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Jueves 11 de septiembre de 2008

La era de las “amazonas”

El avance de las mujeres en la política inauguró un nuevo estilo de gobernar, ligado a la seducción y la sensibilidad en muchos casos pero, en otros, vinculado con la crispación y la intimidación.

A estar a lo que sugiere la leyenda, las llamadas “amazonas” eran guerreras feroces que alguna vez poblaron una región emplazada en la costa del Mar Negro que ahora forma parte de la Federación Rusa. Eran -aparentemente- todo lo contrario al hoy llamado “sexo débil”. Transmitían respeto, cuando no pavura, directamente.

Ellas atemorizaron, por siglos, tanto a griegos como a romanos por igual, a veces haciéndolos huir, despavoridos, ante la mera posibilidad de enfrentar su presencia. Se las tenía por excelentes guerreras ecuestres, tan hábiles para la lucha como incansables en el esfuerzo.

No eran -sin embargo- invencibles. Algunas de sus reinas, como Hipólita o Penthesilea, cayeron -siempre según la leyenda- en el fragor del combate contra enemigos descriptos benévolamente como “numéricamente superiores”. Pero las “amazonas”, según el mito, no se entregaban ni rendían, nunca. Luchaban hasta el final.

Muchas de ellas llamativamente bonitas, eran absolutamente brutales en la acción. Sin escrúpulos, estaban entrenadas para la violencia, con niveles de preparación considerados superlativos para la época.

Con alguna frecuencia vencían a los soldados varones profesionales que se animaban a enfrentarlas. Los vencidos no podían esperar misericordia, ni piedad alguna. De allí su fama de mujeres duras, implacables, y hasta sanguinarias, que aterrorizó a generaciones y se extendió por el Mediterráneo.

Vivían, se dice, en sociedades organizadas matriarcalmente, las que conformaban cuidadosamente, solo con mujeres. Por lo general, se dedicaban prioritariamente a la guerra, incluyendo la actividad de la conquista. Circulaban en tropeles, armadas con arcos y flechas, lanzas, espadas, y otras armas propias de la época, ataviándose con armaduras de distinto tipo. Como para que nadie pudiera equivocarse acerca de lo que efectivamente eran: guerreras, antes que nada.

El alcance y significado concreto del nombre “amazonas” ha sido objeto de diferentes interpretaciones. Para algunos, ese nombre proviene de sumar dos palabras “a” y “mazos”, que quieren decir “sin un pecho”. Hay, en esta línea, quien sostiene que las “amazonas” se cortaban el pecho derecho, para así poder usar con mayor precisión el arco y la flecha. Otros sostienen, en cambio, que ellas solo tenían, en rigor, pechos más bien pequeños, fruto de la permanente gimnasia a la que estaban acostumbradas, desde muy jóvenes.

En una interpretación distinta, hay quién se refiere, en cambio, a la palabra armenia “amazon”, que querría decir “mujer-luna”, una de las principales diosas a las que las “amazonas” efectivamente rendían pleitesía.

Hay, asimismo, autores que recurren a recordar la palabra persa “ha-moz-an”, que se traduciría directamente como: “guerrera”.

Finalmente, hay también quienes se remontan a la palabra libia “amazig”, con la que los libios se definían a sí mismos, la que se traduce por “noble” o “persona libre”. En la antigüedad, recordemos, la costa norte del Continente Negro respondía -toda- a la denominación genérica de Libia, área que, según cuenta la historiadora Teena Apeles, habría sido uno de los primeros objetivos de conquista de las peligrosas “amazonas” del Mar Negro.

Todavía hoy, el peculiar Mouamar Kadhafi, el presuntamente “converso” líder libio, que se dio el lujo de acampar literalmente en los bosques de Paris, desde donde condenó expresamente al terrorismo de al-Qaeda, está siempre custodiado por una curiosa guardia personal femenina, compuesta de mujeres uniformadas, tan esbeltas como bonitas, aunque con una mirada común: la de “pocos amigos”. Ellas son quienes mejor encarnan hoy la vieja leyenda de las “amazonas libias”.

La aureola de las “amazonas” se reproduce curiosamente en distintos rincones del globo. Con ribetes y curiosidades locales, de todo tipo.

En la jungla del Brasil hay, por ejemplo, quienes hablan de las “amurianas” (en el leguaje indígena local, las llamadas “coniupuyaras”, o “mujeres grandes”) a las que se tenía por guerreras incansables, de físicos inusualmente altos. En la “Puna” peruana, donde el matriarcado tiene antiguas raíces, hay mitos similares. En China, lo mismo. En las Filipinas se alude a las “kinalakianas”, de físicos casi masculinos. En la India se las evoca como a las “rhackshasis”. Y en África se las menciona en las leyendas que tiene que ver con la vieja Dahomey, hoy parte de Benin.

Curiosamente, hoy hay en el peculiar mundo de la política quienes las tienen por arquetipo. Lo que, quizás, no es demasiado sano, porque deja de lado la cuota inmensa “poder blando” (definida por Joseph S. Nye, en su conocida obra: “Soft Power”) que normalmente tiene la mujer. La que deriva de la amabilidad; de la seducción que generan la belleza, la dulzura, la sensibilidad, o hasta los instintos maternales; en otras palabras, de la poderosa atracción que se origina en ser simplemente mujer. Sin arrogancia. Sin suficiencia. Sin crispaciones. Sin disfraces. Sin caretas. Sin intimidaciones. Sin engaños. Prácticas o actitudes todas que son innecesarias y que, además, terminan alejando irremediablemente a la gente de sus líderes, cualquiera sea su sexo.

En nuestro medio, Cristina Kirchner a veces -simulando crispación- juega a la amazona. No le sale bien. Michelle Bachelet, jamás. Es otra cosa. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).