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Lunes 29 de agosto de 2011

Jobs, el hombre que cambió la tecnología desde su garaje

El miércoles Steve Jobs anunció su retiro como CEO de Apple, la empresa que fundó, de la que fue despedido diez años después, y a la que regresó triunfal para darle a los consumidores productos que provocan conmoción en cada lanzamiento.

(Artículo publicado en Ámbito.com) Aquejada su salud desde 2004, Jobs había pedido licencia en enero; pocos esperaban que regresara. Su esperable sucesor, Tim Cook, no podría ser más distinto: es un hombre de los números, del «lápiz rojo», del recorte de gastos y el cierre de las fábricas que tenía Apple en el mundo para tercerizar la producción y optimizar los márgenes. La gran duda que se abre ahora es si Apple, sin el genio creativo de Jobs, podrá mantener su ventaja sobre sus competidores. El mercado ayer pareció creer que sí: las acciones de Apple sólo cayeron un 1%, recuperando casi toda la baja que se había producido tras el anuncio del retiro de Jobs. En su discurso de despedida dijo «Los mejores días de Apple están por venir, y espero poder verlos». El deseo es compartido por cientos de millones de personas en todo el mundo. El Leonardo da Vinci del siglo XXI. La definición, como muchas otras geniales ocurrencias, es anónima pero describe con justicia el genio de Steve Jobs, que el miércoles anunció que se retiraba definitivamente de su puesto de CEO en Apple, la empresa que fundó, hizo grande, debió abandonar despedido por los directores que él había contratado y a la que regresó, triunfal, luego de aplicar su creatividad en campos tan diversos como la invención de las películas animadas por computadora en sus estudios Pixar hasta las PC NeXT, una de las cuales fue usada por Tim Berners-Lee para desarrollar desde ese aparato nada menos que la World Wide Web.

A Jobs se le debe el puntapié inicial para que hoy casi tres cuartas partes de los hogares del mundo tengan al menos una computadora, algo impensable hace tres décadas. También que sea posible transportar en un aparto más pequeño que una caja de fósforos un catálogo de canciones que hasta hace no muchos años habrían ocupado un container. O que un teléfono haya dejado de ser un elemento para comunicarse (incluso por texto o por chateo) para convertirse en un mapa global, un reproductor de películas, un estudio de televisión portátil, una filmadora, un equipo de música.

Es difícil mantener la perspectiva frente al genio; seguramente los contemporáneos de Leonardo no pudieron valorar en toda su dimensión la creatividad y la visión de este adelantado: las dificultades (la falta de acceso a la cultura de la mayoría de la población de Europa en esa época; la carencia absoluta de medios de comunicación masivos) lo impidieron.

En el caso de Jobs, lo que conspira para dimensionar su grandeza es justamente lo contrario: todos damos por sentado que las películas animadas se hagan en computadoras y no por «animadoras».

El joven que había abandonado sus estudios universitarios tras apenas un semestre en la Reed University, a los veinte años tenía todos los boletos comprados para el fracaso

Sus padres biológicos, Abdulfattah John Jandali (musulmán de origen sirio) y Joanne Carole Schieble (católica suizo-germana) tuvieron a Steven Paul mientras estudiaban en la universidad, y lo dieron en adopción. Como cuenta el mismo Jobs en su ya famosísimo discurso frente a los graduados de Stanford University de 2005 en San Francisco, la pareja elegida por Jadali-Scheible para adoptar al pequeño Steve se echaron atrás la noche de su nacimiento, el 24 de febrero de 1955 (querían una nena, no un varón), y en su lugar el chico fue a parar al hogar de Paul y Clara Hagopian-Jobs, una pareja de clase trabajadora que logró que sus padres biológicos se lo entregaran sólo cuando prometieron que algún día Steve estudiaría en una universidad.

Todo parecía apuntar en esa dirección: el joven Steve hizo su secundaria con excelentes notas, y consiguió un trabajo de verano en el campus de Hewlett-Packard en Palo Alto, cerca de su casa. Allí conoció a Steve Wozniak, con quien -después de abandonar la facultad y regresar a San Francisco- fundó Apple.

Eran ellos dos, cero capital, el garaje de los padres de su tocayo y un millón de ideas bullendo en la cabeza de este genio. Antes, con plata que había juntado trabajando para Atari -la mayor fabricante de esa época de juegos para computadora-, se fue a la India a hacer un retiro espiritual con Daniel Kottke, a quien había conocido en su breve paso por la universidad. Kottke se convertiría tiempo después en el primer empleado que tuvo Apple. El «viaje» de Jobs no fue sólo físico: experimentó con LSD, se afeitó la cabeza y se convirtió al budismo.

Después de dejar Atari, Jobs convenció a Wozniak, que le llevaba cinco años, de ensamblar una computadora y venderla. El resto es historia.

Con el éxito llegaron los problemas, seguramente motivados muchos de ellos por la extrema juventud de los fundadores de la empresa. Ellos buscaron experiencia en otras empresas, a medida que crecían como compañía; así fue que llegaría John Sculley, un ejecutivo de PepsiCo.

Fue, sin dudas, un error de juicio enorme: la diferencia de culturas corporativas entre los jóvenes «nerds» de Palo Alto y el maduro vendedor de refrescos culminó con el despido de Jobs, tras un duro enfrentamiento por la dirección que debía seguir Apple. La partida de Jobs se produjo poco después de que en enero de 1984 -flanqueado por Scully y Wozniak- presentara su PC Macintosh.

Este invento -en el que Jobs y su gente venían trabajando desde hacía años- fue la primera computadora personal que tuvo éxito comercial y aceptación masiva. Sin embargo, a fines de ese mismo año la industria entró en un período de recesión, lo que agudizó las tensiones entre el joven Jobs y el maduro y conservador Sculley. El fundador -pese a su carácter despótico y cambiante respecto de sus empleados- insistía en darles beneficios que para la época eran poco menos que excéntricos pero que luego serían adoptados por las empresas de tecnología más conservadoras, incluyendo IBM, tales como gimnasio en el lugar de trabajo, zonas de «relax» donde se podía jugar a las «maquinitas», horarios flexibles y adaptables a la necesidad del trabajador, etc.

Sculley iba en la dirección opuesta: en mayo de 1985 despidió a buena parte del personal, entre ellos al propio Jobs, con el voto afirmativo de un gran porcentaje del directorio.

Jobs atravesó un breve período de depresión, pero se abocó a su nuevo proyecto: la fabricante de computadoras NeXT (cabe recordar que XT eran las iniciales que designaban a las PC más potentes, para diferenciarlas de las AT, con menos capacidad y memoria).

La NeXT fue usada por Tim Berners-Lee para lanzar la World Wide Web; su gran desventaja era su precio, prohibitivo para la mayoría de los hogares, lo que hizo que sólo pudiera ser adquirida por empresas, universidades y -en general- compradores corporativos.

Su ausencia duraría una década: en 1996, Apple le compró NeXT por u$s 430 millones, pero Jobs se aseguró el regreso a su primer amor. En julio de ese año logró el despido del CEO Gil Amelio (Sculley ya era historia) y recuperó su puesto.

Por la misma época George Lucas, el creador de «La Guerra de las Galaxias», decidió desprenderse de una empresa con potencial pero para la que no tenía tiempo: se llamaba The Graphics Group y sus técnicos jugaban con la idea de reemplazar a los dibujantes que hacían películas animadas por computadoras. A Jobs le gustó la idea, le pagó u$s 10 millones a Lucasfilms y la rebautizó: Pixar.

Las cosas no marcharon bien desde el principio, sobre todo porque Jobs redirigió la empresa al diseño de computadoras (marca Pixar) con gráficos de alta definición. No se las vendían a nadie. Su visión le hizo dar un golpe de timón: se asoció a Disney y con el estudio que inventó los largometrajes animados produjo la primera película totalmente animada por computación: «Toy Story», estrenada con un éxito arrollador de crítica y de público. A la saga de Woody y Buzz Lightyear seguirían «Toy Story 2», «Buscando a Nemo» (2003), «Cars», «Ratatouille», «Wall-E» y «Toy Story 3», entre otras. En 2005 Disney le compró Pixar -la empresa por la que había pagado u$s 10 millones veinte años atrás- por u$s 7.500 millones. Además, se quedó con un 7% de las acciones de Disney, lo que lo convirtió en el principal accionista de la empresa.

El resto es historia reciente y conocida: su cáncer de páncreas (rara variedad, que a diferencia de la patología más común que es mortal a corto plazo, es tratable) revelada en 2005, su trasplante de hígado en 2007, sus numerosas licencias por enfermedad, el lanzamiento de productos que «todo el mundo quiere» y también de varios fracasos que el mercado rechazó de plano (ver Contratapa), los vaivenes del valor de las acciones de Apple al ritmo de su enfermedad y hasta de su aspecto físico en sus contadas apariciones públicas del último lustro.

En casi 30 años acumuló una fortuna personal estimada en cerca de u$s 6.000 millones, lo que lo pone lejos de los primeros puestos en el ranking de los hombres más ricos del mundo. Sin embargo, hace un par de semanas, tuvo la satisfacción de ver cómo su creación, una «fábrica de ideas», sobrepasaba en valor bursátil a Exxon, la mayor petrolera del planeta.

En su carta de despedida Jobs asegura que «los mejores días de Apple están por venir», y acto seguido pide «poder verlos». Cientos de millones de personas en todo el planeta comparten ese deseo. © www.economiaparatodos.com.ar


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