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EPT | May 17, 2022

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Jueves 22 de mayo de 2008

Mucho escepticismo, poca confianza

Aunque el levantamiento del paro agrario ayuda a retomar las negociaciones en un clima más propicio para el diálogo, no se vislumbra aún que la solución esté cerca.

La decisión de los productores agropecuarios, en el sentido de discontinuar la protesta y avenirse a negociar con el gobierno, es un acto de sensatez pero en modo alguno implica que el conflicto esté resuelto. Por lo pronto, es dudosa la buena fe con la que el kirchnerismo vaya a encarar esta nueva ronda de conversaciones. Por supuesto que los ruralistas procedieron acertadamente al abrirse al diálogo porque, de lo contrario, hubiesen quedado expuestos al cuestionamiento de poner obstáculos a la solución del problema. Hay una demanda generalizada del conjunto de la sociedad en el sentido de que se busque una solución negociada –lo cual es razonable- y nadie tiene derecho a cerrarle la puerta a la búsqueda de un acuerdo consensuado. El problema radica en que el kirchnerismo es poco creíble en este tipo de instancias. Entonces, si bien es acertado sentarse a conversar, sería imprudente “creer en los Reyes Magos” y esperar que el gobierno entre en razones por obra y gracia del Espíritu Santo.

Por este motivo es también razonable que, al mismo tiempo que participan de las negociaciones, los ruralistas mantengan el “estado de alerta y movilización” y sigan adelante con el acto previsto para el domingo en Rosario. Se trata de una estrategia “a dos puntas”. Los ruralistas están ampliamente dispuestos a dialogar pero, al mismo tiempo, están preparados para la eventualidad de que la intransigencia del kirchnerismo haga fracasar el diálogo.

El problema, desde el punto de vista de los dirigentes ruralistas, es que, al mismo tiempo que no pueden contradecir el clamor general de que se presten al diálogo (porque su imagen ante el conjunto de la sociedad se deterioraría si actúan de ese modo), en su fuero íntimo sienten una profunda desconfianza respecto de cuáles puedan ser las intenciones del gobierno. Esta doble presión es la que los lleva a desarrollar una estrategia ambivalente. Los productores agropecuarios tienen que estar preparados para manejar cualquiera de las dos alternativas que se presente, ya sea que las negociaciones sean exitosas (es decir, que el gobierno anule las retenciones móviles) como que fracasen porque el kirchnerismo amaga anular las retenciones móviles pero no satisface el reclamo de los ruralistas. Por supuesto que lo ideal sería que se alcance un acuerdo plenamente satisfactorio por medio del diálogo pero esa es una hipótesis tan incierta que no se puede dejar de estar preparado para la eventualidad de que las negociaciones fracasen como han venido naufragando hasta ahora.

La aceptación, por parte de la dirigencia agraria, de la propuesta de retomar el diálogo con el gobierno, sitúa ahora la responsabilidad en el campo del kirchnerismo. Si nuevamente el oficialismo intenta alcanzar un acuerdo sin ceder en nada, su intransigencia quedará más en evidencia que nunca y el costo político de este conflicto –que ya ha sido alto para el gobierno porque su imagen se ha venido desgastando mucho- será muy elevado. Lo que no resulta claro es cómo un gobierno que hace de la intransigencia y la proclividad a la confrontación uno de los pilares esenciales de su gestión, podría prestarse a un acuerdo sin renunciar a su identidad política. Es cierto que Cristina Kirchner ha mostrado una imagen más conciliadora que la que es habitual en su marido pero siempre queda la sensación de que, en cualquier momento, Néstor Kirchner reaparece en escena y da por tierra con toda posibilidad de entendimiento negociado…

Las negociaciones que están comenzando a desarrollarse por estos días están inmersas, por ende, en un clima de escepticismo y desconfianza. Aunque a nadie le conviene “sacar los pies del plato”, lo cierto es que nadie cree demasiado en que esta etapa conduzca a la finalización del conflicto. Lo que pueda suceder después, si no se alcanza un acuerdo, es mucho más incierto y prefigura tiempos muy agitados. Los apoyos que los ruralistas cosecharon hasta ahora han sido bastante tímidos pero si, después de esta nueva instancia de diálogo, se pone nuevamente en evidencia una actitud intransigente de parte del gobierno, esos respaldos podrían tornarse mucho más enfáticos y generar efectos políticos de mucha relevancia.

Pero todo esto es pura conjetura. Lo concreto, por el momento es que la negociación ha sido reabierta mientras los productores se preparan para la posibilidad de que esa misma negociación fracase… El foco de atención, por lo tanto, está puesto en el resultado de las conversaciones que se están reiniciando por estos días. Es obvio que los ruralistas no pueden presentarse a esas negociaciones con un discurso amenazante, del tipo de “o hacen lo que nosotros pedimos o volvemos a las rutas”. Si actúan de ese modo, sólo lograrán ponerse a toda la opinión pública en contra, que es lo que más le conviene al gobierno. La mayor presión que los productores sufren no proviene del gobierno propiamente dicho sino del riesgo de que su reclamo quede descalificado ante el conjunto de la sociedad. Por eso, si bien deben prestarse al diálogo y no negarse a cualquier perspectiva de arreglo, deben estar preparados para la hipótesis de que las negociaciones fracasen. En el desenlace de estas conversaciones radica el principal interrogante que este conflicto plantea por estos días.

La estrategia que la dirigencia ruralista está siguiendo es, en definitiva, acertada porque representa una actitud firme y prudente a la vez. Frente a esta situación, el kirchnerismo no tiene otra alternativa que ceder o desgastarse, una opción que no resulta satisfactoria para una corriente política que ha hecho de la intransigencia un dogma. No se vislumbra de qué modo el kirchnerismo podría salir bien parado de esta situación. Quizá éste sea el principio del fin para un ciclo político que no está conduciendo el país por una senda conveniente. © www.economiaparatodos.com.ar


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