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EPT | June 26, 2022

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Jueves 11 de febrero de 2010

La hora de los jueces II

El gobierno recurrió a la Corte Suprema para el tribunal defina si las reservas del Banco Central pueden usarse como si fueran un monedero de repuesto.

Los apoyos que está recibiendo Mercedes Marcó del Pont para que sea confirmada como nueva presidente del BCRA eximen de mayores comentarios respecto de lo que puede esperarse de ella y de lo que los argentinos pueden esperar de los papelitos de colores en los que se convertirán sus billetes.

 

La rutilante declaración de la CTA en boca del nuevo filósofo de las masas, Hugo Yasky: “la designación rompe con la tradición de nombrar a tecnócratas salidos de las incubadoras del neoliberalismo"; que se une a la emitida por el nuevo faro de la libertad, Ariel Basteiro: “se pone al frente del organismo a una funcionaria con perfil productivo que marca el fin de la lógica neoliberal” y que, como no podía ser de otra manera, se refuerza con la inefable acotación del nuevo ícono del intelectualismo sin intelectualidad, Fernando “Pino” Solanas: “es una de las mejores figuras que puede sacar este gobierno […] (para él) desarrollo de nuestras industrias básicas”, son, todas ellas, definiciones de por sí clarísimas del modelo que se persigue y de lo que se tiene en mente, como se ve, no solo por parte del gobierno, sino también por parte de los que supuestamente tendrían que controlarlo y equilibrarlo en beneficio de la libertad individual.

 

Y son precisamente están dos palabritas mágicas -“libertad individual”- las que están en la base de este “rollo” que tiene la Argentina con las instituciones. Claramente, la CTA, Basteiro, Solanas y todos los que opinan como ellos, empezando claro está, por el propio gobierno, no tienen la más remota idea de que todo el desarrollo jurídico del constitucionalismo institucional que sirvió de base a la formación de los países que hoy figuran a la vanguardia del mundo y a los que los Padres Fundadores de la Argentina quisieron que el país se pareciera, fue justamente ideado para limitar  el poder y no para endiosarlo y ponerlo por encima de las personas. Tampoco para “facilitarle” las cosas ni, mucho menos, para que se apropie de la riqueza ahorrada por el trabajo privado.

 

La Constitución no es un bando según el cual el señor feudal reconoce algunos derechos a sus vasallos. No señor. La Constitución es un molde férreo que la sociedad le pone al poder (y digámoslo concretamente, al “gobierno”) para que lo que resulte siempre más importante y fundamental en la vida de los países sea la libertad personal, no las conveniencias del gobierno  o del poder.
De modo que si la CTA, Basteiro, Solanas y todos los que se sienten identificados con ese tipo de pensamiento, están del lado del poder y no del lado de la libertad individual de las personas, sería mejor que lo digan. Y que lo digan claro.

 

Que dejen de hacer demagogia diciendo que sus ideas y sus métodos benefician al pueblo (por el que ellos, entendido “el pueblo” como conjunto de seres humanos individuales y diferentes entre sí, sienten un profundo desprecio, porque lo que en realidad persiguen es el vociferoso apoyo de la masa, que está muy lejos, obviamente, de ser el “pueblo”), porque sus ideas benefician a un conjunto de privilegiados (entre los cuales, obviamente desearían contarse) que usufructúa y vive de la riqueza generada por otros.

 

La famosa independencia del Banco Central, como institución, no es otra cosa que una garantía que el liberalismo concibió para que la gente pueda conservar el valor de la moneda que tiene en el bolsillo. Y eso, para quien más vale, obviamente, es para la gente de ingreso fijo, para la gente menos favorecida,  para los jubilados, para la gente más pobre.

 

Terminando con esa garantía y entregándole el dinero producido por la inventiva y el trabajo individual de millones de argentinos que lo generan con su actividad privada (no como parásitos del Estado) a una casta que se lo va a repartir de acuerdo a sus intereses y a sus pactos corporativistas, propios del fascismo, la libertad individual, empezando por la que se consigue teniendo una moneda que valga en el bolsillo, será otra vez avasallada. No hay aquí “neoliberalismo” Yasky. Ese es un invento que los que viven de los demás como usted, propagan para hacerle creer a la gente que si fueran libres de verdad (libres de usted, por empezar) su vida sería invivible.

 

Mientras los argentinos no valoremos nuestra libertad y no entendamos que los importantes somos nosotros y no el poder, no el Estado, no los parásitos paraestatales, los versos de estos impresentables seguramente prenderán en los oídos de una mayoría que no valora el hecho de ser libre y de elegir qué ser en la vida y qué hacer con la vida de cada uno, con todos los riesgos y las responsabilidades que ello implica.

 

Es posible que el renunciamiento a ese desafío sea el que explique porque hay tantos Yaskys, Basteiros y Solanas en el país. Esta gente con el cuento de defender a los pobres se apropia de los recursos que generan otros, los verdaderos motores que aún quedan funcionando en la economía, para vivir como reyes mientras la gente se desespera en la miseria.

 

El crecimiento apabullante del poder del Estado en la Argentina es el reverso de la medalla de una renuncia indigna de los argentinos a la valoración de su libertad individual. Hemos caído en el peor de los fosos: en el que se cava con la creencia de que es posible vivir y obtener lo que se necesita para vivir a cambio de nada, gratis, por obra y gracia de la acción del gobierno que le sacará lo que tienen a los “privilegiados” para dárnoslo a nosotros, que estamos en la vereda desafortunada de la vida.

 

Esta proclividad a la pusilánime victimización ha hecho que nos rindamos ante la voracidad del crecimiento del poder, a quien le hemos entregado nuestra vida y nuestra libertad a cambio de creer que nos va a dar de comer en la boca.

 

El gobierno recurrirá a la Corte Suprema para que defina si las reservas pueden usarse como si fueran un monedero de repuesto. Hace unas semanas, antes de fin de año, decíamos en estas columnas que había llegado la hora de los jueces. Muy bien, señores jueces de la Corte, les ha llegado la oportunidad de su vida: la oportunidad de decirle al Poder que nació para ser limitado y de decirle a la gente que nació para ser libre y para usar esa libertad, garantizada por las instituciones del país, como mejor le plazca para alcanzar la felicidad, según la definición que cada uno le dé a ella.

 

Tengan la valentía, pues, que no han tenido otras veces en las que el país los puso frente a la oportunidad de enviar una señal clara respecto de qué tipo de nación es ésta.

 

Tengan la valentía de decirle al gobierno que no es dueño del producido del trabajo argentino; tengan la valentía de poner las cosas en su lugar; tengan la valentía de recuperar su lugar como los defensores de los derechos civiles.

 

Y, también, tengan la valentía de decirnos a los argentinos “dejen los miedos, archiven la cobarde sensación de sentirse víctimas y abracen la libertad que les da la Constitución para forjar el destino de sus vidas sin tutores que se los enseñen”.