el respeto por la autoridad y que, en definitiva, copian los métodos del stock de argentinos demandantes de populismo.
¿Cuántos jóvenes crecen viendo como sus padres no trabajan y viven del plan social, sea este la Asignación Universal por Hijo, el plan Trabajar para no trabajar o cualquier otra dádiva que le entrega el Estado? ¿Qué cultura del trabajo y del esfuerzo personal puede esperarse que absorban esos chicos si lo que ven es todo lo contrario a los valores que necesita el país? Lo que ven es que sus padres, a cambio de esos planes, tienen que concurrir a actos políticos para aplaudir el discurso de la señora, que suele llorar cuando lo recuerda a él en una muy hábil estrategia de marketing.
Si analizamos el flujo que viene de la universidad, lo que les meten en la cabeza son los antivalores de la cultura del trabajo. Las universidades se han transformado en comités políticos con discursos de barricada y, por lo tanto, no impera el conocimiento y la ciencia sino el discurso de barricada.
Hoy las encuestas muestran que el oficialismo tiene un amplio apoyo en los sectores más jóvenes. Si este dato se confirmara, nos estaría indicando que el flujo de la población más que contrarrestar la demanda de populismo del stock, la incrementa.      
En definitiva, uno podría pensar que Argentina entró en decadencia porque hubo una determinada generación (un stock de población) que en un momento dado demandó populismo. Pero cuando se observa la larga y persistente decadencia, el problema no es de un determinado stock de población que en cierto período demandó populismo, más bien hubo todo un flujo de generaciones que siguió demandando populismo. La cuestión es que ese flujo no parece estar cambiando de orientación ideológica, sino que, en líneas generales, sigue por el camino del facilismo y la demagogia.
O , la oferta de populismo siempre será mayor a la de la sensatez. Si esto es así, no nos engañemos. La realidad es que, por ahora, no tenemos la materia prima necesaria para construir un país en serio.