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Jueves 26 de mayo de 2005

¡Vayámonos a España!

Los argentinos siguen eligiendo a España como destino principal para el exilio. Sin embargo, es curioso que los emigrantes locales decidan marcharse a vivir en una sociedad con altas tasas de desempleo y otros problemas que se están agravando con las medidas tomadas por el actual gobierno socialista.

La crisis de los últimos años generó una diáspora de nuevos sufridos argentinos, legítimos buscadores de mejor fortuna que se sumaron a cierta fauna local que, al grito de “¡estas cosas sólo pasan en este país!, ¡aquí no te valoran, no hay oportunidades!, “en realidad yo hago esto pero estoy para más!”, habitualmente partía al exterior esperanzada, eligiendo de preferencia un destino de primer mundo.

Estos modernos emigrantes de clase media que usualmente sufrían un fuerte desajuste entre la realidad y el deseo, a menudo apoyado en un desacople entre el talento o el esfuerzo y una ambición injustificada, casi siempre también hacían gala de un absoluto desconocimiento de idiomas, por lo que terminaba siendo España el destino común de muchos argentinos desencantados con su sino vernáculo y que, según su criterio personal, eran merecedores por nacimiento de un destino más venturoso.

Esta experiencia las más de las veces solía terminar en un regreso frustrante y desencantado, previo paso por un miserable trabajo manual extenuante con un contrato laboral precario para el que un título de alguna rama de la psicología, las artes o las letras y una familia de buen pasar no lo habían preparado adecuadamente, cuando no en humillante deportación en compañía de hermanos latinoamericanos.

Pese a ello, inexplicablemente entre nosotros sigue manteniendo su atractivo una sociedad con más de 10% de desempleo; listas de espera de meses para conseguir atención en hospitales públicos; desfalcos bursátiles y bancarios escandalosos; una pesada burocracia estatal; corrupción en la administración de ayudas y subsidios; el peor nivel de informatización, caminos y comunicaciones de la Europa Occidental; crisis y racionamiento de energía; precios de servicios regulados, pero… eso sí, con muchos autos modernos y lujosos e incontables restaurantes y bares colmados a cualquier hora del día.

Y ahora peor aún, porque hace poco más de un año los votantes españoles, en su gran mayoría jóvenes nacidos en democracia y desconocedores de las penurias y los esfuerzos de la España pre Unión Europea, muchos de ellos convencidos –al igual que nuestros locales– que merecían más oportunidades para aplicar sus conocimientos de Filología, Historia del Arte o Letras adquiridos en universidades gratuitas estatales, como así también más y mejores beneficios sociales en materia de contratos de trabajo, de viviendas subvencionadas, de seguros de desempleo, o de vacaciones pagas extendidas, eligieron votar a un nuevo presidente socialista.

Hasta ahora el nuevo gobierno, que –como el nuestro– se enorgullece de su “buen talante”, informalidad y progresismo, no debe haberlos defraudado: ya ha dañado la relación con los EE.UU. lo suficiente como para que los astilleros vascos perdieran sus contratos, también dañó la relación con la Iglesia y el nuevo Papa como para que éste urgiera a los funcionarios públicos a ejercitar la libertad de conciencia, además aumentó el gasto público, revisó y enmendó contratos firmados por su antecesor, difundió varios disparatados planes de viviendas de obra pública y, por supuesto, se encargó de desmontar la última estatua de Franco que quedaba en Madrid, lo cual despertó demonios que España tenía dormidos.

Mientras tanto, la inflación ya ha empezado a notarse; la inversión extranjera cayó casi un 80% versus 2003; el déficit comercial subió 168%; la revalorización del metro cuadrado se ha desacelerado; el turismo extranjero se ha reducido; grandes laboratorios, automotrices y manufactureras internacionales se retiran del país y el horizonte de mediano plazo presenta una España con fuertes rigideces laborales, actividad sindical creciente, alta presión impositiva y costos de mano de obra que la hacen muy poco competitiva frente a los países de Europa del Este, que además perderá en breve más de 42.000 millones de euros de ayudas comunitarias y que, como si fuera poco, deberá igualmente seguir bregando con problemas históricos como el de las autonomías, la inmigración ilegal norafricana o las ancestrales diferencias y fracturas sociales que la desgarran, incluyendo el terrorismo vasco.

Es probable que sea verdad que las sociedades también tienen carga genética y algún día se descubrirá que la capacidad de autodestrucción social se hereda. Mientras tanto, y como podemos estar seguros de que nuestros chicos se adaptarán con facilidad en la escuela gracias a que nuestra célebre y “exitosa” última reforma educativa fue hecha copiando a imagen y semejanza el sistema educativo español, vayámonos a España… nos vamos a sentir como en casa, si además hasta las grandes empresas son las mismas y sus publicidades las hacen creativos que son argentinos. © www.economiaparatodos.com.ar



Esteban Mac Garrell es abogado, economista y director de sociedades anónimas.




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