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Jueves 23 de noviembre de 2006

Lo incomprensible

El festival de sinrazones que envuelve la discusión sobre la violencia en el fútbol nacional es una muestra más de que los argentinos siempre terminamos premiando a los violentos y a quienes buscan imponer sus deseos o ideas por la fuerza.

Para un país futbolero como la Argentina, extraer ejemplos de ese deporte para extrapolarlos a conclusiones sobre la idiosincrasia de la sociedad y sus reacciones espontáneas frente a los problemas cotidianos es un ejercicio recurrente. A veces, fascinante. A veces, patético.

Lo que ahora está ocurriendo con el fútbol y los puntos de vista que se escuchan como propuestas pretendidamente serias para solucionar la crisis por la que atraviesa el espectáculo de cada fin de semana entregan una postal gratuita sobre cómo pensamos los argentinos. Si de esos razonamientos extrajéramos una conclusión sobre cómo encaramos nuestros problemas, el resultado sería francamente decepcionante.

La ola de violencia e inseguridad en las canchas ha llegado a límites decididamente intolerables. Pero las ideas que se han desplegado para (supuestamente) contrarrestarla son aún más preocupantes que la ola de marginales que se ha propuesto arruinar una de las últimas fiestas que los argentinos disfrutaban sin diferencias de clase.

La primera genialidad que ha surgido de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) en relación a lo que debe hacerse frente a los partidos suspendidos por incidentes es lo que ellos llaman la “uniformidad de los antecedentes”. ¿Y qué diablos es la “uniformidad de los antecedentes”? Pues no otra cosa que tomar la misma decisión en todos los casos. Como –también incomprensiblemente– esa decisión ha sido que los partidos “deben terminarse”, acaban de dictaminar que deben completarse los 25 minutos que faltaban jugar cuando Horacio Elizondo tuvo que suspender el encuentro entre Independiente y Racing por los desmanes producidos por la barra brava de la Academia.

Veamos en qué consiste lo insólito de esta decisión y cómo sirve de ejemplo para demostrar que en la Argentina siempre termina decidiéndose en favor de los violentos y en contra del sentido común y del derecho, para enseñar cómo en el país obtiene lo que quiere el que tiene fuerza física y no aquel al que lo asiste la razón.

El partido de Independiente-Racing entraba en su etapa decisiva. El equipo local acababa de convertir su segundo gol y los jugadores de la Academia habían entrado en una franca desorientación. Luego de la anotación de Montenegro, Independiente había perdido dos posibilidades adicionales de aumentar el marcador. La barra brava de Racing olfateó el perfume de una nueva goleada de su clásico rival y decidió terminar el partido. Comenzaron a arrojar piedras hacia el codo de la tribuna que separa a los hinchas locales. La policía logró interponer una dotación de hombres entre los alambrados del codo y el avance de los barras. Entonces, las piedras empezaron a volar contra los escudos de la primera línea de policías. Quizás ayudados por dosis de alcohol y de droga, los barras no se amilanaron y comenzaron a arrinconar a los policías hasta que éstos decidieron utilizar balas de goma. En ese momento, el jefe del operativo le indicó al árbitro que debía parar el partido. A las balas de goma les siguieron gases lacrimógenos y ya todo se convirtió en un descontrol. Excepto una cosa: el objetivo perseguido por los barras. Eso siempre estuvo bajo su estricto control. Y consiguieron lo que querían: el partido que se perfilaba como otra goleada papelonezca se había parado.

¿Qué cabía decidir frente a estos hechos si la Argentina fuera un país gobernado por la ley y no por la violencia? Pues, obviamente (y como mínimo), dar por terminado el partido con el resultado que tenía en ese momento: Independiente 2, Racing 0. Esta decisión hubiera enviado una señal inequívoca de que en la Argentina los violentos no se salen con la suya. De que aquellos que emplean la fuerza bruta para obtener un objetivo –incluso en el caso de que éste fuera legítimo– no tienen posibilidades de ver concretadas sus aspiraciones. Y de que la violencia está fuera de toda discusión posible: si hay violencia, hay castigo; y si hay violentos, esos son los que van a perder.

Está claro que el objetivo de la barra brava de Racing no era otro que suspender el partido para especular con jugar el remanente de minutos en otro momento, bajo otras circunstancias, habiendo cortado el impulso ganador del rival y en condiciones mentales diferentes de las que imperaban en sus jugadores aquella tarde.

Muy bien, todo eso es lo que la AFA les entregó. Servido en bandeja, tal como ellos querían.

Es obvio que hasta un bebé podría deducir lo que va a ocurrir cuando la barra de cualquier equipo vea, de ahora en más, que sus colores están en peligro de ligarse una paliza futbolística histórica. Las autoridades del fútbol acaban de decirles que están con ellos. El mensaje es que en la Argentina el que ocupa un hospital, el que corta una calle, el que para un partido, el que intrusa un edificio cuenta con el respaldo de la autoridad. Todo se resume a tener y ejercer fuerza física.

Pero con lo disparatado que resulta el caso con sólo relatar los hechos, esto no ha sido lo peor.

Lo peor ha sido que no he escuchado ni leído un solo comentario en contra de este proceder. Parece que lo que se ha decidido cuenta con el beneplácito de la prensa y de la sociedad. Todos parecen encontrar coherencia en el principio de la “uniformidad de los antecedentes”: si un partido se continúa, todos deben continuarse.

Aquí, si es verdad que queremos terminar con la violencia, no sólo en el fútbol, sino en la sociedad, el único principio frente a un hecho de violencia debería regirse por esta pregunta: frente a las distintas opciones que tenemos para resolver esta situación, ¿cuál de las opciones favorece las intenciones de los violentos y cuál no?

Obviamente, toda decisión que esté en línea con los intereses de los violentos debe descartarse. Toda opción que implique que los violentos se salgan con la suya debe desecharse de plano. Al diablo con la “uniformidad de los antecedentes”. Lo que cuenta es la justicia y la paz, no las decisiones calcadas.

En el partido Gimnasia-Boca, en donde Gimnasia ganaba 1-0 y el matón de su presidente amenazó al árbitro, correspondía la continuidad porque a la pregunta “quién se beneficia si el partido no continúa” le seguía una respuesta que beneficiaba al matón, ya que Gimnasia estaba en ventaja y Muñoz hubiera sacado tajada de su violencia. Lo mismo en el partido Colón-Vélez, en donde un espectador local agredió a un juez de línea cuando Colón ganaba 2 a 1. Si el partido se daba por terminado, el equipo del violento (y por ende el violento) se hubiera llevado la ventaja.

Es increíble que estos palotes de la justicia más elemental no se adviertan en la Argentina. Y si no se advierten –siendo tan básicos– debe ser porque no los tenemos incorporados a nuestra cultura y a nuestra cadena de razonamiento.

Todo tiene su explicación. Y si el país se ha convertido en una jungla gobernada por el matonismo y la prepotencia, donde el derecho y la justicia están ausentes, el fútbol nos acaba de entregar una foto perfecta que lo explica todo. Así somos. Así operamos. Y así nos va. © www.economiaparatodos.com.ar


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