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lunes 11 de junio de 2007

Por otra derrota “victoriosa”…

La reciente elección porteña demostró, nuevamente, la tendencia a la cerrazón que impera en el Gobierno: manipulan la realidad para que aquellos datos que les son adversos parezcan favorables.

 

“Cualquiera que tiemble en este momento es culpable.”
Maximilien de Robespierre

En medio de la campaña proselitista con miras a la segunda vuelta electoral para definir lo definido hace apenas una semana atrás, aparece el debate ideológico. La estrategia del oficialismo, con el presidente a la cabeza, apunta a desentrañar quién es Mauricio Macri, como si electorado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no lo supiera.

Que el jefe de Estado subestime de esa manera al 46% de los ciudadanos del padrón que recientemente votaron por el líder del PRO debería dar vergüenza. Desde el Poder Ejecutivo hay una inclinación peligrosa a menospreciar las manifestaciones populares. Paradójicamente, un Gobierno que se define “populista” le da la espalda al pueblo. Más allá de lo que está sucediendo con el electorado capitalino, esta situación se vivió también cuando la gente se manifestó masivamente en Plaza de Mayo para reclamar seguridad. Desde la Casa de Gobierno se bastardeó la presencia de miles de porteños y, en contrapartida, se realizó una contra-marcha, que provocó antinomias en un país que necesita imperiosamente de unión y diálogo.

Pero ni la unión ni el diálogo son característicos de la gestión kirchnerista. Por el contrario, hace cuatro años que se cerraron las puertas para la comunión de ideas y que crece en forma preocupante la imposición de un pensamiento único digitado a través del Salón Blanco, de “revisionismos históricos” falseados, de censuras explícitas o implícitas y de condicionamientos económicos a los medios de comunicación. El otorgamiento arbitrario de pautas publicitarias oficia como estrategia en este aspecto.

En la reciente elección porteña, quedó nuevamente de manifiesto la tendencia a la cerrazón que impera en el Gobierno. Desde el Ejecutivo se optó por desconocer la aplastante victoria del PRO y alardear del “éxito” que el kirchnerismo logró al situar su candidato en el ballottage. Las derrotas “victoriosas” parecen ser los objetivos de máxima del gobierno central. La política proselitista oficial apunta nuevamente a una de ellas: superar el caudal conseguido en la primera vuelta electoral. El “exitismo” en Balcarce 50 hace sospechar que nos esperan días complicados, en los que ha de imperar una campaña poco diáfana y tendiente a generar pánico.

Las últimas declaraciones infundadas del presidente respecto al aumento impositivo o a la falta de recursos que tendrá un eventual gobierno macrista en la ciudad apuntan a sembrar miedo. El miedo es una herramienta característica del autoritarismo. Una conocida ley sociológica asegura que cuando una sociedad siente miedo, busca tener un brazo fuerte que la “salve” y está dispuesta a cambiar libertad por supuesta “seguridad”. Ésta es hoy la ley que busca imponer Néstor Kirchner. Lo hace al tratar de demonizar al titular del PRO por su origen empresario, relacionándolo con el menemismo –al cual, paradójicamente, tanto él como gran parte de su gabinete pertenecieron– y planteando escenarios invivibles si aquel accede a la Jefatura de Gobierno como todo indica que sucederá.

Los ejes de la campaña con miras al ballottage parecen estar centrados, pues, en la difamación y el miedo. Ahora bien, si acaso no se ha desatado aún una “campaña sucia” en forma descarada ha sido gracias a la difusión de que esto podía llegar a tener lugar. Es decir, hay en la gente un conocimiento cada vez mayor de quién es quién y cómo se mueve cada cual. No hace falta, pues, que el primer mandatario aclare que “Mauricio es Macri”. La ciudadanía sabe que Mauricio es Macri y que el ministro devenido candidato, Daniel Filmus, ha tenido actuación pública en la “década maldita” junto al ex intendente Carlos Grosso. En rigor, un 99% de los actuales kirchneristas han actuado fervorosamente en los noventa. Sin embargo, ni es pecado haber sido o ser empresario, ni lo es haber formado parte de la gestión de Carlos Menem, si no hay causas en la Justicia que digan lo contrario. De lo contrario, habría que decirle al presidente que, amén de enfrentarse al espejo, mire a sus costados… También debería advertírsele que quienes emitieron el voto el 3 de junio no son analfabetos y que en las boletas del PRO se dejaba ver claramente el nombre del candidato. No había seudónimo ni nombres tachados.

Dejemos de lado las sandeces si queremos evaluar realmente alternativas. Y observemos el primer dato positivo posterior a la manifestación ciudadana en las urnas durante los últimos comicios. Porque la antelación a través de la difusión de que una campaña sucia podía suscitarse para denostar a Macri permitió frenar de alguna manera una estrategia oficialista que estaba “en puerta”. Aquello de “hombre prevenido vale por dos” le cabe con creces a la sociedad, ya que conociendo a los protagonistas no sólo tiene armas para defenderse, sino que oficia como una suerte de contralor del poder y se ubica realmente en el rol de soberana que debe o debiera tener. Las advertencias de maniobras non sanctas han podido, hasta hoy, limitar la campaña a diatribas presidenciales aisladas. Cierto es que restan aún dos semanas intensas de actividad partidaria.

Lo grave es que el Gobierno, en su ceguera, no logra darse cuenta de su error: si, conocida la diferencia numérica entre el primero y el segundo, se hubiera dado marcha atrás al ballottage, la imagen del Ejecutivo, posiblemente, hubiese mejorado. La humildad es un don. La soberbia, un pecado. El afán de imponer un candidato y no asumir la derrota realzan la altivez del poder y hacen dudar de la reacción que pueda tener el domingo 24 cuando la derrota oficial no pueda ocultarse con victorias superfluas, aunque se nos venda como tal. Es probable que el delfín del presidente obtenga un porcentaje de votos mayor al logrado en primera vuelta. La mediocridad del oficialismo es tal que, ya sea sólo con un punto más, intentarán demostrar que no tienen techo electoral o que lograron conquistar más votantes en una ciudad históricamente antiperonista. Para Néstor Kirchner eso debe significar “triunfar”, de otro modo es un misterio imaginar cómo se ha de retirar del escenario porteño el oficialismo, impedido de asumir una realidad cuando es adversa a su deseo de expandirse sin contemplar los medios empleados para hacerlo y, lo que es incluso más grave, subestimando al pueblo. © www.economiaparatodos.com.ar

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