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martes 28 de enero de 2014

«Una más y no pedimos más»

«Una más y no pedimos más»

“Una más y no pedimos más”, suelen clamar las masas cuando está terminando algún recital. Y difícilmente alguien ponga algún reparo ante ese simpático ‘pogo’ considerando el contexto donde se da
Ahora bien, nadie medianamente sensato podría entender, y mucho menos justificar, ese mismo afán en un ámbito tan conflictivo y peligroso como el político. Sin embargo, a juzgar por los hechos de dominio público, los argentinos parecen estar repitiendo ad eternum ese cántico de barricada, y lo que es más grave aún, hay momentos en que hasta parecen querer más de verdad…
De lo contrario no se comprende que después de diez años de un modelo basado en la sistematización de la mentira y la tergiversación de la realidad; después de haber oído hasta el hartazgo las versiones más inverosímiles del relato, hablen del “levantamiento del cepo” como algo sino real al menos posible de dar… ¿Dónde vivieron todos estos años? ¿A quién le están dando crédito?
Podría hacerse un compendio larguísimo y tedioso de promesas incumplidas por políticos, pero basta con un racconto de frases que han quedado marcadas a fuego en la Argentina para darse cuenta que el problema no está exclusivamente en la dirigencia política. Hay una extraña devoción por la mentira.
Es verdad que hay que ser muy mayor para recordar, por ejemplo, a Celestino Rodrigo prometiendo que “No habrá devaluación brusca porque la tendencia de los últimos días se acaba esta semana”. Y encima recordar cuán larga fue ese semana…
También es cierto que hay que tener memoria prodigiosa para rememorar la tablita de José Alfredo Martinez de Hoz y su contundente vaticinio: “El régimen de tabla cambiaria seguirá hasta el fin de la década” (1980) o la sentencia sin titubeos de Christian Zimmermann, vicepresidente del Banco Central por esa época, asegurando: “La inflación está muerta”
Y puede que se haya olvidado en el trajín cotidiano también, la desazón de Juan Carlos Pugliese: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo” o la amenaza directa del Presidente del BCRA, José Luis Machinea: “Si el mercado quiere dólares, le vamos a dar con el látigo”, un pedagogo de la aritmética…
Pero casi todos los que están leyendo estas líneas deberían – por su propia sanidad mental – recordar que en esta década un Secretario de Comercio predijo que “en los próximos días, lloverá gasoil”, o que un Ministro de Planificación juró que no habría crisis energética y “no faltará luz”.
A su vez, esos mismos deberían recordar que un senador actual sostiene que “la inseguridad es una sensación más“. Pero claro, del “deberían” a la realidad a veces hay un “relato” aunque sea personal y ya no oficial… El kirchnerismo, en definitiva, no inventó nada. ¿Cuántas veces preferimos desatender la verdad y endulzarnos con la falacia?
Desde luego, la memoria puede fallar. Pero no a punto tal de olvidar que fue Cristina Fernández de Kirchner quién dijo unos meses atrás: “Mientras yo sea Presidenta los que pretendan ganar plata a costa de devaluaciones que tenga que pagar el pueblo van a tener que esperar otro gobierno”. Imperdonable y lamentable sería olvidar porque se correría el riesgo de volver a apostar…
Ciertamente, en este ahora, volver a creerle a la dama parece una pavada. Pero o somos pavotes o ¿cómo se explica el derroche de tinta y saliva explicando el “menguante cepo”? Cepo que, en primer término, para el kirchnerismo no existía, y que aún “no existiendo” sigue rigiendo desde el momento en que hay que pedir autorización a la AFIP para ver si puedo comprar – con mi dinero – un billete extranjero… No pasa en el mundo serio, pasa en Venezuela y pasa aquí.
Entre quienes prefieren creer no está, desde ya, la agencia impositiva que desde el vamos no creerá en su solvencia. En ese sentido, cabe decir que ellos son más inteligentes que muchos otros que pasaron el fin de semana indagando de qué trata todo esto. Porque ellos no creen ni en usted ni muchísimo en sí mismos. Y están hace diez años en el gobierno, no por casualidad sino porque previo a la devaluación del peso, devaluaron la palabra, y consecuentemente anularon todos los conceptos.
Hay dos idiomas que ya nada tienen que ver entre sí: el de la gente y el de los dirigentes. La seudo disminución del cepo será en breve otra de las frases apoteósicas para sumar a la lista de engaños y desvaríos que sepultaron a la política nacional hace tiempo.
“El que depositó dólares recibirá dólares”, “el que apuesta al dólar pierde”, “estamos condenados al éxito”, “se acabó la fiesta para unos pocos”, “no voy a dejar las convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno”, “traje a rayas para los evasores”, y tantas otras zonceras que aunque a veces suenen legendarias o graciosas, han colaborado también a traernos a este “aquí y ahora”.
La política murió cuando la palabra dejó de ser un valor, no cuando el peso se equiparó al dólar o el dólar se disparó. La despojaron de honor, de ciencia, la sumieron en la miseria, le quitaron la categoría de arte y la confinaron a un hobby limitado a quienes aspiran a vivir a costa de sus pares. Esa es la mayor y más grave de las crisis argentinas.

Hoy, quienes están hundiendo el Titanic nos mandan a los botes y nosotros vamos confiados en salvarnos cuando, en realidad, tales botes no están, no estuvieron jamás. Se está dando crédito a la palabra de quienes ayer hablaban de pleno empleo y ahora anuncian un subsidio para jóvenes desocupados y orgullosos dan cifras de cuántos se han anotado…
Se está esperando el lunes para preguntar: “¿Cuántos verdes me deja comprar?” ni más ni menos que a Ricardo Echegaray. Sí, ese mismo que hasta hace una semana, justificaba aprietes y patoteadas. Se está esperando el lunes para ver qué pasa… Pues bien, me atrevo a restarles ansiedad: nada.
No pasará nada porque no tienen asidero las palabras de quienes prometieron que viajaríamos en tren bala, y sostienen que estamos mejor que Australia y Canadá.
Las expectativas generadas después del anuncio desesperado y desvergonzado del jefe de ministros y del titular de Economía no hablan mal del gobierno sino del pueblo.

Tras esa impertinente “conferencia de prensa”, analistas y medios debieron seguir como si no hubiesen existido tales palabras. Parafraseando a aquel viejo ministro, si nos hablan con la mentira respondamos con el silencio y la apatía. Una cosa es perder poder de compra y otra es perder dignidad como personas…
Ya lo ve: lo dicho ayer hoy regresa en su versión “desmentida”. Las compras con tarjeta seguirán sufriendo un incremento del 35% claro, suponiendo que acaso eso sea cierto…
En Argentina de 2014, el escepticismo pasa a ser virtud indiscutida.
Ahora bien, esta convivencia con la deslealtad politica más mísera no parece terminar con Cristina. Quienes aspiran a sucederla sostienen ante cámaras que no es tiempo de hablar de candidaturas mientras, en la costa atlántica, sobrevuelan sus avioncitos proselitistas. Disimulen, al menos, parezcan lo que no son: serios.
La tendencia se acentúa. El dólar podrá ceder o no a las eternas coyunturas, pero la vida en Argentina se complica por una devaluación mucho más siniestra y peligrosa: la del valor de la palabra.
Hasta tanto eso no cambie, lo único importante seguirá siendo el precio del smartphone, el dólar o el tomate. Y seguiremos entonando, una y mil veces, “una más y no pedimos más“, mintiendo también claro está…