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EPT | September 25, 2021

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Jueves 16 de noviembre de 2006

Inflación y crecimiento

A pesar de que el Gobierno se empeña en afirmar que la inflación está controlada, el aumento de los precios podría llegar a afectar los índices de crecimiento de la economía.

El Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, estuvo el otro día en el Congreso dando el informe que le impone la Constitución y allí afirmó que el país “ha consolidado el crecimiento con una inflación dominada”.

La afirmación me llamó la atención porque, el día anterior, el “Comandante Nacional de Control2, Guillermo Moreno, había visto perturbada su tranquilidad cuando los aumentos en el sector turismo amenazaban con llevar los índices de precios a límites no compatibles con lo tolerable. Unas semanas atrás, fueron las empresas de medicina prepaga las que provocaron el escozor y las palabras tan poco académicas de Moreno. Y así todo el tiempo. Cuando no es esto, es aquello. Cuando no es lo de más acá, es lo de más allá. Todo el tiempo atrás de los acontecimientos viendo cómo una estructura aguantada con los dientes amenaza con desmoronarse.

Pregunto yo: ¿la inflación está dominada o reprimida? El índice de 8% de los primeros nueve meses del año, ¿es producto del cauce natural de los acontecimientos o la consecuencia del amontonamiento de ollas a presión a diestra y siniestra? ¿El Gobierno no se está creyendo un cuento de hadas?

Veamos algunos datos que confirmarían la versión “ilusionista” de la Administración. En su exposición, Fernández habló como si el índice argentino fuera bajo. ¿Lo es de verdad? Cuando uno mira el mapa económico mundial, salvo el caso africano, el de Venezuela y el de algún país perdido de características similares, ve que los índices de inflación anual no superan el dos, tres o cuatro por ciento. Una inflación que probablemente llegue al 10% en 2006 y que fue del 12% en 2005 no es baja, es alta. Si el Gobierno quiere vivir bajo la fantasía de creer que el índice es aceptable, está cayendo en un engaño autoproducido.

El otro elemento que surge de los dichos de Fernández es que el índice es cierto. Demás esta decir que, además de no ser bajo aun cuando fuera real, el índice no es verdadero. Cualquier ama de casa puede dar cuenta de ello. No estoy diciendo que el INDEC sea una institución fraudulenta, pero la conformación del índice no refleja el promedio del grueso de las compras que para vivir realiza una familia tipo de la clase media argentina. Además, el organismo toma –por supuesto– los precios indicados en los “acuerdos” para aquellos productos que figuren en los listados. Y esos precios son ficticios a la hora de buscar un nivel de realidad razonable de la economía. Esto es así porque, para entrar en los acuerdos, los productos deben reunir características que hacen que, en los hechos, las personas no los compren o los compren menos. Por ejemplo, el nivel de precio de yogures que integra el índice (que luego publica el INDEC) se basa en los yogures participantes de los acuerdos de precios. Pero esos yogures sólo son los de “vainilla” y no los de otros gustos. Más allá de lo ligeramente ridículo que resulta un gobierno elaborando listados como si fueran Chichita De Erquiaga dando una receta de cocina, está claro que para la familia que elige el yogur de “frutilla” el índice ya no es válido. Se trata de un ejemplo tonto, pero útil para entender la insinceridad del índice.

En tercer lugar, es obvio que el superministro reivindica la eficiencia del método para tener la inflación “dominada”, según él mismo dice. ¿Es eficiente el método?

Tener a un policía de aquí para allá, a los gritos pelados e insultando a todo el mundo para que los precios no aumenten no parece ser la forma que la ciencia económica moderna sugiere para encarar una situación potencialmente inflacionaria. Además, la idea de que el policía se concentre en un conjunto de artículos se demuestra en sí misma inútil porque a poco que logra una supuesta calma en un determinado conjunto de precios, los problemas le estallan por otro lado. Y cuando apaga ese fuego, se le prende otro más allá, y así constantemente. La única manera de reivindicar un control de precios es que éste abarque todos los productos que genera la actividad económica, desde las tachuelas hasta los autos y desde los tractores hasta las composturas de las medias suelas. Y esto no es humanamente posible. Ni siquiera la constitución de un estado policial regido por el terror como intentaron ser los regímenes que operaban detrás de la cortina de hierro lograron ese resultado.

La escasez y el desabastecimiento se apoderan de la economía y lo único que queda para ofrecer son colas interminables y racionamiento.

Sería mucho más razonable que el Gobierno, que dispone de unas condiciones internacionales probablemente irrepetibles para la conveniencia argentina, aplique a las presiones inflacionarias que se suman por todas partes criterios de racionalidad y de sentido común económico para resolverlas. La competencia, la apertura, la desregulación, la integración de la Argentina con otros mercados y asegurar aquellas condiciones que atraigan inversiones que mejoren el nivel de oferta son los campos en donde la administración del presidente Kirchner debería concentrase. Apostar a un gigantesco operativo contra-natura de control que apela al temor, la amenaza, el atropello y la sinrazón de funcionarios corriendo detrás de los incendios no hará fluir las naturalidades del comportamiento humano hacia condiciones que aseguren la estabilidad de los precios.

Y será mejor que lo adviertan pronto, antes de que el Jefe de Gabinete deba informar al Congreso que los niveles insostenibles de inflación han boicoteado los índices de crecimiento. © www.economiaparatodos.com.ar


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