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Jueves 14 de junio de 2007

Cancún, paraíso latino

El balneario mexicano ofrece en sí mismo y en sus alrededores una inagotable cantidad de opciones para el turista, que lo convierten en una plaza de inocultables ventajas a la hora de tomar vacaciones en el exterior.

Cancún tiene todos los ingredientes del Caribe, con la ventaja de que allí se habla español y lo habita un pueblo con muchas costumbres que se nos parecen. Esos ingredientes lo transforman en un imán para los argentinos que piensan en unas vacaciones en el exterior. Y, de hecho, probó serlo durante gran parte de la Convertibilidad.

El fenómeno Cancún apareció hace unos 20 años y no paró de crecer desde entonces. Primero fue un conjunto de osados hoteles de cadenas internacionales que llegaron a esas aguas turquesas y a esas arenas blancas para ofrecer un destino exclusivo y alejado a sus clientes top. No había mucho más que un centro comercial pequeño (Plaza Caracol, que aún existe, pero que se convirtió en gigante), algunos restaurantes y nada más. Eso era todo. Luego, sol, mar, arena, snorkel, buceo. La naturaleza a flor de piel.

Todo eso sigue estando allí, de alguna manera. Sin embargo, la infraestructura de Cancún se multiplicó por 20. Llegaron hoteles de todas las cadenas, condominios de todas las dimensiones, un nuevo aeropuerto, vuelos desde las principales ciudades del mundo. Llegaron la moda, la diversión, la gastronomía sofisticada. En fin, Cancún se convirtió en un centro internacional de vacaciones que conserva su sello latino.

A pocos kilómetros del centro, por la carretera a Tulum, se encuentra X Caret, un parque ecológico que los mexicanos han sabido conservar y explotar al mismo tiempo. Un río subterráneo que puede nadarse en toda su extensión y que permite descubrir bellezas subacuáticas, de colores majestuosos y de mezclas extrañas de luces y sombras absolutamente diferentes a lo que estamos acostumbrados. Allí también se puede nadar con delfines, asistir a clases de conservación del ambiente, almorzar, tomar sol y pasar una extraordinaria tarde.

Siguiendo hacia el sur, aparece Playa del Carmen, similar a lo que fue Cancún hace 10 años, es decir, un lugar más tranquilo y más chico, aunque con las mismas prestaciones de elegancia y colores del verano permanente.

La carretera nos deposita en Tulum, una reserva maya, de cara al mar. Miles de años de historia se esconden tras los relatos de los guías. El punto de máxima atención es, obviamente, “El Castillo”, una construcción hecha en piedra sobre una elevación de la costa, desde donde los mayas adoraban al Dios sol saliendo del azul horizonte caribeño. Lamentablemente, en los últimos años se ha prohibido el ascenso de turistas por los daños que los mismos visitantes fueron haciendo en el pasado y con ello se nos ha privado de una de las vistas más espectaculares que puedan tenerse de la Riviera Maya.

En frente de Cancún, con varias excursiones diarias disponibles, se encuentra Isla Mujeres, un lugar especial para los que hacen snorkel y buceo. El agua es absolutamente cristalina, indescriptible. Los colores de los peces superan los de las paletas de los más osados pintores. Es un lugar salvaje que mantiene los contornos que Cancún perdió al tener que montar una infraestructura de servicios acorde a su cantidad de visitantes. En Isla Mujeres se pueden alquilar botes por cuenta propia para salir a pescar o a bucear.

En Cancún hay restaurantes hasta detrás de las plantas. La oferta supera los trescientos y muchos duran una o dos temporadas, como sucede en todos los destinos de playa. Hay muchos de comida típica mexicana muy recomendables, como así también (por el enorme mercado norteamericano que los visita) están las cadenas estadounidenses, como si se tratara de una ciudad más del Estado de la Florida.

La oferta de bares y lugares de diversión es igualmente amplísima. Hay más de una docena de discotecas con sistemas de promociones que permiten ingresar sin consumición obligada dentro de determinadas horas. Y el ambiente es de diversión plena. La onda del día, con el sol, el tono bronceado, el calor, la humedad y los olores del verano en la piel, encuentran en la noche el broche de oro ideal.

Y, además de todo, si no habla inglés, no andará como el “penado 14” tratando de no morir haciendo señas: se entenderá a las mil maravillas con el mismo español que habla en casa. © www.economiaparatodos.com.ar


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