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Jueves 9 de febrero de 2006

El combustible de la división

La estrategia de consolidación de poder del presidente Kirchner se basa -como antes lo hicieran también Perón y Rosas- en la fractura de la sociedad: el odio entre argentinos es la táctica usada para controlarlo todo.

Desde que el presidente Kirchner asumió la presidencia estuvo claro que una de sus estrategias para consolidar poder fue apostar a la división de los argentinos, a producir fisuras y quebraduras múltiples en el cuadro social de modo que de un lado quedaran los “buenos” defendidos por él y del otro los “malos”, enemigos del pueblo.

Como si en la Argentina no hubiera lugar para más de un pensamiento y para más de un color, Kirchner intenta permanentemente identificar a personas, entidades, empresas u organizaciones como los motivadores de los males argentinos y como -en su carácter de tales- los blancos a estigmatizar y a destruir.

Se trata de una estrategia de odio parecida a la utilizada como molde por varios dictadores históricos que las emprenden contra cierta parte de la sociedad usando a la otra como infantería gratuita de su plan de totalización del poder.

Esta claro que hoy en día, Chávez, en Venezuela, utiliza la misma táctica, habiendo provocado ya en su país una quebradura monumental de la sociedad que no duda en odiarse mutuamente. En medio del odio, el cabo reina.

Evo Morales en Bolivia ya adelantó cuál será su herramienta si el Congreso no aprueba la ley para modificar la Constitución a su antojo: el flamante presidente dijo que, como en los tiempos en que era un líder sindical indigenista, sacará la gente a la calle hasta torcer el brazo del Poder Legislativo. Morales no entiende el concepto de que en el Congreso hay representantes de gente que no piensa ni como él ni como los bolivianos que lo votaron a él. Está convencido, incluso, de que esa gente no son en realidad bolivianos, sino alguna clase de alienígeno cipayo que sólo quiere el mal del país. En los esquemas de Chávez y Morales no hay lugar en sus países para los que no piensan como ellos.

La Argentina siempre ha tratado de ser un país diferente a este concierto de circos de segunda categoría. Pero, por algún motivo, alguna galladura bananera también la ha acompañado a lo largo de su historia…. De la gran mayoría de su historia. Como un buen motor, pero que ratea, el país nunca logró despojarse de los virus del autoritarismo y, si bien empujado por una porción modernista y minoritaria de su sociedad intentó parecerse a las democracias avanzadas, fracasó a la hora de consolidar un modelo de consenso y convivencia.

De esa realidad han sacado tajada varios dictadores criollos. Rosas y Perón quizás reproduzcan, cada uno en los dos siglos inmediatos anteriores, un modelo de apuesta a la división y al odio para reinar en medio de una sociedad fracturada.

Ambos, por diferentes motivos, identificaron al “exterior” como el vehículo adecuado para el resentimiento. La parte de la sociedad que no comulgaba con sus ideas era identificada como cipaya, entreguista, antiargentina y cuanto calificativo de ese orden les viniera en gana endilgar. La otra parte, la que les respondía, era el verdadero pueblo, los verdaderos argentinos. A estos había que alimentar de odio contra los primeros. Serían, de vuelta, la infantería barata de una batalla por el poder total.

Con diferencias sutiles, aportadas por el tiempo y las circunstancias, es de nuevo “el exterior” el combustible de la nueva división argentina. Está claro que hay una parte de la sociedad que advierte claramente que el gran peligro que enfrenta hoy el país es el aislamiento, el quedar solos en una órbita diferente de la del mundo que progresa. Esa parte de la sociedad sabe que los remedios contra el aislamiento son el comercio internacional, las alianzas, los tratados de libre comercio, el incremento del comercio exterior, la apertura de la economía, la interacción con otros países en defensa de las libertades individuales, las posturas firmes del país en contra de los disparatados, el abrir las fronteras tecnológicas; en fin: incorporar el país a una corriente de modernismo y civilización que es opuesta al encerrarse en las fronteras propias.

Obviamente que para esta corriente, el MERCOSUR es un fracaso estrepitoso y una herramienta de por sí insuficiente –aunque funcionara perfectamente- para reemplazar la verdadera incorporación del país a un flujo internacional de desarrollo.

Por eso, ve con asombro cómo no sólo no se amplían las bases de la interacción comercial de la Argentina con todo el mundo, sino que se limita incluso el pobre engendro del tratado con Brasil. Ahora las autoridades han visto poco menos que como un triunfo la serie de salvaguardas que se le han introducido al comercio con ese país. Ya no sólo se quiere aislar a la Argentina del mundo moderno sino que se pretende mantenerla inmune a un intercambio con nuestro principal socio. Nuevamente, los que insinúen levantar la voz de disidencia serán etiquetados como antiargentinos.

El Uruguay, cansado ya de tanto desatino, anticipó que buscará un acuerdo de libre comercio con EE.UU. con independencia del MERCOSUR.

El Jefe de Gabinete también hizo gala del mérito que para él tienen las no-relaciones cuando aseguró que, por el conflicto por las papeleras con el Uruguay, no había ningún contacto con el gobierno uruguayo. Como si el negarse a conversar fuera una gran hazaña y un efectivo método para resolver diferencias. Y está claro, una vez más, que ésta es una estrategia de creación de resentimiento interno, utilizando el “exterior” como combustible, porque en realidad, como luego lo confirmó la Cancillería uruguaya oficialmente, existían -desde el 30 de enero- contactos directos de los presidentes por ese tema.

Pero, ¿qué convenía y era funcional a la estrategia de resentimiento interno? Pues decir que no se tenía ningún contacto. Que el gobierno era el macho fiero que defendía al pueblo contra el afuera. La estrategia es “vender” esa imagen de no contacto con el exterior a la parte quizás menos cultivada de la sociedad como forma de seguir alimentando la división entre los “pobres e incultos, pero argentinos” y los “ricos e ilustrados, pero cipayos”. Argentina, 1828.

Una vez, más el combustible de la división es el exterior. Como en el pasado, no tardará en considerarse que los que aspiran a una integración de la Argentina a la corriente mundial pecan de un exceso de “ilustración”. “Alpargatas sí, libros, no”. Argentina, 1945.

En alpargatas vamos a quedar como sigamos creyéndonos los versos de odio que sólo sirven para que los argentinos sigamos divididos y los vivos nos gobiernen a costa de nuestro propio resentimiento. © www.economiaparatodos.com.ar




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