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Lunes 23 de junio de 2008

Hasta la próxima tapa o portada

Los problemas, las crisis y los escándalos son noticias recurrentes en la Argentina: vivimos –una y otra vez– la misma historia.

“… y aquí no ha pasado nada…”

Es asombroso cómo en la Argentina los acontecimientos más insólitos pasan como si fueran meras anécdotas o capítulos de alguna telecomedia. Después de 100 días de una crisis sin igual, o tal vez de esperar una crisis sin igual, protagonistas y espectadores se vuelven a reacomodar. Ciertamente, han cambiado muchas posiciones, se ha perdido el orden original, y en los próximos días presenciaremos una suerte de juego de la silla donde cualquiera puede terminar ocupando un sitio circunstancial.

En la cuenta regresiva, la ausencia más notable es la de la razón. De pronto, las ideologías se guardan en los cajones y el miedo al escrache juega un rol decisivo en la definición. ¿Cuántos legisladores están haciendo un severo análisis de conciencia o están llamados a la reflexión en momentos cruciales para la Nación? A juzgar por las imágenes de la televisión, el Congreso es un avispero donde se tejen números, sumas y restas más que argumentos y estudios de situación en serio. La política se reduce, de pronto, a una ecuación aritmética. ¿Le alcanzan los votos a los Kirchner o no?, es la pregunta del millón. La sociedad quiere saberlo, la misma sociedad que antes de estos 100 días no tenía ni una mínima noción de las retenciones y su existencia. De allí que creer que en esa discusión se agota el tema es el verdadero problema que tiene la Argentina.

Ahora bien, ¿para qué deberían alcanzarle las voluntades parlamentarias al matrimonio presidencial? La respuesta sin anestesia es para ganar una batalla convertida en guerra. El adversario sigue de pie aunque no esté parado en el medio de las rutas. Molesta a Néstor Kirchner no haber logrado aún ponerlos de rodillas. Las consecuencias de buscar ese fin a través de uno de los poderes de la república son peligrosas. La calidad institucional del país no puede siquiera medirse en una escala lógica. La suma del poder, la concentración del mando y el temor disipado entre los diferentes estratos de funcionarios ha cercenado las bases de un poder democrático y republicano. La única ventaja que se yergue sobre la Argentina es que no hay miras de un golpe de Estado, nada más impensado, pero eso no implica que pueda jugarse con los conflictos ni jaquear las instituciones como si éstas fueran cuarteles que aglutinan hombres obligados a cumplir órdenes.

Hoy por hoy, en el país, pensar diferentes al oficialismo es un riesgo pero es al mismo tiempo un mérito. Extraña manera de honrar al pensamiento… Los trofeos para los legisladores se alzan a la espera de esas disidencias. Es como si no se esperase un debate de ideas sino una defensa del disenso, como si las retenciones móviles fuesen tan sólo una excusa de lo que en verdad se juega esta semana en el Parlamento. En el fondo estamos discutiendo un modelo de gobierno y eso es lo que molesta en Balcarce 50. Muévase o no el porcentaje de aquellas, lo que se está observando con sigilo desde la Casa de Gobierno y también desde afuera es la actitud de quienes vayan a sentarse en las bancas esta semana. Discutir ahora si están allí por listas sábanas o por deseo popular manifiesto, tras conocer algo más que los datos filiatorios, es abrir otra grieta en un camino donde ya hay demasiados agujeros. La reforma política es una falacia que han utilizado tantos gobiernos que pretender ahora sacarla del ropero es casi risueño.

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¿Cuántas portadas como estas hemos leído ya los argentinos? Pasó 1996 sin pena ni gloria, pasó también el 2003 y la inseguridad, detrás de la problemática del campo, sigue causando estragos. Paradójicamente o no, el PJ dividido, vaciado o viciado sigue dominando el escenario. Y finalmente, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde siguen pulseando sin que nadie sepa demasiado a qué están jugando. La saturación llegó a las calles pero llegó en forma natural sonando como cacerolazos.

Es triste creer que nada ha cambiado demasiado, pero siempre, la Argentina, tiene una oportunidad más, parece que esta fuera una tierra donde constantemente se abre espacio para otra chance. Ni el hartazgo ni la apatía son ultimátum, puede volverse al llano. No importan los grandes titulares, ni las promesas cuando las palabras no valen nada. Si se hubiese gravado la sarta de insensateces que hemos oído en los pasados 100 días, las retenciones no tendrían ni que ser discutidas, podríamos abolirlas. Sobrarían fondos para las obras y sus coimas, para las banelcos que sacan leyes, y hasta para hospitales y escuelas aunque después estos no tengan insumos, y los estudiantes se dediquen a cortar calles porque no les gusta el color de pelo que tiene un maestro o los hayan reprobado.

Y es que el problema de la Argentina va mucho más allá del campo y sus impuestos. Si queremos seguir creyendo que ese es el leitmotiv de todo lo que pasa, y sancionada con o sin reforma la iniciativa en juego, aquí no ha pasado nada… después no nos quejemos. Sigamos viviendo a través de las portadas. La punta del iceberg generalmente no daña, lo que hunde y genera catástrofe es lo que está sumergido, aquello que esta esconde o tapa… © www.economiaparatodos.com.ar


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