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lunes 16 de junio de 2008

¿Otra vez sopa?

Los fantasmas de diciembre de 2001 se agitan en las calles y en el recuerdo. De todos depende que, esta vez, la historia pueda transitar por otros carriles.

“… Aún puede escucharse a aquel energúmeno que,
cargando un electrodoméstico sobre sus hombros,
corría por la avenida principal de la ciudad
gritando a los demás: ‘¡El año que viene a la misma hora!’”
27 de diciembre de 2002

Parece que la política se va tomar un largo periodo de vacaciones en la Argentina, un lujo que no muchos se pueden dar. Parafraseando a la Presidente podríamos decir que la política debe haber tenido buena renta, razón por la cuál puede estar meses sin trabajar… Seguimos, pues, sin posibilidad de análisis concreto, a no ser que se analice aquello que ha reemplazado el quehacer político, es decir: el desgobierno.

Lo primero que un argentino medio debería hacer si acaso acepta el desafío que implica averiguar qué sucede en la Argentina, es asirse del diccionario y convertirlo en una suerte de manual de lectura imprescindible. De lo contrario, es inútil entender que pasa a no ser que haya un intérprete del absurdo que representa vivir en una confrontación sin límite, escuchando términos ya obsoletos en el mundo entero y también en la Argentina.

Todo comenzó hace casi 5 años con un extraño retroceso del país. El kirchnerismo asumió, y tras los festejos de la “graduación” por el paso de grado de una gobernación provincial a un Ejecutivo Nacional, comenzaron los preparativos de una conmemoración o una representación cuasi infantil del país de hace 30 ó 35 años. Los disfraces que usan y usaron para subir al escenario quizás no reflejaron el espíritu de aquella época signada por la tragedia y la violencia. Sin embargo, la escenografía, los nombres y el libreto ensayado se adaptaron con buena sinonimia a los de aquellos infortunados años.

Si acaso la idea era terminar con una asignatura pendiente, el resultado puede comprenderse con menos dificultad que si el objetivo fue o es gobernar. Podríamos decir que, el primer acto, dejó en evidencia cómo venía la mano, y cuales eran los verdaderos intereses de los protagonistas egresados. Posiblemente entonces, el error lo cometieron los espectadores que se quedaron perplejos o atrapados por la trama, inmóviles, sentados en las butacas observando inertes la sucesión de viejos sketchs, tratando de hallarle un hilo conductor a la historia que estaban contándoles con apenas algunos argumentos originales.

No faltaron aplausos. Tal vez, algún acierto o un histrionismo valedero lo merecieron. No puede negársele alguna habilidad, de otro modo, hoy, los argentinos, estaríamos presenciando otra obra, con elenco renovado y, sobre todo, con un guión cambiado. Pero el final de este folletín lo conocemos, si hasta me avergüenza confesar que yo misma lo plasmé en una nota similar publicada en un matutino porteño.

Transcurría el mes de diciembre de 2002 cuando en otro artículo narraba que no había excusa racional para explicar esa “sensación de ser parte de una época ya conocida, que no habrá de legar, por más ingenio que se aplique en buscarla, ninguna página de gloria a la historia nacional”.

Inmaduros crónicos a esta altura, no podemos – como en aquel entonces- dilucidar las causas por las cuales repetimos lo peor de una historia que ya hemos vivido y sufrido denodadamente. Recordaba entonces, y recuerdo ahora, la ventaja que tuvieran actores de la talla de Alan Alda y Ellen Burstyn capaces de disfrutar los mismos escenarios, viviendo en ellos las mismas cosas, “el año que viene a la misma hora”.

Mientras trazaba el paralelo con aquella ficción hollywoodense, los argentinos, estábamos conmemorando 365 días aproximadamente, de los fatídicos hechos que terminaron con un helicóptero levantando vuelo desde el techo de la Casa de Gobierno. Por mi parte, me niego rotundamente a creer que hoy estamos esperando, con la pasión de aquellos intérpretes cinematográficos, que ocurran los mismos hechos, primero y principal porque en nuestro caso distan de ser placenteros. Sin embargo, hay muchas similitudes en el libreto que están recitando en Balcarce 50 los protagonistas de este viejo cuento mientras todos, atónitos, intentamos alguna especie de respuesta que nos justifique, o al menos nos exculpe, por seguir pagando entrada para ver una obra gastada, encima desvirtuada, y lo más triste, que no sirvió para nada.

Cuando llenaba aquellas páginas similares a estas, se había esperado con ahínco el 25 de Mayo para festejar el re-encauzamiento de la Argentina. Fue en vano. Posteriormente se dijo que la gran epopeya que coronaría la concertación y el dialogo político (textuales palabras), se llevaría a cabo el 9 de Julio. El pueblo, sin emitir queja, esperó aquella fecha pero el anfitrión, un tal Eduardo Duhalde, faltó. Y el que depositó dólares no recibió dólares…

Hoy, esperamos el gran Acuerdo del Bicentenario. No parece muy diferente la intención ni mucha de la metodología es demasiado novedosa. Hay en demasía puntos de comparación entre aquel escenario del pasado y este de ahora, un tanto desprolijo, montado por un grupo de improvisados que responde órdenes de un “jefe”, a quién es obvio que se le teme. Todo es muy burdo y macabro.

El país está amenazado. Apenas hay una esperanza que asoma desde las butacas: esta vez no son masivos los aplausos, la queja es sonora y el pueblo ha comenzado a levantarse en medio del espectáculo. Lo coherente sería retener al público, sin necesidad siquiera de cambiar los actores, pero ofreciendo un nuevo libreto, un espectáculo más sano con una escenografía acorde a los tiempos que corren, y sobre todo asegurándole a la ciudadanía que, el año que viene a la misma hora, la Argentina será realmente otra.

Hoy por hoy, la pregunta más escuchada recuerda a aquel mítico personaje de Quino cuando decía: “¿Otra vez sopa?” (*). Quién sabe, tal vez sea mejor hacer valer los derechos cívicos atendiendo tan sólo la Constitución y, en pro del renacimiento de la Nación, soportar el vacío de las góndolas para que, al menos dentro de tres años, haya un nuevo menú con suficientes alternativas para llenar las urnas, y la sopa no sea el plato que debemos comer compulsivamente cada día. © www.economiaparatodos.com.ar

(*) Quino reveló en un reportaje que la sopa que odiaba Mafalda era una metáfora del autoritarismo, pero era representado de esa manera por miedo a la censura.

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