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Jueves 21 de agosto de 2008

Suecia: de la utopía a la sensatez

El país escandinavo es un ejemplo que deberíamos tomar en cuenta para comprender el poder destructivo del progresismo y la ilusión sobre un país y su futuro.

Desde Joan Manuel Serrat a Cristina F.de Kirchner, no hay progresista que se vanaglorie de serlo, que no deje de conmoverse cuando oye mencionar la palabra “utopía”. De inmediato sus neuronas le traen a la memoria el ejemplo inefable del paraíso edificado por la socialdemocracia sueca.

Quizás en este emotivo estremecimiento radique la raíz profunda de esas “convicciones” que reiteradamente manifiestan en sus discursos y que les lleva a impulsar lo que llaman “el proyecto”. Utopía-Convicciones-Proyecto-Paraíso sueco, parecen ser los mojones del pensamiento progresista siglo XXI, aun cuando para ciertos impresentables líderes latinoamericanos el paraíso es cubano y bolivariano.

Sin embargo, la realidad es obstinada e irreductible. La “utopía” siempre es un proyecto irrealizable. En ese sentido Suecia es un ejemplo que debemos tomar en cuenta. La utopía casi destruye a ese gran país escandinavo, pero finalmente la sensatez consiguió abrirse paso.

Desde 1932 a 1946, con el liderazgo de Per Albin Hansson, la socialdemocracia se propuso implantar el proyecto socialista del Estado benefactor. Quisieron actuar como una divina providencia aquí, en la tierra, cuidando de todos los ciudadanos en todas sus necesidades. El paraíso comenzó con lo que los suecos llamaban folkhemmet, es decir “el Estado es el hogar del pueblo”, pero terminó convirtiéndose en una atroz pesadilla y se derrumbó completamente.

La razón fue muy simple. Para poder vivir del Estado, los suecos tenían que pagar más dinero de lo que ganaban y el presupuesto estalló por todos lados. Era un queso gruyere, con enormes agujeros de subsidios, planes asistenciales, gasto social, ayudas regionales y empresas estatales, que no pudieron sostenerse con una producción declinante.

La desilusión del progresismo

Hacia 1990 los bebés suecos pertenecían a una guardería estatal, los niños pertenecían a una escuela pública impuesta; los jóvenes pertenecían a un determinado instituto deportivo; los adultos pertenecían a un hospital público compulsivo y los ancianos pertenecían a geriátricos obligatorios. Desde la cuna a la sepultura, incluyendo las emisoras, los canales de TV, las oficinas de empleo, las agencias inmobiliarias, los ferrocarriles, la línea aérea SAS y el correo, todo sin excepciones era del Estado. Nadie tenía derecho a elegir, porque el Estado socialista de bienestar proveía por todos y no permitía ninguna diversidad en la oferta de servicios. Era imposible optar por algo distinto.

Sólo un puñado de idealistas podían pensar en salir de ese modelo progresista que condenaba a la gente a vivir sin iniciativa, a no poder elegir y a esperar años para utilizar los maravillosos beneficios sociales, pero pagando impuestos desmedidos.

Por eso huían de Suecia sus escritoras más prestigiosas como Astrid Lindgren e Ingrid van Nyman, científicos como Bertil Lindblad, cineastas como Ingmar Bergman o actrices como Greta Garbo, Ingrid Bergman, Anita Ekberg, Liv Ulman e Ingrid Thulin quienes emigraban para escapar del despotismo impositivo porque el Estado se apropiaba de más del 85 % de sus ingresos.

Meses de cola para ser atendidos por un médico, meses de cola para inscribirse en una escuela, meses de cola para internarse en el hospital y años de cola para alquilar vivienda. El modelo siempre ajustaba por la espera y la resignación.

La cima del Estado de bienestar se inició a partir de 1969 cuando llegó al poder Olof Palmer, una especie de Kirchner sueco, quien comenzó a incentivar el consumo. La carga tributaria rompió la barrera del 25 % del PBI, pasó al 35 % y siguió subiendo. Fue la epopeya del frenesí del gasto público, mientras las inversiones se evaporaban. La explotación de los bosques, la producción de muebles, las instalaciones eléctricas, los rodamientos y la industria mecánica se derrumbaron. El crecimiento terminó igualándose al ritmo del aumento vegetativo de la población, con lo cual ningún sueco pudo albergar ilusiones de mejora en sus condiciones de vida.

Igual que con el peronismo en Argentina, entre 1946 y 1990, Suecia perdió su pujanza económica. La vida se redujo al reclamo pedigüeño para que el gobierno subsidie a cada grupo. Los obreros carecían de creatividad, los ingenieros y emprendedores -que habían convertido a Suecia en una potencial industrial y marítima- se encontraron aplastados por abrumadoras regulaciones, prohibiciones para ejercer toda actividad privada útil, obstaculizados por normas aduaneras y con restricciones que dificultaban viajar al exterior. Sólo prosperaban los empresarios amigos del poder socialista.

Esto sucedía porque el Estado sueco engullía tajadas cada vez más grandes de la economía productiva y despilfarraba el dinero en un insostenible sistema de ayudas, privilegios y subsidios. Sin embargo, la idea de la utopía progresista había captado la admiración del mundo entero. En su tiempo, Franklin Delano Roosevelt, manifestaba que “en Suecia tenemos el paraíso: una familia real perfecta, un gobierno socialista pródigo y un sistema capitalista que no lucra y trabaja para que el pueblo viva de la manera más feliz imaginable”.

Pero por cada persona y media que producía bienes reales, había otro individuo que vivía a su costa con un cargo dentro del Estado realizando tareas inútiles.

El final de la utopía

Entre 1982 y 1986 es nuevamente reelegido Olof Palmer, quien fue misteriosamente asesinado cuando salía de un cine con su mujer. En su segundo mandato, dispuso la radicalización total del intervencionismo estatal comenzando por coartar la libertad empresarial. El poder del Estado se convirtió en cómplice de los grandes sindicatos, se dispusieron reivindicaciones salariales desvinculadas de la productividad y la industria sueca quedó fuera de la competencia mundial, porque producía a precios tan altos que se hizo necesario prohibir las importaciones. El intervencionismo logró sancionar una ley de “fondos fiduciarios sociales” para la industria y la banca sueca, en los cuales debían depositarse las ganancias de las empresas donde quedaban bajo control de los sindicatos. Los dirigentes sindicales decidían luego, qué hacer con las ganancias acumuladas.

El propósito progresista era llegar al control total de las empresas por parte del gobierno, a través de sindicatos adictos y designar empresarios como si fueran funcionarios públicos. La consecuencia de este proceso fué que todos se convirtieron en empleados del Estado. La economía dejó de producir y Suecia se transformó en una inmensa factoría de servicios de bienestar que sólo brindaba promesas, pero que nunca se cumplían. Empezando por las clases bajas y siguiendo por las clases más altas, el incentivo a trabajar desapareció rápidamente. Como todos querían vivir del Estado, la carga tributaria en 1989 llegó al record mundial del 56,2 % del PBI.

Después de un corto período conservador dirigido por Carl Bildt, en el año 2002 se hizo cargo del gobierno el nuevo premier socialdemócrata Gören Persson quien tuvo que asumir el proceso de ajuste.

Sus antecesores habían alcanzado el ideal igualitario, pero de la precariedad. La crisis irrumpió a través de una explosiva debacle laboral. Como los desempleados estaban camuflados dentro de programas públicos, cuando se produjo una brusca caída de la recaudación impositiva, no pudieron financiarse más.

De un día para otro, Persson se vio obligado a echar centenares de miles de empleados públicos, lo que agudizó la situación. Fue el colapso del keynesianismo producido por la crisis del Estado de bienestar.

Anteriormente, entre 1990-1996 la solución que los socialistas habían encontrado a mano consistió en duplicar la deuda pública, pero el tiro de gracia llegó en 1993 cuando el Banco de Suecia para conseguir prestado tuvo que subir la tasa de interés al 500 % anual. Por obra y gracia del proyecto progresista del Estado de bienestar, Suecia se había convertido en un país Sudaca.

La socialdemocracia tuvo que asumir las consecuencias del naufragio económico. Lo primero fue un duro proceso de reducción del gasto público a través de la eliminación de los subsidios y beneficios sociales. El recorte de empleados públicos fue muy drástico. En sólo 5 años tuvieron que despedir 157 mil empleados. Las medidas incluyeron el cambio de la contabilidad pública para conocer el costo de todos los servicios y su comparación con países capitalistas. Simultáneamente se estableció un tipo de cambio libre y se eliminaron las restricciones al comercio exterior, derogando regulaciones e impuestos aduaneros. El gasto público se recortó 70 mil millones de coronas entre 2002-2005. La población se enfureció cuando comprobó que el Estado había quebrado y que todas las promesas del bienestar social no eran más que un bluff electoral.

La sensatez

En 2006 terminó el dominio político de la socialdemocracia, ejercido durante 70 años. En las elecciones triunfó el nuevo Moderata samlingspartie (Partido Moderado de Suecia) una concertación de derecha integrada por conservadores, liberales, democristianos y centristas. Su líder Fredrik Reinfeldt inició una nueva etapa denominada “Revolución de la libertad de elección”. El propio partido socialdemócrata se vio obligado a cambiar de objetivos y lanzó programas que abjuraban del intervencionismo estatal impulsando las nuevas ideas del “Poder directo de la gente sobre su vida diaria”. Así se fue desarmando intelectualmente el Estado socialista de bienestar para iniciar una nueva era de sensatez económica, moderación política, respeto al derecho de propiedad y a la iniciativa privada.

El Estado siguió siendo poderoso pero pequeño. Sus funciones en lugar de ser dirigidas y ejecutadas por funcionarios y empleados públicos fueron delegadas a la sociedad cuidando siempre de respetar las condiciones de equidad y justicia pero bajo gestión privada y no de políticos.

El Estado de bienestar, basado en la utopía, fue enterrado para siempre. Se lo reemplazó por el Estado facilitador cuya función consiste en fomentar y traspasar las funciones sociales a una Sociedad de Bienestar, que se administra a sí misma, que ofrece diversidad de ofertas, que garantiza la libertad de elección tanto en servicios escolares, deportivos, salud, convenios laborales, cultura, protección de la infancia y sistemas jubilatorios para la vejez. Pero esto será cuestión de otro artículo. © www.economiaparatodos.com.ar

Antonio I. Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.


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