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lunes 15 de junio de 2009

Extrañas democracias

¿Es la Argentina un país que se encamina hacia la decisión de mayorías reales y verídicas? ¿Por qué la vivencia democrática parece haber quedado limitada al sufragio? ¿Dónde ha quedado la división de poderes? ¿Quién vela por el resguardo de libertades y derechos constitucionales?

Irán y Venezuela. Desde allí convergen dos imágenes que deberían sentirse, como diría Ciro Alegría, anchas y ajenas. Sin embargo, de repente, se tornan en exceso familiares y cercanas. Dejan en la pupila un temor a volver a verlas –ya no pantalla mediante– sino en forma directa. Nada de lo que se ve en flashes sueltos se evidencia todavía por esta letanía. Aún así, no parece tan descabellado extrapolar aquello a este escenario, máxime si nos detenemos a analizar qué es lo que realmente está pasando.

La duda no cede: ¿hay cabal conciencia de lo que estamos viviendo en esta previa electoral? ¿Cuántos ciudadanos hay comprendiendo este montaje de escándalos, incertidumbre, quimeras y falsedad? ¿Y cuántos meros espectadores paralizados sin entender quién es quién, ni dar en la tecla con los hechos que apuntalan un libreto tan estrafalario como ausente de sus necesidades y desvelos?

Este régimen de minorías y mayorías se transforma de pronto en una trampa mortífera. Desde luego, es políticamente correcto aludir a la democracia como la panacea de la política. El resto de los métodos demostraron no ser solución sino acrecentar más los problemas. Pero cuando se le preguntaba a Solón cuál era el mejor régimen de gobierno, éste respondía sin titubeos: “Dime primero para qué pueblo”. Y esto de ninguna manera implica desdén hacia el único sistema que hoy se reconoce capaz de garantizar la soberanía popular pero que plantea desviaciones que merecerían ser tenidas en cuenta para que la democracia, justamente, no termine distorsionada como al parecer lo está.

Veamos, por ejemplo, ¿en que se parece aquella forma de gobernar descripta por Alexis de Tocqueville a esta farsa que se presenta ante nosotros en 3D, digitalizada, casi como una animación, más que como lo que debiera de ser: una artesanía que defina una manera de ser y hacer? ¿Son Irán y Venezuela ejemplos de ese régimen por el sólo hecho de sufragar como lo han hecho recientemente? ¿Es la Argentina un país que se encamina hacia la decisión de mayorías reales y verídicas, o hay una grave confusión entre éstas y el consenso que sí da legitimidad a las partes?

Basta con recordar que Tocqueville era un crítico severo de la centralización y un apologista del federalismo, y que lo atemorizaba la posibilidad de una democracia que derive en un despotismo o un extremo individualismo. Aquel analista de 1800 tal vez era un visionario que preveía este siglo XXI donde ambos peligros pasaron de la mera teoría a la práctica misma.

La democracia no termina en el acto comicial sino que continúa a lo largo de los 365 días, en la división y contralor de poderes, y en la inexpugnable custodia social para evitar manipulaciones y hegemonías. Amén de todo ello, también requería, para Tocqueville, un plan económico preciso, y una justa distribución de riqueza, para que ésta no sea apenas una anatema.

Inocentemente o no, muchos demócratas confunden permanentemente las nociones de mayoría y consenso. A saber, el sólo hecho de esgrimir frases tales como “Argentina ha decidido que…” o “los argentinos han resuelto que…” son deliberadamente contrarias a la verdad cuando tales decisiones han sido tomadas por una mayoría de los votantes (aún suponiendo que estos alcancen el 51%). Es sabido en que toda votación hay una cierta proporción de abstenciones, sufragios a partidos menores, impugnaciones, votos en blanco, etc. Ende debería ser evidente que, tal mayoría -aunque sea del 51%- no es real y menos aún conlleva un consenso que legitime todo sin necesidad de dialogar. Pero no parece haber ganas de salvaguardar esta deficiencia que se plantea. Si así está planteado así ha de aceptarse: dogmas extraños que permanecen aunque el diálogo, la tolerancia y el debate prolífico de ideas pudieran mejorarlo, y otorgar más sentido y veracidad al régimen de gobierno electo.

Pese a ello, filósofos como Vladimir Volkoff analizaron estas cuestiones y se interrogaron sin sutilezas hasta qué punto no es necesario una reforma para que haya realmente legitimidad en una elección; si acaso no es menester observar de qué manera se plasma mejor la decisión del pueblo sin que queden mayorías reales sometidas por minorías distorsionadas que terminan adoptando la falsa ilusión del “todos” cuando es a pocos a quienes abarca.

En ese aspecto, Volkoff plantea si debemos creer, como se sostiene en muchos espacios, que el alma de la democracia radica en el despliegue de buena voluntad de la minoría que se subordina a una extraña mayoría. “La idea no carece de grandeza” pero se pregunta, si no carece, al menos en ciertos casos, de seriedad. Propone analizar si el hecho de que Luis XVI haya sido condenado a muerte por una mayoría de 5 votos, o que la Tercera República haya sido establecida por una mayoría de un voto, inspira confianza y otorga carácter “democrático” a esos actos.

Sin mucha sinonimia en las decisiones, hoy por hoy, en la Argentina, estamos presenciando el devenir de una democracia que conlleva también extrañas falencias o falacias. Basta observar la destrucción que ha habido de los partidos políticos y de la alternancia de los mismos en el poder como para desacreditar que estemos frente a un régimen que termine erigiendo autoridad a quién represente cabalmente a una mayoría concreta y real.

En rigor de verdad, basta con preguntarse si la actual mandataria es sentida por la mayor parte de la sociedad, como fiel representante de sus intereses. A juzgar por los últimos actos en los que celebró el “día de la miel”, enfatizó la continuidad del proyecto del tren bala o se refirió a la compra de aviones para Aerolíneas -cuando es sabido que el porcentaje mayor de la ciudadanía no viaja por esa vía- hay cierta distancia entre la dirigente y su gente. Así, el carácter representativo cae en el vacío. ¿Y qué sucede con los candidatos que pretenden ser votados en breve?

A saber: seguridad, educación y salud no son siquiera referentes en esta campaña que se libra en torno a la profundización del “modelo”, figura abstracta por no decir inexistente, falsa.

Dejando de lado estos interrogantes que surgen de un sistema que ha sido manoseado en demasía, hay que observar que procesos electorales supuestamente democráticos han culminado en conflictos que no son explicables sino fuera por lo desvirtuado que está la metodología capaz de expulsar cualquier renovación que conlleve nuevas propuestas para barrer de plano la corrupción que se ha expandido a lo largo y a lo ancho, provocando que el pus aflore por todos lados.

Es inútil mantener la pureza de un régimen que fue pensado para una América de siglos pasados. Las realidades, las conformaciones sociales son otras ahora. ¿Quién hubiera dicho, cuando Tocqueville plasmaba sus teorías, que las “vedettes” de una elección legislativa serían jueces y letrados más que políticos y candidatos? Asimismo, ¿quién se atreve a negar que no sean estos nuevos protagonistas quienes terminen definiendo el resultado cuando en realidad debería darlo el pueblo a través del sufragio?

Hoy por hoy, y aunque esta afirmación despierte inquietud y suspicacias (que no están siquiera contempladas mientras escribo estas palabras), podríamos decir que no hay ninguna garantía que permita prever que tengamos un real resultado electoral tras el cierre del comicio como sería lo normal.

Es decir, hay más posibilidad de que sean aquellos jueces y letrados quienes, finalmente, nos develen los nombres de aquellos que han de representarnos. Grave. Peligroso, pero no descabellado.

Y es que no puede caer en saco roto la sospecha de fraude, ni los artilugios oficiales, ni ninguna otra suerte de maniobra no concebida hasta ahora, teniendo en cuenta quién viene manejando los hilos de las marionetas en este teatro donde la democracia es apenas un día –arbitrario encima– marcado en el calendario con absoluta impunidad y desidia. © www.economiaparatodos.com.ar

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