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EPT | September 23, 2020

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Jueves 21 de febrero de 2008

Estado de Derecho y estado de desasosiego

Los argentinos distraen sus mejores energías para tratar de encontrar la paz y la tranquilidad en lugar de emplearlas para mejorar la calidad de vida los habitantes y contribuir al desarrollo del país.

Si hay una palabra que puede describir el estado actual de la sociedad argentina es el desasosiego.

Dice el diccionario respecto de “sosiego”: ‘tranquilidad, reposo, serenidad’. Otros sinónimos de “sosiego” son: placidez, calma, paz, moderación.

Si hay algo de lo que carece la sociedad en este momento es de todo esto: no tenemos paz, ni moderación, ni calma, ni tranquilidad, ni serenidad.

Obviamente una sociedad sumida en un estado de “desa-sosiego” tiene una enorme desventaja respecto de aquellas que no atraviesan esas vicisitudes a la hora de progresar, de vivir bien, de dirigir las energías eficientemente hacia la mejora de la calidad de vida de sus habitantes.

Sería, entonces, interesante analizar por qué la sociedad argentina no tiene sosiego. Si asignamos una importancia alta a esa condición para que el país progrese, su falta merecería algún nivel de estudio, para averiguar por qué carecemos de uno de los fundamentos del desarrollo y de la buena vida.

Obviamente, ésta es una aproximación al problema y no un comentario que pretenda agotar la investigación.

El desasosiego fue la característica normal de la humanidad durante siglos. Las personas vivían en ascuas, sin saber qué sería de ellas. Todo estaba sujeto a la fuerza y dado que ésta cambiaba de manos rotativamente, lo que estaba bien hoy dejaba de estarlo mañana, sumiendo a todos, obviamente, en una profunda incertidumbre.

La evolución humana fue solucionando gradualmente el problema por la vía de la invención del Derecho. Al suprimir la sujeción de las personas a los vaivenes de la fuerza, la ley les fue entregando mayores dosis de tranquilidad. Por primera vez, el ser humano sabía de antemano lo que estaba bien y lo que estaba mal; aquello que sería castigado y aquello que no. Se trató de un progreso enorme, quizás una de las pocas revoluciones verdaderas de la humanidad. El efecto de sentirse a salvo de la arbitrariedad permitió dirigir el ingenio humano por primera vez hacia la creatividad productiva para mejorar la vida, prolongarla y hacerla más confortable.

La Argentina ha vivido en los últimos años –y profundiza aun en estos días– un proceso inverso. Después de haber dejado jirones de su historia en el camino de constituir una sociedad “sosegada”, empezó a recorrer el viaje contrario.

Dos ejemplos claros sucedieron la semana que pasó. En un encuentro que CFK tuvo con los “asambleístas” de Gualeguaychú, la presidente les dio seguridades de que no impedirá los cortes de rutas que unen al país con el Uruguay. Cristina Fernández ha dicho con todas las letras y más allá de toda duda: “No aplicaremos la ley”.

Se me dirá: “pero si eso es lo que ya venía ocurriendo de hecho”. Estamos de acuerdo. Pero es muy diferente el nivel de esperanza que la sociedad puede tener entre que las cosas suceden de hecho y que son confirmadas de derecho por la máxima autoridad del país.

Para una sociedad que se supone quiere vivir bajo el Estado de Derecho (¿será cierto eso?), recibir un mensaje de esa naturaleza es muy complicado. El gobierno, en un Estado de Derecho, se supone que debe ser el primer defensor (cuando no el primer agente) de la aplicación igualitaria del orden jurídico. Cuando el propio gobierno declara oficialmente que la aplicación de ese orden dependerá de la lectura política que haga el poder de turno respecto de las conductas que a todas luces violaron la ley, se produce una fenomenal involución de la sociedad hacia las tinieblas de la Edad Media. Ya no será suficiente saber leer para estar al tanto de lo que la ley dice: habrá que saber “leer” las interpretaciones políticas del poder. Como nadie puede garantizar la interpretación uniforme de esa “lectura”, el resultado práctico es que la sociedad vuelve a estar sumida en la incertidumbre de no saber qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.

La ley que reprime una conducta como ilegal, es la misma; pero el resultado que la sociedad ve es diferente según sea que la ley sea violada por A o por B. Si la igualdad de la democracia es la igualdad ante la ley, este sólo hecho autoriza a llamar a los países que caen en estos desatinos, como no-democráticos.

En el otro hecho, el ex presidente Kirchner (¿ex?) recibió en su refugio “chill out” de Puerto Madero a los piqueteros D’Elía y Pérsico, entre otros, para sumarlos a su cruzada pro entronización en el PJ. A raíz de ese encuentro, consulté en mi programa de radio, a Agustín Rossi, el jefe de la bancada oficial en Diputados. Preguntado concretamente si los piqueteros violaban las leyes, Rossi me dijo que no. Según él, para estas “organizaciones sociales” que “la pasaron mal”, la ley no se puede aplicar –cuando cortan calles, rompen propiedad pública, atacan (como sucedió) a ciudadanos indefensos o destruyen propiedad privada- como si se tratara de “otras personas”.

Un rápido repaso por la corta intervención de Rossi nos permite confirmar una verdadera lluvia de incertidumbres y vaguedades para la sociedad normal, honrada.

A ver, a ver, a ver… ¿qué significa “organizaciones sociales”?, ¿qué connotación debe reunir un conjunto de personas para acceder al mágico escalón de convertirse en una “organización social”?, ¿valerse de la protesta violenta, por ejemplo? ¿apretar, extorsionar?

¿Qué significa “pasarla mal”? ¿Qué grado debe tener el “mal” para ser considerado una causa suficiente para que el orden jurídico no se aplique? ¿Por qué el “pasarla mal” de algunas personas les da vía libre para violar la ley sin consecuencias y el “pasarla mal” de otras no las califica para el mismo privilegio? ¿Cuál es el patrón de medida para medir el “mal”? De nuevo, ¿lo “pesadas” que sean las “organizaciones sociales”?

¿Qué quiere decir “otras personas”? ¿Están éstas hechas de otro material distinto de las que integran las “organizaciones sociales”? ¿Cómo sabremos que seremos inmunes al Derecho? ¿Quién medirá, y bajo qué parámetros, la justicia de su aplicación?

Estas y otras muchas preguntan que aquejan el atribulado espíritu de las personas de bien en la Argentina contribuyen enormemente al estancamiento nacional. Mientras se las hacen y mientras pierden su tiempo tratando de hallar respuestas que nunca llegan, las mejores capacidades nacionales distraen sus mejores energías en circunstancias que otros países dejaron hace tiempo mucho atrás, cuando la Modernidad sepultó para siempre las penurias de la incivilización.

El estilo K ha instalado esta cultura pre-moderna en la Argentina. Mientras el estado de desasosiego reemplace al Estado de Derecho, mientras las principales autoridades privilegien sus alianzas con los que violan la ley, nada, más que penurias, atraso e incertidumbre, podrá esperarse de la vida nacional. © www.economiaparatodos.com.ar


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