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lunes 20 de junio de 2011

Había una vez, y dos, y tres…

En los últimos ocho años no se ha atendido ninguna de las llamadas funciones básicas: el retroceso del país se dio firme y parejo en la seguridad, la educación y la salud.

Hay una suerte de cuenta regresiva en la Argentina. Sin embargo, y más allá del descenso futbolero, nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que se ha de definir en estos días. Si se observa detenidamente el panorama, pareciera que se esperan noticias excepcionales cuando, en rigor de verdad, lo que vendrá es tan predecible que no requiere ni siquiera demasiada pericia para el análisis.

A la avalancha de causas judiciales que comprometen al Gobierno a través de sus funcionarios más dilectos, sobrevendrá el letargo del invierno. Idas y vueltas, descubrimientos, silencios, indagatorias, papelerío, etcétera, etcétera. Todo incierto y furtivo aunque el sentido común sepa con creces de qué trata todo ello. Un efecto invernadero donde todo se paraliza aunque se gaste mucha tinta en describir los pormenores de las cuitas.

No se trata de desmantelar la ya descuajeringada esperanza de los argentinos, sino de ser realistas y no caer nuevamente en la insensatez de las recetas mágicas ni comprar el discurso de los “puntos de inflexión” advenedizos que, si se hace memoria en serio, nunca existieron durante la era kirchnerista.

Que el Gobierno tiene problemas no es nuevo. Los ha tenido desde que se instaló en Balcarce 50, ha sido y es artífice y protagonista de la mayoría de ellos, las “revelaciones” de ahora con los “sueños compartidos” son apenas reflejos de tantos otros que ya asombraron y se desvanecieron.

Es posible que la corrupción pueda percibirse con más fuerza y hasta mostrar algún cambio en los índices de ciertas encuestas, pero de ahí a modificar sustancialmente la política para que la República se sobreponga a tanta desidia hay una enormidad de pasos que aún no han sido dados, ni se ve una predisposición concreta en la dirigencia para encararlos.

Subyacen, por el contrario, intereses personales que se esconden burdamente tras pactos y negociados. Si no obsérvese el entramado del “centroizquierda” entre Pino Solanas y Hermes Binner, desorientado a pocas horas de consagrado.

El lugar en las listas, es decir: el cargo, es lo único que moviliza a una clase dirigente cuya decadencia no es la foto sino la película completa de la Argentina. El pueblo luego hace su parte cuando prioriza sus apetencias personales o se entrega resignado a “lo menos malo”.

La postulación de la Presidenta puede demorar horas o surgir en un santiamén sin que ello altere un ápice el rumbo de un país a la deriva. Únicamente un tiro de gracia al kirchnerismo –es decir, un paso al costado de Cristina, que a esta altura es utopía– podría generar algún atisbo de vida en la agenda bulímica de los últimos días.

El resto es debate de pacotilla: si los aviones de Schoklender son más grandes que los de Jaime o si Hebe de Bonafini sabía o no sabía son artilugios que distraen arteramente la atención de la ciudadanía.

El problema se centra en la creencia de que existe una ideología o un objetivo de máxima en donde el Estado adquiere proporciones descomunales cuando, en realidad, se lo ha fagocitado y un puñado de funcionarios aparece ocupando su espacio.

En los últimos ocho años no se ha atendido ninguna de las llamadas funciones básicas: el retroceso del país se dio firme y parejo en la seguridad, la educación y la salud. Ni una sola política de Estado surgió como respuesta para acicalar los estragos de vivir en una pseudo anarquía, donde la única premisa radica en el bienestar personal de los implicados.

Quiérase o no, resulte políticamente correcto o censurable exponerlo, la democracia en estas latitudes se transformó en un engendro que no garantiza ni las libertades mínimas. La reforma política tal como se sancionó el año pasado coopera a que se mantenga el status quo, votando siempre el mal menor. Después, inexpugnablemente, termina creciendo el tumor.

La igualdad no se ciñe siquiera a un concepto comunista, pues las diferencias son cada vez más notables entre quienes se privilegian subiéndose a pedestales por el simple hecho de recibir el triste voto del descarte.

No se trata de clamar por nuevos o viejos sistemas de gobierno que reemplacen a la elección, pero sí es bueno admitir que estamos viviendo en un régimen donde se favorece a algunos en detrimento de otros, y se subsidia al resto para mantenerlos presos.

En octubre, pues, se ha de elegir quién manejará los beneficios y dispondrá de los castigos. Nadie hasta ahora ha propuesto otra fórmula para contrarrestar eso.

Ya no se trata de estar a favor o en contra del Gobierno. ¿Cómo poder manifestarse de un lado o del otro si no hay gestión, ni parámetros para una modesta evaluación al menos? No se ha hecho nada más que demagogia barata. Las divergencias últimas en el INADI son muestra cabal de ello: discriminación, repartija de fondos públicos y nombramientos a dedo. Todo inserto en un contexto de igualdad de géneros y avales para una libre identidad de sexo.

La democracia “al uso nostro” ha confundido los principios. La salud colapsa porque la prioridad son los helipuertos o los estadios último modelo, se habla tanto de los derechos humanos (porque justamente se alardea de lo que se carece) que se termina comercializándose en nombre de ellos; se derrumba el andamiaje de deberes, y la industria del “hago lo que quiero” avala desde un piquete, un escrache o un corte de ruta –que a favor de un incremento de sueldos para algunos, por ejemplo, conlleven una caída de ingresos para el resto–.

En ese trance, que uno u otro resulte electo no altera en demasía el escenario en el corto o mediano plazo. Percibir cambios es quimérico. Solamente la restitución de los andamiajes institucionales originales y de los valores intrínsecos (humanos y consecuentemente políticos) puede modificar el sistema para que un comicio, además de tener asidero, se corresponda con el principio de democracia que por ahora sólo emerge en el uso arbitrario del concepto.

Hoy por hoy, el pus aflora donde quiera que se meta el dedo: desde el Ejecutivo hasta la más impoluta ONG está puesta en tela de juicio. Sin ir muy lejos, hasta hay duda en la transparencia del desenlace de un evento deportivo. La justicia no es justa, la salud no cura, la educación no educa, la seguridad no asegura.

Parecieran juegos de palabras, lástima que más allá de aquellas no haya nada de nada. Lo mismo que ha de haber en la oratoria de Cristina cuando se digne a develar que por “EL” –seguramente más que por el pueblo– será candidata a sucederse. Y sucedernos…

Y otra vez, el comienzo del mismo cuento. © www.economiaparatodos.com.ar

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