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miércoles 12 de noviembre de 2014

La moral abandonada

La moral abandonada

Jamás debe temerse hablar de moral, a pesar de que la palabra ha desaparecido virtualmente de nuestro vocabulario de todos los días. La moral cívica COMIENZA POR LA MORAL A SECAS. El bien y el mal, el respeto por el otro, son valores que deberían cultivarse como tales SIN NINGUNA RESERVA.

Si queremos recobrar el mundo perdido, debemos volver a la ética predicada por Aristóteles y Spinoza.

La ética, la moral, la ciencia de las virtudes, constituyen hoy un mundo olvidado, como se olvidan con el tiempo los cimientos enterrados de una construcción que, a pesar de permanecer invisibles al ojo humano, están siempre allí como pilares esenciales de la estructura final.

Estamos saturados de información como nunca y este exceso de “novedades” ha terminado por desestabilizar nuestra mente, alejándonos poco a poco del discernimiento que nos permita distinguir con claridad qué está bien y qué está mal; es decir, el arte de vivir después de haber sintetizado con objetividad dicha información.

La antigua pasión por el valor de las abstracciones está en peligro. Ello significa que hemos perdido los vínculos que antes unían nuestro espíritu a las cosas: el hombre a la naturaleza, el ciudadano a la patria, LOS EJERCICIOS DE LA MENTE HACIA UNA EXISTENCIA ORDENADA.

Cuando la política propone soluciones colectivas que terminan agotándose en la “conveniencia” y el “pasatismo”, se recrea automáticamente el “vacío” de la moral. Un vacío que, en nuestro caso, se ha alimentado por el diapasón de las mentiras y la hipocresía del kirchnerismo, en un final de época que nos ha sumergido en lo que Pascal denominaba “LAS SOLUCIONES DE DIVERSIÓN”.

Gracias a los medios, asistimos hoy día a una gran aceleración del saber en todos los ámbitos, y la realidad SE HA HECHO INSTANTÁNEA Y UNIVERSAL. Frente a esto, la clase política ha aprovechado para abandonar (¿por conveniencia?), el reconocimiento de cualquier progreso del orden moral, olvidando que somos algo más que animales y deberíamos de tal manera buscar siempre el bien, el deber, y la justicia, para obtener finalmente “el esplendor de la verdad de las virtudes recuperadas”, como decía Jean Guitton.

La lucha desesperada por aferrarse al poder, movió al actual gobierno a proponernos una elección entre la nada y el ser (ellos mismos), que, paradojalmente, lo ha puesto al pie de un abismo ante el que se mantiene paralizado, “emparchando” sus desaciertos temporalmente, sin atreverse a franquear todavía el umbral que precede a la suma del poder absoluto. Un estado de perturbación del orden democrático que lo alejaría aún más de las cuestiones éticas, que contribuiría a hacerlo “saltar por el aire”.

Vaya a saber si les alcanzará el tiempo útil para lograrlo. Parecería que no será posible.

¿Y nosotros? ¿Dónde estamos parados mientras tanto?

Pues en el desconocimiento de que el hombre se realiza en la medida en que sabe imponerse exigencias, porque la permisividad nunca ha hecho feliz a nadie. En ese sentido, la actitud complaciente de grandes sectores de la sociedad frente al divorcio entre el “ser” y el “deber ser” atestigua el fracaso de los intentos para resolver la crisis moral en la que nos hemos sumergido.

Para poder concretar el cambio al que apelamos en estas breves reflexiones, deberíamos “amigarnos” nuevamente. Porque la amistad es apacible por naturaleza y permite el nacimiento del respeto por los demás. Quien habla de amigos, habla de iguales: mismos derechos, mismos deberes; alude al desinterés que destierra cualquier “complicidad maliciosa” e incluye la justicia, la participación y la fidelidad.

Deberíamos recordar en fin, que la amistad al grado de virtud significa olvidarse de uno mismo, ser capaz de considerar al otro, sosteniéndolo con discreción y firmeza a todo evento.

Es todo lo contrario de lo que nos obligaron a vivir los Kirchner, auténticos predicadores del odio, la violencia y la inmoralidad.

carlosberro24@gmail.com