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Jueves 19 de abril de 2007

Por fin un ejemplo

La tendencia a poner en duda los valores de aquellos que alguna vez fueron considerados como faros ejemplares hizo que la sociedad argentina cayera en el descreimiento absoluto. Los modelos a imitar son hoy, como consecuencia, personas francamente discutibles.

El drama del rompehielos Almirante Irízar, a pleno fuego en medio de un mar embravecido, sirvió para entregar un ejemplo entre tanta liviandad de la Argentina.

Su capitán, Guillermo Tarapow, permaneció en el buque solo, siguiendo la ley del mar, según la cual el comandante se hunde con su barco. Durante cuarenta y ocho horas, rodeado de fuego y sin asistencia externa, con olas de cuatro metros, Tarapow arriesgó su vida para cumplir con su deber.

En medio de tanta vulgaridad, de tanto grito estúpido, de tanta alharaca vacía, encontrarnos con una entrega de esta magnitud reconforta.

El Irízar fue conducido a su destrucción por la inacción y la desidia. Existen ya investigaciones acerca de por qué no se liberaron los fondos para una elemental tarea de mantenimiento. Parecería que un plan diseñado para terminar con las instituciones armadas forma parte de este desguace ridículo.

Seguramente, la ministra de defensa Nilda Garré nos debe alguna explicación. Cuál es el motivo por el cual nos hemos empeñado en este camino, es un gran interrogante que no deja demasiadas opciones diferentes al odio y el resentimiento.

La idea de disparar contra los buenos ejemplos a imitar tampoco tiene demasiada explicación. Ojalá que, con la llegada a tierra de Tarapow, el Gobierno haga entrega de un reconocimiento público que pueda interpretarse por la sociedad como una reivindicación del bien. Hasta el momento en que esto se escribe no ha habido ningún comentario.

Esta línea se inscribe en un proceso más largo de deterioro buscado a propósito. Desde el Gobierno y desde una pseudo intelectualidad se intenta relativizar los valores de las personas que pueden servir de ejemplo para el país.

La tendencia a descuartizar a figuras emblemáticas, a poner en duda los valores de los que alguna vez fueron tenidos como faros ejemplares de la sociedad, ha sumido a ésta en un descreimiento absoluto. Víctima de esa orfandad, la ciudadanía ha elevado al pedestal de los ejemplos a personas francamente discutibles.

Quizás el caso más sintomático sea el de Diego Maradona, vuelto a internar en menos de 48 horas, víctima de su propia locura.

Por qué la Argentina no ha desarrollado un sistema de valores que le permita rescatar espontáneamente a los Tarapow y condenar los desquicios de Maradona es todo un enigma. Por qué hay un regodeo público con la adulación del mal y el ninguneo del bien no tiene explicación, aunque esas circunstancias sí explican el descenso formidable del país en el contexto de las naciones.

La falta de distinción clara entre lo que está bien y lo que está mal, estimulada desde lo más alto del poder, mantiene a los argentinos a la deriva, como sin brújula.

Los ejemplos a imitar en una sociedad pueden ser una de sus brújulas. Actuando como una luz admirada que reclama emulación, las personas que con sus conductas marcan un camino se convierten en guías espontáneos de la sociedad. Sin embargo, cuando esas personas no son reconocidas, cuando se las arrincona adrede para que el anonimato las oscurezca y desde allí no puedan influir con su buen ejemplo sobre los demás, se priva a la sociedad de las buenas referencias. Eso puede suceder como una desgracia, pero si ocurre como consecuencia de una finalidad buscada, algo muy malo está pasando.

La Argentina atraviesa por un período de revisionismo fútil que día a día la aleja de los mojones del buen camino.

Someter al relativismo total el valor de las clásicas tradiciones, de los valores universales de lo que está bien, en un intento por otorgarle igual valor a todo, como si todo diera lo mismo, corroerá las bases de la convivencia armónica y pacífica.

El Gobierno, una de las referencias que la sociedad observa, tiene la oportunidad de enviar una señal inconfundible de lo que debe imitarse y de lo que está bien. Así como un ministro opinó sobre las que, a su juicio, eran decisiones equivocadas en el tratamiento de Maradona, sería interesante que algún funcionario emita un comentario adulatorio sobre el proceder del capitán Tarapow. Una suma interminable de señales de ese tipo, quizás, esté a tiempo de sacarnos de tanta chabacanería y de tanta confusión. © www.economiaparatodos.com.ar


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