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Jueves 20 de febrero de 2014

La necesidad, esa hereje

La necesidad, esa hereje

Sin mencionar la palabra maldita que, de solo imaginarla en sus labios la paralizaría de espanto, Cristina Fernández ha entrado por la variante de hacer de la necesidad virtud. O, si se prefiere, ha confirmado la vieja regla conforme a la cual cuando el barco corre riesgo de hundirse, las olas baten sin misericordia proa y popa por igual, los marineros flaquean y el timón está a punto de partirse, cualquier remedio —por heterodoxo que luzca— es bienvenido. La señora no mencionará nunca la palabra ajuste —que a ella nos referimos— pero, a su manera, puso las barbas en remojo y reconoció, al menos tácitamente, que no se podía seguir el mismo camino que, primero su marido y luego ella, habían recorrido desde mayo del año 2003.

Esto la llevó a tomar otros rumbos con la particularidad de insistir, como si nada sucediese, en el discurso enarbolado desde el comienzo de su gestión y repetido, sin solución de continuidad, hasta hoy. La estrategia, pues, resulta sencilla de explicar aunque difícil de poner en marcha con posibilidades seguras de éxito. Consiste, en resumidas cuentas, en lo siguiente: cambiar, sólo en parte, la dirección de las velas al mismo tiempo de no tocarle un punto o una coma al relato oficialista.

No supone lo expresado antes que el kirchnerismo se haya decidido, luego de largos cabildeos y sin demasiada convicción ideológica, a abrazar una política ortodoxa de ajuste. Nada de eso, al menos en cuanto pudiera concernir con una reducción frontal del gasto público y poner freno, así, a su financiación con inflación. Lo que se ha propuesto es insuficiente y corre el riesgo de quedarse a mitad de camino. Sobre todo porque se intenta llevarlo a la práctica sin plan, o sea, a las apuradas y para salvar el momento.

Subir las tasas de interés, restringir hasta límites indecibles los permisos de importación, exigirle a los bancos que vendan sus posiciones en dólares y obrar una devaluación entre gallos y medianoche, trasparentan hasta dónde la presidente, asustada por la dimensión de la crisis, tuvo que tragarse sus dichos y lanzar una serie de medidas que, cuando todo le sonreía, había jurado no tomar nunca. Sin embargo, aquí esta.

¿Qué es lo que espera? Si se parte de un hecho que no admite dos interpretaciones y no resiste una lectura ideológica —el fin del ciclo en diciembre de 2015— es fácil imaginar el derrotero del gobierno. Tiene una única prioridad: arribar a buen puerto, esto es entregarle a quien resulte ganador en las próximas elecciones la banda y el bastón en tiempo y forma. Toda ilusión continuista se ha desvanecido. Toda elucubración mágica respecto de conservar el poder ha desaparecido. Ya nadie teje planes más allá de aquella fecha. Por lo tanto, si el objetivo es durar, no reviste importancia ganar elecciones o convencer de tal o cual propuesta al pueblo. Resulta menester, para el núcleo duro del kirchnerismo, evitar la salida en helicóptero antes de tiempo. Nada más y nada menos.

Si esta es la premisa mayor del razonamiento K, entonces que haya recesión luce como una solución. Sería suicida si hubiese un comicio que ganar, pero no lo hay. Que falten insumos podría resultar descabellado si alguien pensase que Julián Domínguez, Aníbal Fernández o Sergio Urribarri tuviesen chance de sentarse dentro de dos años en el sillón de Rivadavia. Pero ni ellos mismos lo creen. Conclusión: asistimos a un ajuste a medias, con base en unas variables que se modifican, mientras otras permanecen inalterables. ¿Funcionará? —Nadie lo sabe. Por de pronto Fábrega este cada día más contento con su pulseada para mantener, hasta abril o mayo, el dólar estable.

En lugar de despotricar contra los monopolios, los banqueros, los agiotistas, los comerciantes, la prensa y tantos otros enemigos, sin molestarse en tomar medidas económicas de fondo, el kirchnerismo ha dado en la modalidad de mantener los agravios indiscriminados y, en paralelo, tratar de mantenerse a flote a través de una táctica completamente heterodoxa: enfriar la economía y no tocar mayormente el gasto público.

Todo el arco opositor, que no se chupa el dedo, se da perfectamente cuenta de esto y también mueve sus fichas. Después de años de seguir un rumbo errático en algunas cosas y previsible en otras, tanto la Unión Cívica Radical, como Elisa Carrió y el PRO han obrado con una osadía inusitada. Hizo punta al respecto Lilita poniendo sobre el tapete la conveniencia de que Mauricio Macri fuese de la partida a la hora de dirimir supremacías en UNEN. Los radicales —que, en el pasado, hubiesen saltado como leche hervida y se hubiesen rasgado las vestiduras— no hicieron público un pronunciamiento partidario, lo cual es toda una definición al respecto. Más aún, en petit comité hay cada día más voces decididas a sentarse a discutir los lineamientos de un acuerdo que incluya al no–peronismo en su totalidad. Inclusive son muchos los radicales convencidos de que, sino fuese por la todavía cerrada oposición del socialismo, estarían dadas las condiciones para avanzar.

¿Ha acontecido un milagro? —En absoluto. Sucede, en cambio, que así como para la presidente la necesidad tiene cara de hereje, así también ha ganado tanto espacio entre radicales y macristas la idea de que si van separados a las elecciones próximas todo va a terminar en una interna peronista entre Massa y Scioli, que lo que antes parecía pecado hoy es digno de tenerse en cuenta.

Falta, por supuesto, mucho tiempo para que puedan ponerse a trabajar en serio y limar asperezas unos y otros, pero la cuestión ha sido planteada a cara descubierta y no ha sido rechazada de manera enfática por ninguno de los supuestos interesados. Si Binner y el socialismo se animan a caminar juntos con la UCR y el PRO, se habría dado un primer paso decisivo en aras de una experiencia que, salvando las distancias, no se repitió nunca en la Argentina después de la Unión Democrática, en 1946.

Los otros dos candidatos decisivos de cara a 2015 tampoco pierden el tiempo. Daniel Scioli trata de resolver a su manera, como puede, dentro de las limitaciones que le impone la gobernación y su dependencia financiera del Tesoro Nacional, lo que hemos denominado la cuadratura del círculo: tomar distancias del kirchnerismo siendo parte del mismo. El mandatario bonaerense cree que sus discursos conciliadores, sus viajes para presentarse en sociedad como un político racional y su relación con la gente lo mantendrán como presidenciable con posibilidades de triunfar aunque no le dé la espalda a Cristina Fernández. Imagina que el electorado interpreta que lo suyo no es servilismo ni seguidísimo ciego, sino responsabilidad institucional. Es cierto que las encuestas lo muestran todavía con una intención de votos importante. No lo es menos que Massa está ganando prácticamente en todos lados y no hay relevamiento conocido en donde el de Tigre no le saque una ventaja de —al menos— diez puntos.

Massa, a todo esto, teje sus redes por líneas interiores. No tiene apuro ninguno aunque la decisión de no participar en una interna peronista está tomada. En parte porque desconfía, con razón, de la transparencia de una iniciativa en donde el gobierno —aunque jure y perjure lo contrario— tendrá voz y votos y, en parte, porque precisamente su estrategia es no presentarse como candidato peronista.

Hay, como se ve, posiciones para todos los gustos. Hagan sus apuestas, señores. Hasta la próxima semana.

Fuente: Massot / Monteverde & Asoc.