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Jueves 7 de febrero de 2008

¡Es la ética, estúpido!

En las verdaderas democracias, los partidos se caracterizan por sus ideas, plataformas y estructuras. En la Argentina, en cambio, los movimientos políticos prescinden de la ideología y sólo responden a ambiciones personales.

 

“Hay que preocuparse menos por ser recordado.
El que se preocupa por esto suele terminar
poniéndose medallas que ganaron otros.”
Roberto Lavagna, 1° de julio de 2006.

Debería ser un dato positivo el asombro que todavía provoca en los argentinos la deslealtad de cierta dirigencia política. Roberto Lavagna es apenas uno más de tantos que persiguen el poder más que la idea. Hete aquí el verdadero problema: no hay siquiera ideologías afines o distintas en el escenario nacional, sino ambiciones más o menos desmedidas por obtener un porcentaje de la torta que, sin embargo, el gobierno no está dispuesto a ceder.

En este trance, aparece una foto capaz de revolver casi artificialmente, el avispero político. Sin necesidad de tecnología ni de Photoshop, es posible imaginarse la misma foto con otros protagonistas que alguna vez dijeron estar en la vereda de enfrente al kirchnerismo: una fuerza que va más allá del partido justicialista. Las estructuras partidarias se han caracterizado, al menos en las verdaderas democracias, por sus estructuras, sus principios y plataformas. En la Argentina, actualmente, lo amorfo de los movimientos políticos responde al objetivo perseguido: el poder. Quedar fuera del tablero es un desafío que no muchos dirigentes están capacitados para hacer frente. El silencio del celular y el timbre sin sonar pueden ser enfermedades insoslayables para quienes hacen de la política un arma para fines diversos.

Así como se suele explicar el síndrome de abstinencia de artistas sin pantalla, puede analizarse el efecto que causa quedarse sin público y sin libreto en el teatro político. Posiblemente hasta se pueda evidenciar más en la derrota que en la victoria la valentía de quienes aspiran a gobernar.

Demasiado extensa es a esta altura la nómina de personajes que han traspasado la línea de la ética para situarse en uno u otro espacio con el sólo fin de asegurarse un cargo, una tapa o al menos una “negrita” en el diario. El pueblo no está en los intereses de esta dirigencia, el pueblo es el escalón para treparse a una pirámide en cuyo vértice se encuentra Néstor Kirchner atrincherado. Sin embargo, el Pacto de Olivos II que se ha producido en esta semana ha dejado en evidencia mucho más que la deshonestidad de un ex candidato a la presidencia. Amén que el acuerdo entre Roberto Lavagna y Néstor Kirchner se venía gestando desde que el primero se ubicó tercero en la contienda electoral, durante la cual no conquistó tantas adhesiones como rechazos a la estructura de poder que impuso el kirchnerismo desde que asumiera en el 2003, hay que observar qué sucede con la ciudadanía. ¿Cuántos de los 3.200.000 votantes que tuvo el ex ministro demanda hoy su conducta? La respuesta es sencilla: la misma cantidad de votantes que tuviera Luis Patti y hoy ni recuerdan que este se encuentra tras las rejas con un proceso irregular y sin haber podido asumir siquiera.

Esta apatía de la sociedad y el descrédito de la política que ya venía devaluada por demás, se fortalece con el espurio pacto reciente. La decepción social es más peligrosa que la sumatoria de personajes para conquistar el poder. Kirchner sigue gobernando más allá del género y con esta maniobra no hace sino confirmar su predominio en el escenario político. Es, en rigor, el ex presidente –que pareciera estar aún en función- quién obtiene el mayor rédito por la claudicación de Lavagna. No hay explicación que pueda escapar a la demanda ética capaz de justificar la conducta del titular de UNA. Después de las públicas declaraciones del ex ministro, esta vuelta atrás no admite lógica ni mucho más que algunos centímetros de comentarios políticos donde se trata de analizar quién gana y quién pierde más sin detenerse quizás en la derrota más sagaz: la de la política en sí misma más allá de los actores que la ejecutan o utilizan.

El porcentaje de ausentismo en las últimas elecciones no es un mero dato estadístico, marca una realidad complicada a la hora de pensar en la restauración democrática de la Argentina. La desidia de la gente y la creencia de que “son todos iguales” se acentúa generando un vacío en la conciencia ciudadana apto para el afianzamiento de un sistema cada vez más lejano al democrático, republicano y federal. © www.economiaparatodos.com.ar

 


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