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jueves 13 de octubre de 2005

Más trampas

La devaluación argentina no sólo afectó al peso, sino también a nuestra imagen y nuestra palabra: después de tantas trampas, mentiras, estafas y engañifas ya nadie nos cree. No es para menos.

¿Será posible, alguna vez, que los argentinos podamos vivir sin hacer trampas? ¿Será posible que la trampa no sea una institución nacional? ¿Alguna vez recuperará la Argentina el valor de su palabra y la seriedad de sus conductas?

¡Qué difícil se hace responder afirmativamente estas preguntas! Es que los ejemplos más cotidianos y referidos a los más diversos aspectos de la vida de los argentinos están conectados con la mentira, la estafa, la trampa y la deshonestidad.

Casi sin poder creerlo, al promediar la semana anterior nos enteramos de que Mariano Puerta (además de otro Mariano, Hood) había dado un doping positivo en el abierto de Francia, el campeonato Abierto de Roland Garros. Puerta llegó a la final de ese torneo, que perdió frente al español Rafael Nadal. Fue, en su caso, de todos modos una especie de consagración. Proveniente del fondo oscuro de otra suspensión anterior por el mismo motivo, Puerta se había posicionado a sí mismo como el Ave Fénix: aquel que vuelve en base a un ciclópeo esfuerzo personal de la más profunda y larga noche del olvido y el ostracismo.

La afición lo vivió así, reconociéndole el tesón, la garra y el orgullo personal nunca perdidos. Pero ahora, unos meses más tarde, su caso cae en la generalidad de la mentira argentina, en la estafa a la buena fe, en la pretendida explicación, ya a esta altura intragable.

“Solo tomé un remedio”, fue su declaración, después de una primera negación. Como Alfredo Bernardi, el brillante cronista deportivo de La Nación dijo en su columna del día jueves 6, “nadie te cree, Argentina”. Y es cierto. Ya nadie nos cree. Hoy es un remedio, ayer una confabulación que “nos corta las piernas”, mañana la envidia del mundo que no quiere que los argentinos triunfen. ¡Ya basta de autoengaños! Aceptemos la realidad de nuestra impresentable deshonestidad, aceptemos la idea de que creemos que el mundo se rige por las mismas normas que nosotros hacemos imperar en nuestro propio suelo –las reglas del ventajismo, el atajo y el ardid- y reconozcamos, finalmente, que no es así, que en el resto del planeta también habrá deshonestos pero que nuestro grado de concentración supera la media universal por mucho.

Casi compartiendo los titulares con Puerta, otra estafa protagonizaba la tapa de los diarios: en la provincia de Buenos Aires (y no hay razones para pensar que en el resto del país no esté sucediendo lo mismo) los políticos reparten cheques y electrodomésticos para comprar votos. Mientras la candidata-senadora-esposa habla de la nueva política como instrumento de cambio, el único cambio que intenta, a través de la mano operativa de su cuñada, la hermana Alicia, es el de una heladera por una boleta con su nombre. Francamente patético.

El episodio sirve, también, para demostrar la funcionalidad que la pobreza tiene para los políticos. Obviamente si esa pobre gente, llevada de la mano de inmorales a perder su condición de sujetos de una democracia, no necesitara del regalo de un lavarropas porque con el producido de su trabajo pudiera comprarlo, esos inmorales deberían echar mano de argumentos más convincentes para conseguir su apoyo.

Por eso mantienen sumergido a gran parte del pueblo en la indigencia y, mediante otros engaños propios de la estafa argentina, les hacen creer que las ideas que los sacarían de la postración son, en realidad, las que los han depositado en ella. Es tan claro lo que ocurre, tan prístinos los contornos del plan, que cuesta ver cómo tan poca gente los advierte. Cuesta creer cómo manadas de mutantes son conducidos de la nariz hacia más engaños, más miseria y más dependencia. ¿Dónde han quedado aquellos vestigios de bravura de los que hablan nuestras canciones nacionales? ¿En que recóndito pliegue de la historia naufragó la tradicional valentía argentina? Seguramente esos valores han sido víctimas de la misma confusión que padece la sociedad en otros órdenes. De repente nos ha parecido más fácil mezclar la valentía con la prepotencia y el verdadero coraje con la bravuconada vacía.

Hemos entregado al mundo un concepto vergonzoso. Estafamos a jubilados de los cuatro puntos cardinales, rompimos los contratos con cuanta empresa confió en nosotros, dejamos de devolver aquello a lo que nos comprometimos con los que nos prestaron plata, insultamos a diestra y siniestra a todo aquel que ose sostener una idea o una opinión distinta de la nuestra, y, bajo el slogan de ser un “país serio”, nos encerramos en una órbita ofendida y propia mientras el resto del mundo continua su camino ascendente sin siquiera prestarnos atención.

¿Cuándo nos daremos cuenta de que los equivocados somos nosotros? ¿Cuándo admitiremos que el mundo no pierde su tiempo armando confabulaciones contra personajes que no tienen entidad como para que siquiera se piense en ellos? ¿Cuándo dejaremos de creernos importantes y empezaremos a trabajar de acuerdo a valores realmente serios, para ser verdaderamente importantes? ¿Cuándo dejaremos de esconder nuestra mediocridad detrás de la mentira y de la estafa? ¿Cuándo decidiremos trabajar en lugar de creer que lo que tienen los demás nos lo sacaron a nosotros? ¿Cuándo seremos un país mayoritariamente honrado?

Probablemente nunca. © www.economiaparatodos.com.ar




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