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Jueves 20 de septiembre de 2007

Víctimas y victimarios en el “capitalismo trucho”

Una de las reglas de oro de la economía libre es el de la responsabilidad: quien no acierta debe sufrir las consecuencias de sus errores en sus estimaciones, no hacérselos pagar a otros. En cambio, elegir “perdedores” y “ganadores” a dedo no es otra cosa que intervencionismo.

Los seres humanos tienen dos formas de obtener los bienes y servicios que desean. La primera es el intercambio pacífico y voluntario con sus semejantes (cataláctica) a cambio de otros bienes y servicios que estos últimos necesitan de los primeros. O, mejor dicho, es el intercambio de derechos de propiedad sobre esos bienes y servicios.

La otra manera de conseguirlos es el robo, es decir, la violencia física ejercida sobre los demás, mediante lo cual los propietarios son obligados a entregar esos mismos bienes y servicios a cambio de nada.

A su vez, esta última forma compulsiva tiene dos variantes posibles: una es ejercer esa coacción directamente (como hacen los asaltantes y delincuentes), la segunda es realizar ese saqueo mediante una resolución de los gobiernos.

En el caso del delincuente común, éste obra fuera de la legalidad. Pero cuando la expoliación se efectúa a través de los gobiernos, no por ello deja de ser un robo, si bien se le da una apariencia de legitimidad.

Las economías llamadas “mixtas”, predominantes en casi todo el planeta, son una palmaria demostración de ese despojo en detrimento de unos para beneficiar a otros. ¿Qué nombre genérico se le da a tal expoliación? Pues el de “redistribución de la riqueza”.

Para entendernos mejor: por riqueza se entiende aquí la sumatoria de todos los bienes y servicios, de todo lo que cada uno de los que habitamos en un país producimos para obtener ingresos y vivir.

A su vez, si se habla de “redistribución” eso significa que previo a ello hubo una “distribución”. Lo que quiere decir que, como el funcionario de turno no está conforme con lo que obtuvo cada uno interactuando o intercambiando espontáneamente, decide que algunos deben recibir más de lo que obtuvieron y, como contrapartida, otros menos. A estos últimos les es quitado lo que obtendrán aquellos.

Esta “redistribución” adquiere ropajes diferentes: subvenciones, subsidios, tarifas aduaneras proteccionistas, precios máximos o mínimos o tasas de interés preferenciales, por dar algunos ejemplos, pero su naturaleza expoliatoria es la misma.

Precisamente de esta índole son las últimas medidas –nada nuevas, por cierto– adoptadas por el gobierno de los Estados Unidos con motivo de la crisis relacionada con las hipotecas: salvar a los bancos que se equivocaron o no acertaron al otorgar los créditos y a los deudores que tomaron estos últimos. Tenemos, así, por un lado, a los victimarios.

Veamos, ahora, quiénes son las víctimas, es decir, los que pagarán los platos rotos. En primer término, la totalidad de los habitantes de Estados Unidos, quienes más tarde o más temprano sufrirán los efectos de los miles de millones de dólares lanzados al público, vía impuesto inflacionario o bien, cuando se pretenda contener o evitar inflación, con distorsiones en la economía real tanto o más graves.

Mientras tanto, se festeja el “alivio” provocado con el solo anuncio de esas medidas y otras que se propician de marcada índole intervensionista y dirigista: prórroga compulsiva de plazos hipotecarios, regulación de tasas, etcétera.

Ludwig von Mises fue quien primero vio con claridad la naturaleza y causas de los llamados “ciclos económicos”: los auges artificiales provocados por la expansión de la moneda y el crédito, no generados con ahorro previo, sino de la nada, con el fin de hacer descender las tasas de interés a un nivel menor al de mercado. Con posterioridad, llega la hora de la verdad, cuando los actores económicos advierten la ficción y el mercado comienza a ajustar para volver a la realidad. A esta última etapa se le llama erróneamente “recesión”, a la cual temen despavoridos los políticos y gobernantes.

Por lo tanto, para evitar esa temible “recesión”, se suele insistir con más intervencionismo, más inyección de crédito y más “redistribución”, con lo cual suele obtenerse una contención temporal del problema (mejor dicho, sobre los efectos, no sobre sus causas), hasta que cada vez es más difícil dilatar las consecuencias y, entonces, cuando el ajuste se produce, es mucho más doloroso y difícil de digerir políticamente.

Todo esto nos demuestra varias cosas. En primer lugar, que son los gobiernos y no los “mercados” los causantes de las crisis, dado que sólo aquéllos pueden expandir artificialmente el crédito y el gasto público. Segundo, lo absurdo de pretender que se pueden solucionar las crisis con medidas de la misma índole que las que las provocan (intervencionismo y dirigismo). Tercero, que termina habiendo víctimas involuntarias y victimarios, ambos indicados por el “dedo mágico” de los gobiernos.

Ese dedo mágico puede ser el de Busch, la Reserva Federal o el Congreso, como en este caso; o el de Duhalde, Cavallo o De la Rúa, como en el 2001/2002 (corralitos bancarios, confiscaciones de depósitos). Sin embargo, siempre se evita el ajuste vía mercado “redistribuyendo” entre favorecidos y expoliados.

Que en los Estados Unidos –sin duda uno de las naciones con menor intervencionismo y mayor seguridad jurídica, respeto por los derechos individuales y propiedad privada; un país con instituciones sólidas que permanecieron por más de 200 años– se siga practicando también este “capitalismo trucho” con “ganadores” y “perdedores” elegidos a dedo, es decir “víctimas y victimarios”, nos señala una vez más que el sistema institucional de la libertad (o capitalismo en su aspecto económico) no es el culpable de estas crisis, como pregonan hasta el cansancio los socialistas, intervensionistas y keynesianos, sino que las perturbaciones se originan en su falta de aplicación total y coherente.

Una de las reglas de oro de la economía libre es el de la responsabilidad: quien no acierta debe sufrir las consecuencias de sus errores en sus estimaciones, no hacérselos pagar a otros.

El capitalismo no es, por lo tanto, un sistema del pasado, como pretenden sus enemigos sin fundamento, sino un sistema para el futuro.

En suma: para terminar con los ciclos económicos, tal como sostenía Mises, hay que dejar de lado el intervencionismo y ser capitalista en serio: es decir, sin víctimas forzadas y sin victimarios favorecidos arbitrariamente. © www.economiaparatodos.com.ar


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