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Jueves 11 de agosto de 2005

Dificultades de los ex-terroristas cuando son gobierno

El presidente iráni Mahmoud Ahmadinejad, sospechado de haber participado en la toma de rehenes en la embajada norteamericana de Teherán en 1979, tiene problemas para conseguir una visa que le permita entrar a los Estados Unidos para participar como orador en las Naciones Unidas.

No sólo Latinoamérica asombra al mundo por tener ubicados en algunos altos puestos de sus gobiernos a ex-terroristas que, absoluta y asombrosamente impunes, de pronto acceden a los más altos cargos del poder, puesto que esto también ocurre -como veremos- en otros países.

Para los ex-terroristas esta situación supone tener que planificar previa y cuidadosamente distintas acciones de “distracción”, “prevención” y “protección” normativa o jurisprudencial, de todo tipo. No vaya a ser que -de pronto- se descubra que los crímenes de los ex-terroristas son efectivamente crímenes “de lesa humanidad”, conforme al artículo 7 del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia que, en algunos países -como la Argentina- es derecho interno con rango constitucional expresamente considerado superior al de las normas del derecho nacional. Y, por tanto, imprescriptibles e imperdonables. De allí que algunas Cortes Supremas, a las que cabe entonces sospechar de “adictas”, rápidamente “legitimen” con sus sentencias la prescripción de los crímenes de los ex-terroristas. Como parecería que ya ha sucedido en la Argentina y en Nicaragua. Pero esto puede mañana cambiar, porque esto es lo que suele ocurrir con la jurisprudencia, que es siempre inestable.

Otro país -integrante dilecto de la lista corta de los “peligrosos”, porque sigue financiando y exportando al terrorismo de “Hezbollah” y “Hammas”, en el Líbano e Israel- empieza a descubrir que no es nada fácil instalar ex-terroristas en la cúspide del poder. Aunque esto ocurra en el seno de una teocracia que, en nombre de su particular visión de Dios, condone los crímenes cuando ellos son presuntamente cometidos en nombre de la fe. Se trata de Irán.

Ocurre ahora que la administración del presidente Bush está considerando no conceder al nuevo presidente de Irán la visa que le es necesaria para poder ingresar a los Estados Unidos para hablar, como Jefe de Estado, desde el importante podio de la Asamblea de las Naciones Unidas con motivo de la próxima “cumbre”.

El objeto de esta inusual medida es un personaje especial, Mahmoud Ahmadinejad, el actual presidente iraní, quien presuntamente participara en la ocupación y toma de rehenes en la Embajada de los Estados Unidos en Teherán, en 1979, lo que -de ser efectivamente así- sería una enormidad. A ello se agrega la fuerte sospecha de haber participado en el secuestro y asesinato de un alto dirigente kurdo exiliado en Viena, Austria, en 1989.

Lo que, si fuera cierto sería, reitero, gravísimo, aunque no demasiado diferente, en sustancia, de los crímenes en los que -durante la década del 70- “nuestros” terroristas “ajusticiaron” -sistemática y planificadamente y con la ayuda externa de la Cuba de Fidel Castro- a varios centenares de civiles inocentes argentinos.

Cabe recordar que ya en 1988 no se emitió la visa que entonces solicitara el ya fallecido Yasser Arafat, entonces líder de la Organización de Liberación Palestina, quien pretendía hablar desde el mismo podio al que aspira acceder ahora Mahmoud Ahmadinejad. Su predecesor, sin embargo, el frustrado líder reformista iraní, Mohammad Khatami, pudo hablar en la ONU en distintas oportunidades, sin problemas. En una de ellas condenó expresamente los atentados terroristas del 9 de septiembre de 2001, ante la previsible desazón de algunos de sus airados connacionales que -como las Madres de Plaza de Mayo- habían celebrado jubilosamente la gigantesca tragedia que enlutara a miles de familias de las víctimas inocentes.

La situación de Mahmoud Ahmadinejad es entonces delicada, porque ha sido “identificado” por diplomáticos y algunas de las víctimas de los episodios de 1979 como partícipe de los mismos, aunque por el momento el gobierno mismo de los Estados Unidos, prudente, aún no ha tomado ninguna posición oficial al respecto a través de ninguna de sus instituciones o agencias.

Queda así visto que no es fácil para un ex-terrorista (o guerrillero) acceder a altos cargos de gobierno, como si no pasara nada y el pasado (y sus crímenes) simplemente no existieran. Tarde o temprano, “salta la liebre” y -aun cuando creen haberse asegurado la más completa impunidad, como entre nosotros- la vida se les complica. Porque a cada uno le llega, cuando Dios o los hombres disponen, la hora de rendir cuentas. Y así debe ser. © www.economiaparatodos.com.ar




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