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Lunes 9 de junio de 2008

Dar el ejemplo

Los padres deben encarnar y vivir a diarios las virtudes que quieren que sus hijos aprendan.

En estos momentos en donde la mayoría de nosotros hablamos de “valores”, quisiera hacer una reflexión de la palabra valor. Voy a parafrasear a mi querido amigo el doctor Abel Albino, él dice: los valores se “declaman” las virtudes se “encarnan”.

Los valores expresan la idea general de una virtud. Por ejemplo, valores son Honestidad, Responsabilidad, Compromiso, Respeto, etc. Las virtudes son personales: soy honesto, soy responsable, soy comprometido, soy respetuoso y respetable. Los valores se declaman, las virtudes se viven.

En nuestra existencia debemos tratar de encarnar esas virtudes, para que nuestros hijos puedan, a través del ejemplo, ser virtuosos. No podemos declamar la honestidad y el respeto delante de ellos si luego nos ven dar una “dádiva” para una cerveza, cuando nos paran por haber cometido una infracción o hablar mal y criticar a maestros, profesores, autoridades, políticos, vecinos, amigos y luego pretender que nuestros hijos los respeten.

Desvalorizar a un compañero con palabras como “traga”, o como se denomine hoy a un buen alumno, a los abanderados, si es que se sigue con esa distinción o se considera discriminatoria., si nos ven hacer mal nuestro trabajo, criticar a la empresa que nos ocupa o simplemente no hacer lo que debemos en el hogar, se llame “comida”, “reparaciones”, etc.

En toda familia hay roles indelegables: el padre debe cumplir su función y no ser un amiguito más, que compite con el hijo jugando al fútbol o al rugby y en quien encauza vaya a saber qué frustraciones adolescentes y la madre debe ser una persona que aunque demuestre una inocultable juventud, no debe vestirse y actuar como su hija, utilizando el mismo léxico, buscando que le digan que parece su hermanita menor.

Esto trae aparejado el problema de la confusión, en donde los hijos no encuentran esas figuras referentes que les darán seguridad y confianza. Compañeros siempre, amigos no. ¿Por qué digo esto? Porque compañerismo implica ideales comunes, la amistad igualdad, y no es cierto que los hijos puedan estar en un plano de igualdad con los padres.

La familia no es una institución democrática, es jerárquica, porque si no lo fuera sería anárquica.

En muchos casos nosotros los padres, por inseguridad o supuesta concesión graciosa, les pasamos decisiones a los hijos que no pueden resolver sino con actos de absoluta inmadurez por una falta de formación, de información y de proporción, que les produce un estrés que determinará conductas violentas, crisis afectivas, fracaso escolar, drogas, embarazos adolescentes, etc.

A un niño de dos años no se le puede preguntar si prefiere leche chocolatada o yogurt, se le debe dar aquello que lo alimente y no provocarle el estrés de una elección que no puede evaluar y que determinará malos hábitos alimentarios y conductas que no lo educarán. Que sirvan estos ejemplos tan elementales para todas las decisiones de ahí en más que les planteemos a nuestros hijos.

Si hay una coherencia de vida, entre lo que declamamos y lo que encarnamos, nuestros hijos no recibirán un doble mensaje y les daremos las herramientas para desarrollar un espíritu crítico positivo, que les permitirá discernir y elegir con la debida capacidad y de acuerdo a la madurez de cada edad amistades, diversiones, ámbitos, entornos.

Por último, me parece muy importante iniciar a nuestros hijos, desde el día que nacen, en una vida espiritual, Démosles desde el principio esa noción de trascendencia que todas las religiones tienen como fin último, enseñémosles a rezar, a que existe en esa escala jerárquica de la familia, alguien por sobre todos nosotros, omnipotente, omnisciente, pero fundamentalmente lleno de amor y ellos al ver el amor humano de su familia, lo van a comprender, creer y vivir. Es fundamental que nos vean rezar a nosotros. No hay nada como el ejemplo. © www.economiaparatodos.com.ar

Diana Bencich es miembro del Consejo de Administración de la Fundación Proyecto Padres.


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